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21 AGOSTO 2017
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Esa vieja tentación de "encerrar" al hombre en una fórmula

Roberto Persico | 0 comentarios valoración: 3  95 votos
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La diferencia, en el fondo, radica en un adverbio. “Solo” o “también”. Todo está ahí. Me explico. La noticia es de hace unos días: un grupo de investigadores de una universidad holandesa ha descubierto los genes de la felicidad.

Puede suscitar sonrisa, pero la cosa es muy seria. Sabemos de qué genes depende el hecho de que una persona pueda estar contenta o no. Soy un ignorante en la materia, y no pretendo discutir. Si genetistas serios hacen estas afirmaciones, sus razones tendrán. Pero también soy viejo y curioso, y sé que este problema es viejo como el mundo, ¿cómo ser feliz?

Esto ya era lo que estaba en juego entre los seres humanos y la serpiente en el jardín bíblico, ¿qué quiere decir “seréis como Dios” si no es “seréis felices”? Es la pregunta de todas las ciencias, de todas las filosofías. Y es el núcleo de la revelación cristiana, como explica Luigi Giussani: “El problema de la existencia del mundo es la felicidad del hombre concreto”. ¿Cómo ser felices? Ahora la respuesta de los genetistas parece concluir que la felicidad depende de ciertos genes. El viejo curioso que hay en mí se pregunta: ¿“solo” o “también”?

Si la respuesta es “también”, no hay problema. Sabemos desde siempre que la realidad es compleja, está hecha de múltiples elementos, cada uno aporta su tesela. Nosotros los seres humanos estamos hechos de alma y cuerpo, el alma es “forma corporis”, decía santo Tomás, somos una realidad profundamente unitaria. Los descubrimientos de la genética moderna le habrían entusiasmado, pero creo que habría seguido enseñando que el cuerpo, una realidad importantísima, no lo es todo. En los seres humanos también hay alma. ¿Hemos descubierto que hay gentes que están ligados a la felicidad de las personas? Fantástico. Pero eso confirma que nosotros somos “también” cuerpo.

Otra investigación muy seria desarrollada por la también muy seria universidad de Harvard demuestra que la felicidad depende de las relaciones con las personas que nos rodean. “También” esto es verdad. La realidad está hecha de genes, de relaciones, de historias. Siempre es más rica que cualquier factor particular al que pretendamos reducirla. Es más fácil reducir la realidad a un único factor, permite decir: “esto es, lo he entendido, este es el factor que lo explica todo”. El sueño de la modernidad es descubrir la clave que explica todos los misterios. Pero gracias a Dios, literalmente, la realidad es más compleja. Todo descubrimiento, si es cierto, es una tesela que nos permite comprenderla un poco más. Todo intento de decir “esto es, he descubierto el factor que lo explica todo” está destinado a quedar en ridículo con el próximo descubrimiento.

Bienvenido sea el hallazgo de que somos “también” nuestros genes. Viva la conciencia de que no somos “solo” nuestros genes. Que cada uno de nosotros es más que las imágenes o esquemas a los que la cultura de moda nos intenta reducir.

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