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23 MARZO 2019
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Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Guadalupe Arbona Abascal | 0 comentarios valoración: 3  160 votos
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El viernes supimos de la muerte de Imre Kertész, en Budapest. Fue Premio Nobel de 2002. Lo que sorprende es que a su muerte a los 86 años, el húngaro, superviviente de Auschwitz, no había renunciado a vivir. El mal había quedado impreso en su retina, pero el ansia de vida fue más fuerte. Adan Kovasics, traductor del escritor al español, nos contaba, a través de las páginas de El País, cómo, a pesar de su enfermedad, Kertész no había renunciado a contar chistes y a escuchar música, lo dice de su última visita a Budapest hace unos meses.

Por su parte, Hermann Terstch en ABC, habla del escritor como el “glorioso milagro mucho más inexplicable que el mal”. Efectivamente, el húngaro no claudicó, sus 86 años son la prueba de ello, porque aprendió el amor a la vida en el epicentro del holocausto. Llevaba grabado a sangre que “todo acto de generosidad en el campo de concentración –son de nuevo palabras de Terstch– es un hecho irracional que reduce la propia capacidad de supervivencia. Y sin embargo, se produce. Una y otra vez. Esos actos de entrega y bondad en el horror, el Bien en su máxima expresión, son el irracional misterio que Kertész convierte en el monumento a la humanidad. Ese es el milagro que, pese a la realidad del abismo del horror del mundo, pese a las certezas terribles, pese a las necesidades angustiosas y pese a toda lógica y razón, hace posible la esperanza”.

Los lectores saben que las señas de identidad del húngaro son que fue deportado de Auschwitz en 1944, de allí pasó a Buchenwald en 1945. Todos sus textos, tienen ese referente. Se estrenó con Sin destino que se publicó por primera vez en 1975; a esta novela siguieron El fracaso de 1988, Un instante de silencio en el paredón de1998, Kaddish por el hijo no nacido (2001) es un texto que lleva el nombre de la oración judía por los muertos; y los diarios Diario de la galera (1992) y Yo, Otro (1997); y el último título, La última posada, de 2014 y que saldrá en Acantilado. Auschwitz es lo que Kertész llama: “un escándalo en la historia del espíritu, en una llaga viva, en un trauma cuyo recuerdo inquietante permanecerá para siempre como permanecen en el cuerpo las heridas de un accidente grave, imborrables, abiertas y sangrando a cada roce; para lo cual la catástrofe ha tenido que tocar órganos vitales”.

Kertész escribe desde esta herida y su literatura es un grito de libertad, lo decía en 2001: “En la profundidad de las grandes revelaciones, incluidas las que surgen de tragedias insuperables, siempre hay un momento de libertad, un momento que confiere un algo más, un enriquecimiento de nuestras vidas y que nos hace conscientes de la auténtica realidad de nuestra existencia y nuestra responsabilidad para con ella. Por eso, cuando reflexiono sobre los efectos traumáticos de Auschwitz, reflexiono paradójicamente más sobre el futuro que sobre el pasado”, (de la entrevista realizada por Hermann Terstch en El País, el 11 de marzo de 2001). Al narrador le corresponde la tarea de reflexionar sobre lo acontecido, es decir, la narración debe ser una recuperación de “los hechos acumulados por la historia” mirados desde el sentido que les confiere el novelista. Además la crítica no se detiene en el totalitarismo nazi, critica el estalinismo y los gulags, y llega a la prevención ante formas odiernas que contienen elementos totalitarios: “Yo creo que también hoy vivimos en una dinámica que, por supuesto, no es la de Hitler y Auschwitz, pero sí una dinámica que obliga a las gentes y a los países a integrarse en una forma de vida que no es presentada por los medios y que se han convertido en lugares comunes: todavía no está bien estudiado el grado de sumisión y adaptación que exigen, por ejemplo, los grandes consorcios multinacionales a sus empleados (...) Hoy están disponibles los medios para dominar totalmente al hombre” (El País, el 11 de marzo de 2001).

La obra de Kertész representa hoy la denuncia de la más terrible de las injusticias y la petición de que el dolor no se pierda en vano. Por eso en su obra <i>Un instante de silencio en el paredón</i> se presenta a sí mismo con estas frases: “Nació en el primer tercio del siglo XX, sobrevivió a Auschwitz y pasó por el estalinismo, presenció de cerca, en tanto que habitante de Budapest, un levantamiento nacional espontáneo, aprendió como escritor a inspirarse exclusivamente en lo negativo, y seis años después de la ocupación rusa llamada socialismo, encontrándose en el interior de ese vacío voraginoso (...) se pregunta si sirven de algo sus experiencias o si ha vivido del todo en vano”.

