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3 DICIEMBRE 2016
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Una nueva laicidad

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  28 votos
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Existe una comprensible preocupación en los católicos por el avance imparable de los llamados nuevos derechos. La secularización de la sociedad nos ha dejado en fuera de juego. Y es duro reconocerlo pero seguramente estamos en un momento histórico donde la batalla de los valores, al menos momentáneamente, está perdida. La historia pasa lentamente y quizá dentro de cien años el contexto histórico sea distinto.

Esta cultura secularizada se expresa obviamente en las propuestas de los partidos políticos. Que en muchas ocasiones se han convertido en un fin en sí mismo. El ideal de servicio parece lejano y los nuevos partidos provocan dudas frente a lo desconocido cuando no un temor, más que infundado en el caso de Podemos, por su clara animadversión hacia el hecho religioso y el riesgo de ruptura que supone.

En medio de este panorama es fácil la tentación, de la cual nunca estamos a salvo del todo, de encerrarnos en nosotros mismos y tomar una actitud pasiva frente a la política o en los más combativos ponernos la bandera de los valores y tirársela en la cabeza al primero que se nos ponga por delante. Como decía Daniel Innerarity en una entrevista reciente para este periódico, “un sistema político puede funcionar mal porque la ciudadanía espera demasiado o porque espera demasiado poco”.

¿Existe una posibilidad de estar en el mundo testimoniando los valores cristianos, que son justos y necesarios, sin tener que escondernos en nuestras trincheras o tener que pelearnos con el mundo?

Las grandes evidencias sobre el valor de la vida, el matrimonio, los hijos… han desaparecido y, hoy en día, es muy difícil vivirlas fuera de la gracia (incluso dentro de ella). Mentalidades que a nuestros abuelos les podían resultar evidentes hoy en día no lo son.

¿Por dónde empezar a construir? El Papa Francisco puede ser una roca a la que aferrarse en estos tiempos de confusión: “Por favor, no miréis la vida desde el balcón, sino comprometeos, sumergíos en el amplio diálogo social y político”.

Miremos a nuestro alrededor. ¿Dónde existe un deseo verdadero de construir? ¿Dónde existe una brizna de deseo de bien? El encontrarse con gente así, católica o no, que tiene esta tensión por el bien común, es lo que nos permitirá verificar la hipótesis cristiana, aprender de otros y poder aportar nuestro tesoro, llevado en vasijas de barro, a esta sociedad tan necesitada.

Dice el cardenal Angelo Scola: “para el cristiano, la verdad reclama ser testimoniada. Si yo testimonio la verdad, toda la verdad, no lesiono el derecho de nadie”.

Por este camino, lento y fatigoso, quizá dentro de algunas generaciones leyes como las del aborto caerán no por una legislación determinada sino porque ha cambiado el corazón del hombre, es decir, porque ha cambiado mi corazón.

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