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18 AGOSTO 2018
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'La batalla cultural es la tarea más urgente en la Europa que vivimos'

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  443 votos
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El ex diputado Eugenio Nasarre, presidente del Movimiento Europeo, participará este año en EncuentroMadrid, en la mesa redonda titulada “Europa en la encrucijada”, junto al eurodiputado socialista Ramón Jáuregui, y el consejero de Educación Andrés Contreras. Será este domingo 10 de abril a las 13.15h en la Sala de Conferencias del Pabellón Satélite Madrid Arena.

En un artículo publicado recientemente en www.paginasdigital.es, José Luis Restán afirmaba refiriéndose a Europa que “es preciso que los políticos se fajen también en la batalla cultural”. ¿Por qué es importante la batalla cultural?

El proyecto de integración europea, en la visión de los “padres fundadores” (Schuman, De Gasperi, Adenauer, Monnet), tenía un carácter moral y cultural. La Europa que había que edificar, tras los horrores de las dos guerras, tenía que asentarse en unos valores que garantizaran la paz, la libertad y la democracia en el continente. No era, en absoluto, un proyecto tecnocrático ni de carácter economicista. La “batalla cultural” consistía en remover todos los obstáculos para crear una convivencia en libertad en Europa. El sentido de aquella “batalla”, que fue ardua, porque tenía muchos enemigos, sigue vivo. Y retomarla es la tarea más urgente y necesaria en la Europa que vivimos.

¿Cómo podemos responder a la crisis que atraviesa Europa?

La crisis de la Europa de hoy nace del desconcierto por habernos alejado de los valores que cimentaron el proyecto europeo. Cuando se produjo la caída del muro de Berlín –que fue el gran triunfo de la libertad y de la democracia– los líderes europeos supieron afrontar el reto de la nueva Europa que surgía. Lo hicieron dando un impulso a la integración, incrementando la solidaridad, derribando barreras y fortaleciendo las instituciones comunes. Este es el camino que ahora tenemos que recorrer. Lo digo claramente: apostando por más Europa, combatiendo tenazmente los egoísmos nacionales, volviendo a poner en el centro de la política a la persona, retomando la bandera de los ideales de la Europa unida.

En una audiencia del Papa Francisco con algunos intelectuales franceses, el Pontífice decía que “el único continente que puede llevar una cierta unidad al mundo es Europa (…), sólo Europa tiene vocación de universalidad y de servicio”. ¿Por qué?

Sí, la identidad cultural de Europa se fragua por lo que se ha llamado la integración de las tres colinas: Jerusalén, Atenas y Roma. Lo mejor de la historia de Europa se produce por el esfuerzo intelectual de elaborar una concepción del hombre y de la sociedad con esa triple fuente, de la que nacen valores universales. También es cierto que Europa convirtió esa “vocación universal” en una pretensión imperialista, de imposición de poder. Pero ahora Europa ya no puede ser una potencia imperialista. Por eso está en mejores condiciones, con todo el potencial de un gran espacio económico y cultural de más de quinientos millones de habitantes, de proyectar esos valores en el conjunto del mundo. Es una gran oportunidad histórica, de la que los europeos deberíamos ser más conscientes.

En ese mismo encuentro el Papa afirmó que “la renovación (de Europa) no puede ser solo cuantitativa, si Europa quiere rejuvenecer hace falta que recupere sus raíces culturales”. ¿Cree que es posible recuperarlas? ¿Cómo?

Nuestro problema es que las jóvenes generaciones se han alejado demasiado de nuestras raíces culturales. El empobrecimiento de nuestros sistemas educativos es una de las causas principales. ¿Cuál es el canon literario, estético, filosófico de nuestros adolescentes y jóvenes? ¿Hay un relato de dimensión europea que acoja nuestra rica herencia cultural? ¿Dónde está el lugar de las Humanidades en la formación del hombre europeo de hoy? Es una ingente tarea la que hay que abordar. La carencia más importante del proyecto de integración europea fue, por imposición de los Estados, dejar que los sistemas educativos conservaran una dimensión íntegramente nacional. Era el precio de una concepción excesivamente estatalista de la enseñanza. Ahora que estamos redescubriendo la importancia de la “primera Europa”, la Europa de Carlomagno, debemos fijarnos que en el proyecto carolingio el renacimiento cultural fue un elemento prioritario. Esta es la primera tarea que la Europa de hoy debe afrontar.

Al hablar de los aspectos positivos de la globalización, el Papa afirmaba que ésta favorece el diálogo y que “el diálogo implica partir de la propia identidad”. ¿Sabe Europa cuál es su identidad?

Desgraciadamente mi respuesta es que Europa ha retrocedido en los últimos tiempos en la conciencia de su “verdadera” identidad. Hay un difuso sentimiento de pertenencia europea, pero es superficial y, muchas veces, extraviado. Y en este ámbito tengo que decir que es donde hay que centrar la “batalla cultural” y no tener miedo a darla. Porque tenemos enfrente a muchos enemigos que pretenden enterrar y desvirtuar las “raíces culturales” de Europa. El modo más refinado y siniestro es convertir la historia de Europa en “arqueología”. Tales concepciones, sustentadas por poderosas corrientes de pensamiento, lo que pretenden es una auténtica “ruptura” epistemológica y cultural, que provoca el vaciamiento de la identidad europea. Los populismos y nacionalismos exacerbados, aunque con diversa vestimenta, alimentan estas orientaciones, que son suicidas para Europa.

Tras los atentados de Bruselas, Páginas Digital ha publicado un artículo en el que se dice que “los europeos tenemos la tarea de perseguir a los violentos, de revisar también nuestras fórmulas de integración y de educar a nuestros jóvenes”. ¿Cuál es la tarea de Europa para combatir el yihadismo más allá de la seguridad?

Desde luego no hemos abordado esta cuestión con la atención que se merece. El modelo de integración francés está fracasando estrepitosamente. También el del “comunitarismo”, dejado a su suerte, como se está demostrando en Bélgica. Hay como una ceguera casi generalizada en esta materia. No debemos soslayar la dimensión religiosa en esta cuestión, el problema de la búsqueda del sentido de la vida. Pensar que instalarse en un nihilismo pragmático, como si fuera una exigencia de la “modernidad”, es la solución, me parece miope y suicida. Debemos redescubrir los valores de la “laicidad positiva”, con la que se encauce el diálogo sincero entre las distintas creencias y cosmovisiones que configuran el pluralismo de la sociedad europea. Vuelvo otra vez a mi reflexión anterior: ¿qué relato integrador y atractivo podemos ofrecer a quienes vienen a vivir a la “casa europea común”, que contenga los valores universales que configuran la identidad cultural europea? Con todas sus deficiencias, América lo está haciendo mucho mejor.

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