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24 SEPTIEMBRE 2018
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La Europa trascendente de Platón

Fernando Vidal | 0 comentarios valoración: 3  450 votos
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“Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente su propia alma y también aquel espíritu humanista que, sin embargo, ama y defiende”.

En los orígenes de Europa hay una historia fundacional que es muy interesante recordar. Pocos dudan de que Sócrates es una de las más importantes raíces de Europa y la civilización occidental. Cuando fue juzgado y condenado, se negó a huir. Su discípulo Platón estaba junto a él también en los días de prisión previos a su ejecución. Platón estaba desolado de ver cómo su maestro se dejaba matar por una acusación que era infundada e injusta. Pusieron a su disposición todos los medios para un exilio seguro y tranquilo, le dieron todas las ocasiones para escapar. El propio vigilante se ausentaba. Pero él no quiso ser infiel a los dioses de la ciudad, a Atenas: Sócrates llegó a su límite, no quiso saltar por encima de Atenas. Tomó el brebaje de hierbas ponzoñosas y así aceptó ser ejecutado.

El joven Platón se colapsó: ¿cómo es posible que el mayor sabio del mundo se dejara matar por Atenas? ¿Acaso Atenas era el dios mayor al que había que obedecer bajo toda condición? Platón no lo creía así. Para él, por encima de Atenas estaba la justicia de la verdad. ¿Y qué hizo Platón? Se exilió simbólicamente de la ciudad. Abandonó la ciudad y se exilió a 30 kilómetros, en Mégara. El lugar es muy importante porque Mégara era el puerto por donde entraban todos los que pretendían dar un golpe de Estado en Atenas o conquistar la ciudad por las armas. Platón hace todo lo contrario a un viaje de poder: hace el camino inverso al de los golpistas y todopoderosos. Se convierte en “nadapoderoso”.

Y Platón comienza un proceso crucial para la historia del pensamiento occidental, la razón pública e incluso la cultura cristiana: refunda el pensamiento socrático a la luz de los Misterios. Une la tradición de la razón práctica socrática y la tradición religiosa mistérica. Constituye así Platón la Metafísica. Por encima de Atenas había bienes universales, esos bienes siempre están encarnados y lo único que conduce a la sabiduría plena es el Amor. Ése es el programa platónico para Europa: trascendencia, compromiso y amor.

Atenas no era la última referencia de Atenas. Atenas tenía que servir a un bien y una humanidad más universales. Prisionera de los sofistas, los tecnocráticos y los poderosos, Atenas estaría condenada a morir. Sólo una Atenas que trascendiera de sí misma a una justicia mayor tendría futuro. Y no se equivocó.

Esta historia del exilio de Platón es penetrantemente potente en este momento de Europa. Europa no es el dios. El bienestar europeo no es el horizonte vital. Ni siquiera el permanente aumento de la esperanza de vida es el objetivo mayor de la vida de nadie. El horizonte vital de todo hombre es la belleza, la belleza que es bien y verdad. En la raíz de Europa está la salida de sí misma –el viaje de Platón– hacia un bien más universal, hacia un conocimiento más universal, abierta Europa al misterio de la condición humana, el universo y lo dios. Europa no muere en sí misma. Europa no puede agotarse en sus autorreferencias. El espíritu platónico de Europa hace que su razón sea universal y trascendente. Lo contrario, lleva a paralizar Europa como si hubiera bebido cicuta y hacerle parar su corazón.

¿Qué pasos son necesarios dar para recuperar la cultura política del encuentro?

El compromiso sociopolítico con la Casa Común y la superación de la crisis y sus divisiones requiere que entre todos seamos capaces de recrear redes, redescubrir valores y regenerar las instituciones. La Casa Común es todo lo que compartimos en nuestra sociedad para el buen vivir, la solidaridad con el cuidado común, el medio ambiente en que existimos, la memoria compartida de la historia, nuestro modo de celebrar y relacionarnos y toda la sabiduría que ayuda a discernir y deliberar juntos. Para eso es preciso reivindicar y dignificar la política. Pero la reivindicación de la política y la llamada a la participación no se puede hacer en las mismas condiciones que nos condujeron a esta crisis radical que padecemos.

