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25 MARZO 2017
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El autogol de Al Sisi y el "viernes de la tierra"

Elisa Ferrero | 0 comentarios valoración: 3  154 votos
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La histórica visita del rey saudita Salman a Egipto ha tenido resultados inesperados. Una vez terminada la firma de decenas de acuerdos bilaterales por una cantidad de 25.000 millones de dólares, el gobierno egipcio se disponía a celebrar el fortalecimiento de las relaciones con su aliado saudí, después de las numerosas ventajas económicas obtenidas. Pero luego, justo después del evento, se anunció una redefinición de las fronteras entre ambos países, que inesperadamente cede a Arabia Saudita dos pequeñas islas, Tiran y Sanafir, junto al golfo de Aqaba. Islas de gran importancia militar y estratégica, pues controlarlas significa poder cerrar el paso a cualquier nave de guerra procedentes de los puertos jordanos e israelitas que se acerquen al golfo. Los egipcios, muy sensibles a cualquier ataque a su unidad territorial, no podían de ninguna manera dejar pasar en silencio este movimiento, que por otro lado viene a reabrir viejas heridas del antiguo conflicto con Israel. Acusan ahora a Al-Sisi de vender tierra egipcia a cambio de dinero saudí, un acto desesperado para los acusadores más indulgentes, alta traición para los más intransigentes.

A decir verdad, la cuestión de la propiedad de las dos islas es complicada y tiene una larga historia. En el debate que se ha desatado se encuentran las opiniones contrapuestas de innumerables expertos que no consiguen llegar a ningún acuerdo. Pero independientemente de cuál sea la “verdad”, lo que no ha gustado es el modo en que se ha tomado la decisión. No ha habido transparencia ni ningún tipo de consulta democrática, aunque el Parlamento todavía tiene que ratificar o rechazar la cesión de las islas. El discurso que Al Sisi dirigió a los representantes de la sociedad egipcia unos días después tampoco sirvió para calmas los ánimos. De hecho, el tono paternalista con el que pidió a los egipcios que confiaran en él, porque hay muchas cosas que ellos no saben y él sí, solo ha echado más gasolina al fuego. Citar los consejos de una madre como si fueran ejemplos de alta escuela política sobre cómo mantener buenas relaciones de vecindad ha sido un bonito boomerang que le ha vuelto cargado de sarcasmo. Y el autoritarismo con el que ha zanjado la cuestión, diciendo que no quería volver más sobre este tema, fue la guinda del pastel.

La rabia se desató en pocos días, recogiendo realmente meses y meses de resentimientos que van más allá de la cuestión de Tiran y Sanafir. Las redes sociales se han reactivado como en 2011, organizando manifestaciones en todo el país, de norte a sur. Cientos de miles de personas se han adherido inmediatamente a los eventos propuestos en Facebook, y el malestar ha tomado forma en una jornada de protesta celebrada el 15 de abril bajo el nombre de “El viernes de la tierra”. En primera línea, los grupos de izquierda más radicales, como el Movimiento 6 de Abril y los Socialistas Revolucionarios, junto a muchos otros activistas por los derechos humanos. Más prudente ha sido el Partido Constitucional –el bloque político de oposición más consistente nacido de la revolución de 2011, actualmente fuera del Parlamento–, que ha dejado a sus miembros la libertad de participar o no en las manifestaciones, pero advirtiendo al Ministerio de Interior que no puede violar el derecho a manifestarse pacíficamente aprobado por la Constitución.

Todo bien hasta la víspera de la protesta, cuando el digital Ikhwan Online anunció la adhesión de los Hermanos Musulmanes, o al menos de su brazo egipcio, disidente en conflicto con sus líderes. Al instante se expresó un rechazo general hacia ellos. Algunos prometieron que si les oían gritar eslóganes islamistas o les veían ondear otra bandera que no fuera la egipcia, les callarían sin contemplaciones. El Partido Constitucional fue aún más duro. Con una declaración oficial donde definió a los Hermanos Musulmanes como “una espina en la garganta de la revolución”, les comunicó, sin medias tintas, que ya no tienen espacio alguno entre las filas de los revolucionarios. A pesar de ello, la adhesión de los Hermanos probablemente convenciera a muchos de quedarse en casa para no darles así pretexto alguno para seguir adelante con sus intereses.

Al final, el 15 de abril hubo manifestación. Si bien no autorizada, y por tanto violando la ley anti-protestas, contó de todos modos, solo en El Cairo, con miles de personas que se arriesgaron a sufrir multas y detenciones. La ira de los manifestantes se dirigió sobre todo al presidente Al Sisi, que fue insultado y ridiculizado. No hubo exigencias concretas, pero fue el desahogo de una rabia que llevaba tiempo acumulándose. La policía se contuvo, en comparación con su brutalidad habitual, y los organizadores de la protesta no presionaron demasiado. La mayoría aceptó volver a casa cuando la policía lo pidió, y han convocado otra manifestación para el 25 de abril.

Las protestas del 15 de abril no son nada comparadas a las mareas de 2011 y 2013. Concentradas en torno a la sede del sindicato de periodistas, se parecían más bien a las manifestaciones de la época de Mubarak. Sin embargo, no hay que infravalorarlas. Además, han puesto en evidencia varias cuestiones importantes de la situación actual: el mito de Al Sisi ha caído sustancialmente y el régimen, en todas sus facetas, es consciente de ello; la sociedad no ha perdonado a los Hermanos Musulmanes, ni tiene intención de hacerlo a corto plazo; el descontento se ha extendido por todo el país pero la “amenaza islamista”, local y regional, sigue siendo un freno contundente para evitar que se convierta en una movilización a gran escala; las fuerzas revolucionarias, reanimadas, deben reorganizarse y reflexionar sobre errores pasados, identificando objetivos claros y circunstanciales que sustituyan la genérica “caída del régimen”.

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