La novela <i>Sin destino</i> se publicó por primera vez en 1975, no obtuvo ningún aplauso, más aún fue tachada de antisemita. La crítica de su país consideró que la obra era excesivamente fría en la descripción de los horrores de los campos de concentración. Lo que se denuncia en ella es cómo el totalitarismo nazi, en el vértice de su monstruosidad, intentó destruir la conciencia y la experiencia del sentido del tiempo, además de operar un genocidio inexplicable. La vida ‘sin destino’ es invivible. <i>Sin destino</i> cuenta un periodo de la existencia de un muchacho que se abre a la vida y al mundo en los campos de concentración nazis; aunque Kertész vivió estos acontecimientos, no es un relato autobiográfico, Kertész niega que sea éste su carácter. Pero sí posee la calidad de una narración confesional, es decir, la de un sujeto que toma conciencia y hace memoria de lo que allí ocurrió. De hecho, en el discurso que el autor húngaro pronunció tras la entrega del premio Nobel, defendió el carácter confesional de su escritura, escribe para sí mismo y no para complacer a nadie y cuenta cómo sus novelas nacen siempre de experiencias que él ha sufrido.

La novela tiene como protagonista al adolescente György Köves. A través de su relato lineal contado en primera persona, vamos descubriendo cómo el muchacho se abre a la vida: ante sus ojos lo que va percibiendo es que los judíos son perseguidos. Al principio todo desde la mirada inocente de un niño. Describe la compra y exposición de las estrellas amarillas como un fenómeno casi natural, no se pregunta por las razones de esta cruel discriminación, obedece con normalidad a la orden de que los judíos deban viajar al final del tranvía, despide a su padre que va a un campo de trabajos como si fuera a verlo después de una temporada, etc. En estos primeros capítulos que recorren las primeras persecuciones a los judíos húngaros se produce, buscada conscientemente por el narrador, una distancia abismal entre la conciencia del chaval húngaro y nuestra conciencia de lectores. Desde la primera persona que narra y que representa la conciencia del protagonista, vamos asistiendo, guiados por este testigo, a estos hechos terribles del siglo XX, de los que ya en 1975 se tenía una conciencia de repulsión hacia tamaña carnicería. Sólo podemos descansar, en esta primera parte de la novela, con la rebelión de la hermana que grita ante la injusticia de una persecución no merecida.

La estructura del texto, como se va viendo, es el de una novela de formación, pero el proceso de aprendizaje se produce en la peor y más perversa de las escuelas. Además el joven György inicia una curva que va desde la inocencia y candidez iniciales, como hemos visto, hacia un deseo de justificar y encontrar la lógica y las posibles razones de lo que ve. Así durante la detención, los compañeros de trabajo y él creen que todo es una confusión (“seguramente será para revisar los pases de frontera y los permisos”, se dice a sí mismo, o “algo raro ocurría aunque probablemente se trataría de un error”). Luego, desde el deseo ferviente de novedad de un chico de 14 años, piensa que se le ofrece un cambio de vida y se dirige en el tren hacia el primer campo, el de Buchenwald, pensando: “Principalmente esperaba encontrar en el trabajo una vida nueva, ordenada y ocupada, experiencias nuevas y algo de diversión; una vida más agradable y placentera que la que había tenido hasta entonces, según nos prometían. Eso mismo comentaban los muchachos”. Incluso piensa que los alemanes son “gente limpia, honrada, amante del orden, la puntualidad y el trabajo”. Pronto el texto se va distanciando tanto del referente literario como de la búsqueda de justificación. El alma es demasiado sensible y lo que ven sus ojos tan terrible que, tras el intento de justificación, llegará la confusión, la pérdida de la conciencia y paulatinamente la espeluznante constatación de que el olor dulce y pegajoso que invade el campo no es el de una fábrica de cuero, ni el de una incineradora, sino el de los crematorios humanos.

El paso por Auschwitz y después la estancia en Zeitz le hará padecer sufrimientos físicos espantosos, su resistencia física se ve mermadísima, además de los sufrimientos morales. Un guardia lo golpea ante sus compañeros y esto le hace rabiar, en este pasaje se pone de manifiesto otra de las atrocidades de los campos, parece que la injusticia anónima es más tolerable que la cometida cara a cara.

De manera inesperada será en Zeitz –al límite de sus fuerzas– donde sucederá algo conmovedor, encontrará una compañía humana inestimable: la amistad de Bandi Citrom. Este compañero de campo primero lo sostiene moralmente en la lucha, con él aprende a añorar la libertad –a través de las canciones que canta sobre su tierra–, a sobrevivir en las condiciones más adversas, le enseña lo importante que es lavarse bien, protegerse los pies, buscar la seguridad en el recuento... Pero cuando György se va degradando más físicamente –la sarna, las heridas en las piernas, la debilidad– y tras una paliza, se quiebra algo en él para hacerle deseable la muerte: “Al terminar ese día sentí, por primera vez, que algo se había degradado definitivamente en mi interior, y a partir de aquel día todas las mañanas me levantaba con el pensamiento de que aquella sería la última mañana en que me levantaría”. Y así adelanta en vida, rechazando la ayuda y desvelos de su amigo, la calma de la muerte en la que no atisba ningún deseo, ni siquiera el de volver a casa. En la profundidad de la desesperación y de la degeneración máxima, Bandi Citrom lo recoge, lo lleva al hospital a hombros y lo librará de la muerte. En el hospital encontrará otras almas compasivas y en este contexto es en el que hay que interpretar la frase que escandalizó la fecha de su publicación: “en medio de aquel aire frío, punzante y húmedo sentí el olor inconfundible de la sopa de zanahoria. Aquella visión y aquel olor me provocaron un sentimiento en el pecho entumecido que fue creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos –completamente secos– de lágrimas. No servían ni la reflexión, ni la lógica ni la deliberación, no servía la fría razón. En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza –porque aún siendo absurdo, era muy persistente–, el deseo de seguir viviendo, otro ratito más, en este campo ce concentración tan hermoso” (p. 192). Es normal que choque esta frase –llamar a un campo de concentración hermoso es deleznable–, pero lo que expresa el pensamiento es la indestructible ansia de vida del corazón humano.

