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11 DICIEMBRE 2016
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La concertada debe comprometerse con las cuestiones sociales

Jesús Pueyo | 0 comentarios valoración: 3  89 votos
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Estamos sin estarlo en campaña electoral y, aun no siendo oficial, lo cierto es que todos los esfuerzos ya están dirigidos al 26-J. Es por ello que los cuatro partidos políticos con mayor número de votos y escaños han vuelto a reafirmar públicamente su disposición a alcanzar un Pacto Educativo que todos ellos consideran necesario.

Matizando que el Pacto no es imprescindible para que el sistema educativo funcione, sí que es necesario si lo que se pretende es dar estabilidad a la educación y alejarla de una excesiva ideologización política.

Y como la realidad siempre termina por imponerse, no tardaremos en comprobar si estamos de nuevo ante meras manifestaciones vacías de contenido o si efectivamente podemos afrontar en los próximos meses un asunto tan importante y demandado por la sociedad como es el acuerdo político y social en materia de educación.

Si bien mantengo el optimismo sobre que, en algún momento, pueda cristalizar y ser un hecho, lejos de caer en una excesiva ingenuidad, a día de hoy la verdad es que siguen sin observarse acciones concretas que indiquen que pueda resolverse en seis meses tal empresa, como apuntaba el fallido pacto PSOE-Ciudadanos que apoyaba la investidura del candidato a la presidencia Pedro Sánchez.

Si es verdad que estos cuatro partidos tienen tan claro su deseo y compromiso de alcanzar un acuerdo, cabe preguntarse ¿por qué no han estado trabajando en ello durante estos meses? o ¿por qué no están trabajando ahora?, ¿es que para dialogar e intercambiar ideas y textos dependemos de los votos y escaños que consigan en las elecciones?, ¿va a seguir todo girando alrededor de quien gane o pierda los comicios? Está claro que ésta no parece la dinámica correcta para que el pacto sea posible entre todos.

De una u otra forma, hay cuestiones que se deben abordar y resolver, y esto es inaplazable. Si abordamos el tema desde el punto de vista académico y técnico, hay que plantear una nueva regulación y estructura del sistema educativo: en definitiva, lo que nuestros educandos deben aprender y adquirir en la escuela. Es momento de convenir unos mínimos que todo ciudadano del Estado debe ir atesorando a lo largo de su paso por las etapas del sistema, garantizando desde las administraciones el derecho de acceso a esa formación en igualdad de condiciones y adoptando todas las medidas que se consideren necesarias para garantizar la imprescindible equidad del sistema. En este punto, parece evidente que deberían ser los centros educativos quienes en función de su autonomía y de sus proyectos educativos, idearios, metodologías, opciones pedagógicas e innovación educativa, ejecuten la acción educativa que permita a los alumnos alcanzar dichos mínimos y otros muchos aspectos que pudieran contemplar en su oferta.

Si abordamos el tema desde el punto de vista profesional, es cuestión fundamental regular la profesión docente, porque aunque todos hablan de la enorme importancia del profesorado, la realidad es que se trata de una profesión olvidada y abandonada. Con independencia del tipo de centro en el que se pueda desarrollar el trabajo docente, hay que definir el perfil profesional que se necesita, regular la profesión desde las condiciones necesarias para acceder a la formación universitaria, sistematizar la formación en la propia escuela por profesionales preparados para ello, desarrollar una auténtica carrera profesional que incentive la continua mejora de los docentes… Todas ellas son cuestiones que necesitan regularse con urgencia, y no tener esta norma legal es tan perjudicial como aprobar leyes educativas sin consenso.

Y a esto se suma, además, la necesidad de abordar otras cuestiones más ideológicas que técnicas que han protagonizado desde 1985 las diferencias políticas y sociales en torno a la escuela. Nos referimos a los dos debates estrella recurrentes en este tiempo: la contraposición educación pública-educación concertada y su financiación y la asignatura de religión en las aulas, sí o no. Por desgracia, ambos se han convertido en verdaderos obstáculos para alcanzar un Pacto Educativo y seguirá siendo así si no cambian las posiciones de todos los participantes en este asunto.

En relación al debate pública-concertada, y para que nadie se lleve a engaño, no habrá pacto si se impone una sola escuela pública que impida el ejercicio de una de las libertades más importantes de una sociedad avanzada como es la de elegir el tipo de educación que unos padres consideran más adecuado para sus hijos. Tampoco lo habrá si una educación de titularidad privada financiada con fondos públicos, garantía de un derecho constitucional, no está sujeta a las mismas condiciones que la escuela de titularidad administrativa, cumple las normas y colabora en el tratamiento y solución de los problemas sociales y del sistema educativo. No se puede pactar que la financiación destinada a dos alumnos que están en las mismas condiciones sea sustancialmente diferente, porque la titularidad de su centro no es la misma; y no puede haber acuerdo cuando los profesionales que ejercen en los centros financiados tienen condiciones tan distintas como las que existen ahora, porque se dedican menos recursos a unos que a otros.

En lo que se refiere a la religión, es evidente que los dos Estados que firmaron los Concordatos –España y el Vaticano– deben sentarse para revisar y actualizar dichos acuerdos. El hecho religioso, no solo la religión católica, es una cuestión que debe ser estudiada y comprendida en la escuela. No se puede cerrar los ojos a lo que pasa a nuestro alrededor y negar que muchas de las cosas que suceden hoy en nuestro mundo solo pueden comprenderse de manera global y desde una perspectiva amplia conociendo un trasfondo profundamente relacionado con las religiones como patrimonio cultural de los pueblos. No se puede obviar todo lo sucedido en la historia y que ha estado relacionado con la religión. Simplemente no podríamos conocer nuestra historia desde el punto de vista del arte, la filosofía, los acontecimientos, la evolución de las sociedades, los conflictos, los avances, los descubrimientos… Entender lo que somos hoy sin conocer el hecho religioso es imposible.

Así que para pactar o acordar es necesario entender que el hecho en sí exige dejar las posiciones inamovibles de cada uno y estar dispuesto a respetar las convicciones de todos, buscando fórmulas que permitan la convivencia de cada parte. La complementariedad y diversidad enriquecen a una sociedad, la uniformidad y la imposición unilateral la empobrecen y debilitan. No puede haber una sociedad democrática y plural si la educación no lo es.

Por eso, desde la generosidad, la responsabilidad y el verdadero compromiso con el futuro, es momento de que nuestros políticos hagan un verdadero esfuerzo, el esfuerzo que esta sociedad se merece para que sea posible un gran mañana y un buen desarrollo de nuestros jóvenes.

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