Son muchos los factores pero sólo destacaré tres que son claves para la cultura del encuentro:

1. Desestatalización y elevación de las tasas asociativas y de lectura de prensa. O podríamos decirlo más provocativamente: hay que nacionalizar el Estado. El Estado debe reformarse desde los principios de participación y bienes comunes de la sociedad civil. No es ingenuo. En esa línea va, por ejemplo, el concepto de la Ciudad de los Cuidados que está emergiendo en muchas ciudades del mundo. Desarrollar la perspectiva de la Sociedad de los Cuidados –más allá de las Smart Cities– conlleva recrear espacios cívicos y comunitarios para el cuidado mutuo y el encuentro plural e inclusivo.

Claramente, la salud de la vida pública se juega en que el país se dote de una sociedad civil más densa y dinámica. Algunos datos:

- En Europa hay un 42% de personas afiliadas a alguna asociación y en España se ha reducido al 29,4%. En cambio, en Dinamarca la cifra de personas que participan en asociaciones es del 91,7% y también lo hacen un 82,8% de suecos.

- El 74,5% de los españoles nunca ha participado en una actividad colectiva en beneficio de la comunidad.

- Un 22% de europeos nunca lee la prensa y en España dicho porcentaje se eleva al 34,2. En Suecia son un 4,4%.

La sociedad civil española es débil y desigual. La gran energía comunitaria de las familias, redes de amigos y vecindades no se proyecta a una sociedad civil también densa y dinámica. Eso impide que la riqueza comunitaria española de las bases se comunique a las instituciones que gobiernan lo alto de la pirámide política: falta el cuerpo intermedio.

Promover el asociacionismo y la lectura son dos cuestiones que se pueden lograr en una sola generación si se pone el foco en ello. Podríamos subir la tasa asociativa infantil y familiar –no son decisiones individuales sólo sino muchas veces del grupo familiar– hasta el 40% antes del 2025 si hubiera dos planes cuatrienales.

2. Política Positiva. Igual que a final del siglo XX surgió la Psicología Positiva, deberíamos promover la Política Positiva. No significa ingenuidad ni verlo todo de color de rosa. Las dinámicas del poder son duras, muy defensivas y competitivas. Pero no podemos ceder a una visión patologizada y conflictivista de la sociedad. Una sociedad hobbesiana parece llena de progreso pero carece de esperanza. Tenemos que darle contenido público a aspectos que son netamente positivos y sin los cuales no es sostenible la democracia. La Psicología Positiva estudia el valor de la gratitud, la confianza, la gratuidad, el perdón, la elevación o inspiración, el sacrificio, la donación, la amistad, etc. Si no se cultivan en la vida pública, con educación y celebración, la vida pública se hace invivible. Quizás el encuentro no tiene que producirse poniendo el foco en las diferencias y conflictos sino en lo que tenemos juntos que agradecer. Todo lo que comienza agradeciendo, comienza bien. En las últimas décadas se han conseguido muchos logros y merece la pena una mirada agradecida, confiada y comprometida con el futuro.

3. Los puentes de la belleza. Cuando los puentes están quemados y las palabras metalizadas, entonces sólo podemos comunicarnos a través del arte. El arte abre lenguajes del corazón y lenguajes sapienciales que permiten entenderse por encima de las trincheras y barricadas. Aunque creamos que los problemas son las distintas antropologías o ideologías, en realidad cada vez tiene un mayor peso la superficialidad. En esos casos necesitamos encontrarnos en bienes más profundos, en fuentes más esenciales. La literatura, la pintura, la arquitectura, el teatro, la música o la contemplación de la naturaleza son lugares donde encontrarnos en la hondura.

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