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4 DICIEMBRE 2016
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El Papa, el imán y un encuentro "arriesgado"

Michele Brignone | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Más de cinco años después de la ruptura de relaciones entre la mezquita egipcia de Al-Azhar y la Santa Sede, decidida unilateralmente por Al-Azhar después de una intervención donde Benedicto XVI pedía a los gobiernos de los países mediorientales que garantizaran la seguridad de sus ciudadanos cristianos, el Papa Francisco y el gran jeque de la mezquita Ahmad al-Tayyeb se han reunido en el Vaticano. Aparte de los aspectos diplomáticos, esta cita asume una importancia especial debido al riesgo que existe en muchas partes del mundo del deterioro en las relaciones interreligiosas a causa de las brutalidades cometidas por el yihadismo islamista.

El mismo imán Al-Tayyeb, considerado en Occidente como una figura controvertida por ciertas tomas de posición, especialmente contra Israel, afirmó en un discurso pronunciado hace un par de meses en el Parlamento federal alemán que “ante el terrorismo, no hay alternativa, ni para Oriente ni para Occidente, más que una apertura recíproca y real entre las religiones y los creyentes”. Además citó, haciéndola suya, la fórmula del teólogo alemán Hans Küng: “No habrá paz entre los pueblos mientras no haya paz entre las religiones”.

El papel de Al-Azhar

A pesar de todo lo que se escribe y dice en Occidente, la mezquita de Al-Azhar no es “el Vaticano” del islam, aunque tienda tal vez a autoproclamarse como “faro” del sunismo. En una entrevista concedida en enero de 2015 a un periódico egipcio, el gran imán reconocía modestamente que “la opinión de Al-Azhar no es vinculante. No ejercemos tutela alguna ni somos una autoridad religiosa”. Entre otras cosas, la mezquita se encuentra en este momento en el centro de un fuego cruzado, contestada por un lado por los musulmanes modernistas que la acusan de perpetuar un saber anacrónico, y por otro por los movimientos islamistas que critican su sumisión al poder político de El Cairo. Nada de eso evita que Al-Azhar siga siendo probablemente el centro más prestigioso de enseñanza islámica en el mundo, donde se forman cada año miles de imanes destinados a predicar en mezquitas de todo el mundo.

Con el avance del Isis se vuelve a plantear la cuestión del nexo entre la tradición islámica y la violencia. Al-Azhar ha multiplicado además sus esfuerzos por refutar las lecturas intransigentes del islam. Concretamente, la mezquita se ha comprometido en un itinerario de “renovación del discurso religioso”, sobre todo después de que el presidente Abdel Fattah al-Sisi así se lo solicitara en su lucha contra los Hermanos Musulmanes.

¿Competición entre culturas?

En realidad, los resultados de este esfuerzo no siempre son alentadores. En noviembre pasado, por ejemplo, en una conferencia dedicada precisamente a la “renovación del discurso religioso”, Al-Tayyeb utilizó palabras duras tanto para el islam chiíta, acusado de hacer proselitismo entre los jóvenes sunitas, como para el cristianismo. Según el imán, de hecho, mientras el islam habría sido capaz de generar una civilización refinada, Occidente solo habría empezado a prosperar después de darle la espalda al cristianismo. El esfuerzo de diálogo del jeque Al-Tayyeb parece verse aquí obstaculizado por la reproposición (¿inconsciente?) de ciertos prejuicios positivistas que el reformismo islámico ha derivado de algunos debates del siglo XIX. En una conferencia de 1883, por ejemplo, el filósofo francés Ernest Renan acusó al islam de ser la causa del atraso en los países musulmanes. Le respondió Jamal al-Din al-Afghani, líder del reformismo islámico moderno, quien no negó los argumentos de Renan, pero añadió que, en su forma más pura, el islam no solo era hostil a la ciencia, sino que también habría favorecido el desarrollo. De modo que, si para emprender el camino del progreso los europeos habían tenido que liberarse del cristianismo, a los musulmanes les habría bastado con redescubrir la verdadera esencia del islam.

Desde entonces, la asociación entre el despertar islámico y la redención de la umma ha alimentado el pensamiento y la acción de muchos ideólogos y movimientos, inaugurando un deletéreo mecanismo de competición entre culturas que los teóricos occidentales del choque de civilizaciones no han hecho más que exasperar.

La lógica del diálogo

En el Papa, el imán habrá encontrado a un hombre ajeno a estas lógicas. En una reciente entrevista con el periódico católico francés La Croix, Francisco explicó, evocando el pensamiento del teólogo Erich Przywara, que “la aportación del cristianismo a la cultura es la misma de Cristo con el lavatorio de pies, es decir, el servicio y el don de la propia vida”.

Un pensador que tenía clara esta dimensión fue el padre Christian Van Nispen, que murió el pasado 12 de mayo después de haber dedicado toda su vida al conocimiento del islam, de la cultura árabe y de Egipto, país donde vivió durante más de cuarenta años. Holandés de origen y jesuita como el Papa, Van Nispen no fue solo un gran estudioso del pensamiento islámico. En él, el diálogo islamo-cristianos era un hecho de vida. Al recordarle en su blog, el intelectual egipcio Wael Farouq hablaba del respeto que el padre Christian se había ganado incluso entre los salafitas y entre los Hermanos Musulmanes, y lo habitual que era en él “repartir su dinero entre un cierto número de familias musulmanes pobres”.

Van Nispen escribió que el diálogo auténtico es “fruto del encuentro”, es “encuentro que se hace palabra”. Pero añadió también que no todos los encuentros desembocan directa y explícitamente en el diálogo. Porque el encuentro es, en resumen, un “riesgo”. Y es bueno que hoy alguien esté dispuesto a correrlo.

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