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3 DICIEMBRE 2016
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Es necesaria una nueva disponibilidad

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  31 votos
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Hace ahora 19 años, Juan Pablo II, ya herido pero todavía vigoroso, pronunció ante la tumba de San Adalberto, en Gniezno, una homilía profética sobre el futuro de Europa. Le escuchaban los presidentes de Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Ucrania, Lituania y Alemania, naciones que componían un inmenso territorio centro-europeo en el que estaba fresca la epopeya de la libertad tras la caída del comunismo. Y sin embargo los cánticos de alegría y el optimismo frente al futuro ya se habían ensombrecido con la inusitada crueldad de la guerra en los Balcanes.

El primer papa eslavo de la historia sentía una mezcla de gratitud y pesadumbre que trasluce su bellísima y poderosa homilía. Tras evocar la historia gloriosa de Polonia marcada por el impulso del mártir Adalberto, Juan Pablo II recordó con visible emoción hechos entretejidos con su propia vida y su ministerio como obispo de Roma: “se llevaron a cabo grandes transformaciones, surgieron nuevas posibilidades, aparecieron otros hombres. Cayó el muro que dividía a Europa. Cincuenta años después del inicio de la segunda guerra mundial, sus efectos dejaron de empañar el rostro de nuestro continente. Terminó medio siglo de separación, por la que millones de habitantes de la Europa central y oriental pagaron un precio terrible”.

La victoria histórica, a veces tan esquiva para los cristianos, pareció por un momento luminosa. Y sin embargo el gran papa polaco no pierde de vista que nuevas zozobras asedian ya al continente europeo: “se ha visto, a veces de modo doloroso, que la recuperación del derecho de autodeterminación y la ampliación de las libertades políticas y económicas no basta para la reconstrucción de la unidad europea. ¡Cómo no mencionar aquí la tragedia de las naciones de la ex Yugoslavia, el drama de la nación albanesa y los pesos enormes que han soportado todas las sociedades que han reconquistado la libertad y con gran esfuerzo se liberan del yugo del sistema totalitario comunista!”.

Es impresionante releer ahora, en 2016, con el drama de los refugiados a nuestras puertas y los zarpazos del terrorismo en carne viva, las palabras de aquella homilía: “¿No será que, después de la caída del muro visible se ha descubierto otro, invisible, que sigue dividiendo nuestro continente: el muro que pasa por los corazones de los hombres? Es un muro hecho de miedo y agresividad, de falta de comprensión hacia los hombres de origen diverso, de diferente color de piel, de diversas convicciones religiosas. Es el muro del egoísmo político y económico, de la disminución de la sensibilidad ante el valor de la vida humana y la dignidad de todo hombre”. Son palabras que podríamos repetir hoy, punto por punto.

En aquel momento, el Papa que creyó contra toda esperanza en una Europa unida del Atlántico a los Urales tuvo la audacia de advertir que “no habrá unidad en Europa hasta que no se funde en la unidad del espíritu… el muro que se alza hoy en los corazones, el muro que divide a Europa, no será derribado si no se vuelve al Evangelio, pues sin Cristo no es posible construir una unidad duradera. No se puede lograr separándose de las raíces de las que crecieron las naciones y las culturas de Europa, y de la gran riqueza de la cultura espiritual de los siglos pasados”.

Juan Pablo II quiso repetir entonces las mismas palabras que había proclamado en Gniezno, en el lejanísimo 1979, cuando el comunismo no daba síntomas de debilidad: es necesaria una nueva disponibilidad para la misión… que para él consistía en que “numerosos testigos fieles del Evangelio comiencen de nuevo a recorrer nuestro continente; que las obras de arquitectura, de literatura y de arte muestren de modo convincente al hombre de hoy, a Aquel que es «el mismo ayer, hoy y siempre»; que en la liturgia celebrada por la Iglesia los hombres vean cuán hermoso es dar gloria a Dios; que descubran en nuestra vida un testimonio de misericordia cristiana, de amor heroico y de santidad”.

Escuchar de nuevo estas palabras nos ayuda a comprender el momento de crisis que atravesamos, nos ayuda a no escandalizarnos y a escuchar de nuevo la misma llamada que cautivó y movió a hombres y mujeres como Adalberto, Estanislao, Bonifacio, Eduvigis, o Juan Pablo. Sólo la belleza y verdad de vidas como las suyas pueden rejuvenecer Europa.

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