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4 DICIEMBRE 2016
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Lesbos, el rostro de otra Europa

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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«Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos». Esto lo escribía el papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelli Gaudium. Una afirmación donde podemos encontrar la razón que le ha llevado a decidir visitar la isla de Lesbos. Es inútil poner por delante razonamientos culturales o geopolíticos. El Papa, como es propio de su carácter, se ha movido sobre todo en virtud de un ímpetu humano, un deseo de abrazar a los que hoy son migrantes en esa isla-limbo: un pueblo sin patria ni tierra que, a pesar de haber desembarcado en Europa, lo han dejado a las puertas de Europa.

Para los lectores que puedan haberse perdido algún momento de las contorsiones europeas ante la emergencia migratoria, en Lesbos se ha abierto un hotspot –un campo de detención– donde los migrantes que tienen motivos para pedir el derecho de asilo esperan el reconocimiento de ese derecho. Todos los demás, según los acuerdos pagados a golpe de talonario millonario con Turquía, desde abril serán “repatriados”. Resumiendo, Lesbos se ha convertido en el emblema de la confusión y de la hipocresía comunitaria en materia migratoria.

Y es precisamente en Lesbos donde pisará Francisco esta semana, junto al patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Una decisión que evidentemente tiene un carácter político difícil de esconder, pero que va mucho más allá de eso. El gesto de Francisco sugiere de hecho algo más sencillo y también más radical. Es una indicación de otro enfoque delante de lo que ya es el fenómeno humano más impresionante de nuestro tiempo. Para entender basta remitir a las imágenes del pasado Jueves Santo, cuando el Papa, para el rito del lavatorio de pies, eligió dirigirse a Castelnuovo, a las puertas de roma, donde viven “acogidos” 900 inmigrantes. Los que estaban allí cuentan un detalle que no ha salido en las noticias: el Papa quiso saludar uno por uno a todos los inmigrantes, algo que estaba fuera de programa y que duró una hora y media. Sabemos que esto es propio del estilo de Francisco pero, pensando en ese contexto y sobre todo en el contexto europeo, más complejo, ese gesto asumía un significado bien preciso. Que no es mera reafirmación del valor de la acogida sino algo que está antes y que genera las razones de la acogida: el reconocimiento del otro como algo positivo.

En las palabras y gestos del Papa hacia los inmigrantes siempre se percibe el ardor de una simpatía instintiva, que deja incluso en segundo plano por un instante los dramas que les afectan. Esa simpatía que le hace decir palabras sorprendentes, como las que pronunció con ocasión del Ángelus para el Jubileo de los inmigrantes: “Vuestra presencia aquí en esta plaza es signo de esperanza en Dios. No dejéis que os roben la esperanza”.

El Papa invierte los términos. No es la desesperación lo que mueve a los pueblos, sino la esperanza de una vida digna de ser vivida. Y esta esperanza es una experiencia tan poderosa humanamente que se convierte en “signo de la esperanza en Dios”. Cerrar las puertas a estos pueblos migrantes sería por tanto cerrar las puertas a la esperanza que ellos portan. Es una operación de saldo desastrosamente negativo para todos.

La decisión del Papa de ir a Lesbos viene a confirmar esta sencilla verdad, no dictada por análisis o visiones más o menos inteligentes o correctas, sino por una apertura sencilla a la realidad. Que el Papa vaya a Lesbos además acompañado de Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, indica cómo esta apertura a la realidad (y por tanto al otro) puede ser el rostro de otra Europa. Que desde sus raíces atrae la energía ideal para ir al encuentro en el futuro. Un futuro profundamente distinto del que describen los guiones de los burócratas de Bruselas.

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