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3 DICIEMBRE 2016
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El hombre de la maza

Ignacio Santa María

Emilio Gutiérrez es uno de tantos hijos de esa clase obrera que llegó al País Vasco desde toda España para trabajar y labrarse un futuro. Nunca se había metido en política. No siguió los pasos de su padre, militante del PSE, porque no quería líos. Formaba parte de la masa de jóvenes vascos que nunca tiene nada que decir, ni siquiera nada que pensar, porque eso sólo puede traer problemas. Ante los atentados de ETA, los ataques de violencia callejera y las amenazas, los muertos y heridos por el terrorismo, nunca reaccionó. Hizo como casi todos en su pueblo: agachar la cabeza y ocuparse de sus propios asuntos. No se le puede reprochar: el miedo es libre y él es sólo una víctima más de una sociedad enferma.

Pero todo eso cambió la madrugada del pasado lunes, precisamente cuando ETA interfirió en sus asuntos. En concreto, los terroristas destruyeron su casa, que él había estado reformando con dedicación y con sus propias manos. Fue eso y las risas de los proetarras lo que encendió en él la ira. Ira repentina la que le hizo coger la maza y emprenderla a golpes contra la herriko taberna del pueblo. "Yo nunca hice nada y me han destrozado la casa", esa frase que a modo de explicación dirigió a los ertzainas que le esposaban es significativa de la paranoia en la que vive la sociedad vasca tras décadas de sufrir violencia física y psicológica.

Ahora muchos quieren hacer de Emilio Gutiérrez un héroe, un símbolo de la rebelión contra los violentos, contra su entorno favorable y contra un Estado de Derecho que en lugares como este pueblo guipuzcoano parece que no existe. Por ejemplo, Daniel Portero, responsable de la asociación Dignidad y Justicia e hijo de un fiscal asesinado por ETA, ha dicho sobre Emilio que "si hubiera mil como él, a lo mejor el terrorismo en el País Vasco no existía". ¿Realmente piensa eso?

Lo de Emilio fue sólo un ataque momentáneo de ira pero ha vuelto a despertar en muchos el tentador sueño de que con ETA se puede acabar por la vía rápida. Pero en la lucha contra los violentos no se pueden buscar atajos. La experiencia lo demuestra: saltarse la ley no ayuda a derrotar a los terroristas. Igual de equivocado es tratar de pactar el fin de ETA pagando un precio político como lanzar una legión de maceros contra todas las sedes de la izquierda abertzale radical. La vía no es destruir las herriko tabernas sino lograr con la ley en la mano que sean definitivamente cerradas. Aunque el problema no es de eficacia sino de carácter moral. La respuesta a los violentos no puede basarse en la violencia y el quebrantamiento de la ley porque entonces quedará deslegitimada. 

El hombre de la maza merece comprensión pero no un homenaje. Quienes sí merecen un homenaje diario son las miles de víctimas y los ciudadanos de bien que no han agachado la cabeza ante la violencia y que, de forma pacífica, con paciencia y sin dejarse llevar por deseos de venganza pero sí por un verdadero anhelo de justicia, han construido un activo y vigoroso movimiento civil en contra del terrorismo. Esta marea cívica, que nunca se ha rebajado en su dignidad recurriendo a la tentación de responder con violencia, es el mayor milagro de nuestra democracia y es la gran esperanza de que algún día en el País Vasco brille por fin el sol de la justicia y empiecen a curarse las profundas heridas que afligen a este pueblo.

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