En esta línea lo más desconcertante de la novela es probablemente el final. Tras todas las atrocidades a las que hemos asistido y con las que hemos ido sufriendo, el relato del joven György concluye al final: “Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los ‘horrores’, cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba”. Esta afirmación final no se puede interpretar como un intento de disculpa, que es lo que en algún momento se interpretó de la obra, los horrores que sufrió y padeció en los tres campos en los que estuvo sino que los momentos de felicidad fueron los que le permitieron seguir siendo hombre y no renunciar a la vida.

De otra manera se lo dice a un periodista al final de la novela, tras su liberación: “en los campos de concentración como Auschwitz, puedes llegar a aburrirte (...) Por ejemplo, yo he visto presos que llevaban cuatro, seis e incluso doce años, en este caso trescientos sesenta y cinco días por doce años, o sea, veinticuatro horas por trescientos sesenta y cinco días por doce años, y todo este tiempo lo habían tenido que ocupar, instante por instante, momento por momento, hora por hora, día por día. Sin embargo, eso mismo los había ayudado también, puesto que si todo ese tiempo (...) les hubiera caído de repente al cuello, no lo hubieran podido aguantar, ni con el cuerpo ni con la mente”. La crítica fundamental del húngaro a Auschwitz, por extraño que sea, es la percepción del tiempo, la terrible condena que sufrían los presos a la nada. Se trata de una condena terrible pero ¿qué papel juega la libertad de los hombres en revolverse contra el tedio? O ¿qué es lo que gritan los muertos de los atroces campos?

Kertész señala a través de su personaje cómo lo que debe ser rechazado del totalitarismo nazi es el sometimiento de muchos hombres a un tiempo sin contenido, así lo dice el chaval cuando va siendo consciente de lo que pasa: “El problema principal era el mismo que en el edificio de la aduana, la fábrica de ladrillos, el tren: los días resultaban eternos”. Discrepa de lo que piensa el resto: “También me resultaba extraño encontrarme en medio de los hombres, con aquellos rostros aturdidos, que se preguntaban sin cesar los unos a los otros ‘¿qué os parece?, ¿qué os parece?’. Generalmente no había respuesta o había una sola, siempre la misma: ‘Es horrible’. Sin embargo no es esa palabra, no es esa experiencia –por lo menos para mí– la que mejor define la situación en Auschwitz”. Lo peor era que “esperábamos, siempre esperábamos –si lo pienso bien– que no ocurriera nada. Ese aburrimiento y esa espera son las impresiones que mejor definen, al menos para mí, la situación en Auschwitz”. Es cierto que no hay nada más triste –como decía el poeta– que el alba de un día en que nada sucederá. Kertész condena con firmeza la condena al aburrimiento, lo hace cuando reflexiona sobre lo sucedido, y muestra, a través de la carne y los huesos de un muchacho húngaro, las vejaciones y monstruosidades de un mundo sin libertad.

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>Reconectar el voto y la experiencia social

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Juan Carlos Hernández

Analizamos en profundidad con Daniel Innerarity el momento de la campaña electoral. Para el catedrático de Filosofía Política, existe una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político.

En las campañas electorales se producen situaciones de polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Me da la impresión de que hay estrategias de los partidos, de unos más que de otros, que han puesto en marcha dinámicas que luego son difíciles de parar. En términos estructurales me parece que se podría hablar de una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político. ¿En qué se caracteriza una campaña? En que polariza y se critica al adversario (a veces en exceso). El problema es que luego hay que pactar con él y aquellas estrategias que sirvieron para ganar dificultan posteriormente la acción de gobierno, cuando se requiere la colaboración del adversario.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Es normal que en la política haya una dramatización de los antagonismos que no tiene por qué coincidir con el que hay en la vida real. En la política hay siempre esos dos elementos (antagonización y escenificación) y los ciudadanos tendríamos que aprender a descodificar un poco lo que observamos en la esfera política. Lo que ocurre es que a veces en la vida los personajes que interpretamos terminan devorando a la persona que somos.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por lo político, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

En mi último libro “Comprender la democracia” analizo un problema que me preocupa desde hace tiempo. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente manipulable.

'El entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  6 votos
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Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

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>Entrevista a Daniel Gascón

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

Imre Kertész, o la irreductible ansia de vida

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

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Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

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