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6 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Daniel Innerarity

'Para reclamar objetivos ambiciosos a la política hay que conocer también sus limitaciones'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  64 votos
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Daniel Innerarity es catedrático de filosofía política y social e investigador del Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Innerarity comenta para Páginas Digital algunas de las principales tesis de su último libro, “La política en tiempos de indignación” (ed. Galaxia Gutenberg).

Hemos pasado en España en los últimos años de un desinterés generalizado por la política a un renovado interés. Sin embargo, como ha escrito usted, “los momentos de indignación son también momentos de gran confusión”. ¿En qué percibe usted esta confusión?

La crisis supuso una intensa politización de una sociedad que tenía una ciudadanía de baja intensidad, que estaba más interesada, por ejemplo, en la identificación de los culpables que en la construcción de la responsabilidad política. Ahora estamos en otra fase en la que el desafío consiste en conseguir que aquella indignación no se quede en un desahogo improductivo sino que produzca cambios reales en nuestro sistema político. Y para ello se necesitan menos movilizaciones espontáneas que sutileza en los análisis y la construcción de acuerdos.

Ruiz Soroa, sobre su último libro, “La política en tiempos de indignación”, escribe: “Ni los ciudadanos ni los partidos aceptan las limitaciones obvias de la política, máxime en tiempos de globalización y crisis, inflan sus expectativas en esos torneos de promesas que son las elecciones, y son llevados inevitablemente a la desilusión. Hay desilusión porque había demasiada ilusión no justificada, no por ningún fallo endógeno del sistema político”. ¿Podría explicar esto?

Un sistema político puede funcionar mal porque la ciudadanía espera demasiado o porque espera demasiado poco. Las promesas, las expectativas y las exigencias con que nos dirigimos a nuestros representantes políticos tienen que estar en consonancia con la naturaleza de la política, con lo que está en condiciones de proporcionarnos y con las condiciones de complejidad en las que la política se ve obligada a manejarse. No lo digo por disminuir nuestras exigencias hacia los representantes sino porque solo estará legitimado para reclamar de la política objetivos ambiciosos quien conozca también sus limitaciones.

¿Se podría decir, parafraseando a Julián Marías, que existe una politización de lo que no es político?

Politizar tiene en ocasiones una connotación negativa, pero en realidad significa arrebatar una realidad de la existencia humana de la rutina de la tradición, del poder de los técnicos o de los fanáticos, hacer de algo que parecía necesario un objeto de nuestra libertad.

Entonces, ¿qué es justo pedirle a la política?

Podemos pedirle muchas cosas, pero puestos a sintetizar yo diría que tiene que ser una actividad más inteligente y estratégica, menos cortoplacista, más cooperativa.

¿Qué medidas concretas y realistas se pueden tomar para regenerar la política española?

La regeneración democrática debe llevarse a cabo de manera muy distinta cuando nuestro problema es que nos tenemos que defender frente al excesivo poder de la política o cuando el problema es que otros poderes no democráticos están sistemáticamente interesados en hacerla irrelevante. Y tengo la impresión de que no acertamos en la terapia porque nos hemos equivocado de diagnóstico. Comparto en principio todas aquellas medidas que se proponen para limitar la arbitrariedad del poder, pero no estoy de acuerdo con quienes consideran que este es el problema central de nuestras democracias en unos momentos en que nuestra mayor amenaza consiste en que la política se convierta en algo prescindible. Con esta amenaza me refiero a poderes bien concretos que tratan de neutralizarla, pero también a la disolución de la lógica política frente a otras lógicas invasivas, como la económica o la mediática, que tratan de colonizar el espacio público. Debemos resistirnos a que las decisiones políticas se adopten con criterios económicos o de celebridad mediática porque en ello nos jugamos la imparcialidad que debe presidir el combate democrático.

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