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7 DICIEMBRE 2016
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Pastores maternales

Paul Diez | 0 comentarios valoración: 3  16 votos
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Este viernes el Papa Francisco da a conocer el documento "Laetitia Amoris" ("La alegría del amor"), su segunda exhortación apostólica dedicada a la familia, tras el sínodo celebrado en dos momentos: octubre de 2014 y octubre de 2015.

El texto está destinado, sobre todo, a las familias cristianas, pero marcará también la ruta del trabajo de los obispos en este campo. El Papa Francisco en sus últimos viajes e intervenciones ha sugerido cómo debe tomar el obispo postura ante un mundo que cada vez más está lejos de una sensibilidad cristiana.

En México, dirigiéndose a los obispos, les explicó la “necesidad de ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas –aseguró entonces– sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan”. Y añadió: “les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas”.

Antes, al hablar a los obispos de Brasil, señalaba que “hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesia que se dé cuenta de las razones por las que hay quien se aleja”. Y a los obispos de Estados Unidos les había asegurado que “el lenguaje duro y belicoso de la división no es propio del Pastor, no tiene derecho de ciudadanía en su corazón y, aunque parezca por un momento asegurar una hegemonía aparente, sólo el atractivo duradero de la bondad y del amor es realmente convincente”. A lo que apostillaba: “la identidad de la Iglesia de Jesús no está garantizada por el ‘fuego de cielo que consume’ (cf. Lc 9,54), sino por el secreto calor del Espíritu que ‘sana lo que sangra, dobla lo que es rígido, endereza lo que está torcido’”.

En Florencia el Papa había expresado su deseo de “una Iglesia alegre con rostro de madre, que comprenda, acompañe, acaricie”. Para concluir que “el diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia sino por fidelidad a Aquel que nunca se cansa de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta la undécima hora para proponer su amorosa invitación (cf. Mt 20,1-16)”.

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