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13 NOVIEMBRE 2018
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Europa a través del cine: del nihilismo a la cultura del encuentro

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En EncuentroMadrid también se dialoga mirando a la tradición cultural. En el acto titulado “Europa a través del cine”, el crítico Juan Orellana ha propuesto una reflexión sobre los procesos de fondo que se han vivido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial a través de fragmentos de películas que ilustran los momentos de conciencia de sí misma que ha tenido en este periodo.

“No pretendemos hacer una interpretación filosófica completa de la infinidad de factores que se han puesto en juego en estos 70 años, sino sugerir un hilo conductor que tiene que ver con el destino que ha sufrido la tradición cristiana en este tiempo”. Juan Orellana, crítico de cine, profesor de Comunicación Audiovisual y autor de libros como “Celuloide posmoderno”, “Cine e ideología” o “Hombre y Dios en el cine posmoderno”, ha introducido el acto titulado “Europa a través del cine (1945-2015)”, que ha dividido en cuatro periodos.

En la primera fase, que atañe a los años 50 y se titula “La reconstrucción desde las cenizas… de la tradición”, camina desde el final de la guerra hasta los años revolucionarios que culminaron con el mayo francés de 1968. “Nos encontramos con dos referencias: el neorrealismo italiano, con Roberto Rossellini y Vittorio de Sica, y el cine nórdico protestante, con Ingmar Bergman y Carl Theodor Dreyer”. Según Orellana, ambas corrientes son “dos almas existencialistas que representan la evolución del alma europea”: mientras el neorrealismo “descubre la grandeza del hombre dentro del drama”, el existencialismo de Ingmar Bergman, “amenazado por la pérdida de sentido, impulsa las preguntas últimas hasta su declinación más angustiosa y crispada”. Pero en ambas permanece, sin embargo, la tradición cristiana: “en el neorrealismo, a través de una concepción grande del hombre; en el cine nórdico, la tradición pervive en forma de un sentido religioso que no censura la búsqueda de un significado”.

En el segundo periodo, que abarca las décadas de 1960 y 1970 y se titula “La tradición subvertida: mayo del 68”, el existencialismo, “a medida que se desarrolla desvinculándose de la tradición cristiana, busca respuestas en un cambio utópico y revolucionario”. Según el crítico de cine, “la gente necesita una esperanza para el presente, no sólo para el más allá”. Así ganan fuerza “la alianza entre el existencialismo y el marxismo, que propone el paraíso en la tierra”.

En esta segunda fase se rompen los vínculos, “hay un deseo de liberarse de cualquier tradición, superar cualquier metafísica y de emanciparse de toda autoridad y modelo social, familiar y sexual preexistente”. Las películas Después de mayo, de Oliver Assayas; Soñadores, de Bernardo Bertolucci, y Mujeres en el parque, de Felipe Vega, se muestra cómo “el marxismo arraiga como una cosmovisión” que promete la felicidad, buscando construir “un paraíso en la tierra”.

Los años 80 y 90 traen consigo “La era del vacío: el invierno nihilista”. Los existencialistas posmodernos como como Michael Haneke, Wim Wenders, Lars von Trier o Susanne Bier ilustran que, “tras el fracaso histórico del llamado socialismo real, el fracaso de la utopía marxista, Europa entra en un periodo de espejismo capitalista”. Para Orellana, que sigue el texto de Francis Fukuyama sobre El fin de la historia, la sociedad europea creyó que “se había llegado al punto final de la evolución ideológica de la humanidad y a la universalización de la democracia liberal occidental”, lo que se traduce en un nihilismo práctico demoledor. “Sin el mundo referencial cristiano y con el paraíso marxista convertido en un infierno, se extiende el imperio de la nada”, explica el profesor a través de escenas clave de El cielo sobre Berlín, La flaqueza del bolchevique, El séptimo continente e Hijos de los hombres.

Por último se llega a la etapa contemporánea, “La urgencia de la apertura al otro”. Los directores contemporáneos como Aki Kaurismaki, Fernando León, Robert Guediguian, los hermanos Dardenne o Zaza Urushadze fotografían esta “Europa empequeñecida, vaciada de su identidad, alejada de sus raíces y tradiciones culturales, asentada en el nihilismo, a la que llegan millones de inmigrantes”. Dice Orellana: “Este complejo cóctel, aderezado por el terrorismo, ha provocado un movimiento xenófobo en el que el ‘otro’ da miedo”. Sin embargo, como vemos en las escenas de Le Havre o Mandarinas, “todavía pervive una conciencia de uno mismo procedente de una tradición que permite abrazar al otro”.

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