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6 DICIEMBRE 2016
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Trump y el sueño americano

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Existe algo aún “más inescrutable que los misterios sobre el origen del universo”, según el gran astrofísico Stephen Hawking: la popularidad de Donald Trump. Desde hace meses, el mundo de la información se empeña, a uno y otro lado del océano Atlántico, en tratar de entender lo que está pasando en América. En realidad, el éxito de candidatos tan “extraños” como Bernie Sanders (único miembro del Congreso americano que se define socialista) y Donald Trump (el personaje que ha infringido todas las reglas de la dialéctica tradicional) es solo la punta del iceberg de un profundo cambio que hay que estudiar para entender lo que realmente está pasando.

Por encima de todo, la disolución del sueño americano. Para la mayoría de los estadounidenses, sobre todo los más jóvenes, no es más que una “bullshit”. Pocos creen que pueda repetirse lo que sucedía hace 100-150 años, cuando los inmigrantes que llegaban a los USA, como todos los emigrantes de todos los tiempos, podían mejorar sus condiciones de vida. En Estados Unidos, el llamado “ascensor social” siempre resulta más problemático y una vida digna, que iguale los parámetros europeos, parece que solo está al alcance de los ricos, en una jungla de desigualdades sociales de dimensiones nunca vistas.

¿Por qué se habla entonces de una América que ha superado la crisis económica? La realidad es que las empresas han vuelvo a empezar a crecer sobre la base de salarios bajos y estancados. Según el National Employment Law Project, el 42% de los trabajadores americanos gana menos de 15 dólares la hora, lo que corresponde a 31.000 dólares al año. La renta real está por debajo de la del año 2001, llevando a condiciones de pobreza no solo a las clases tradicionalmente pobres sino también a gran parte de la clase media, cada vez más reducida. A esto hay que añadir que, según un sondeo de Gallup, el 14% de los trabajadores (es decir, 22 millones de personas) está infra-empleado.

No sorprende entonces que en este contexto, según el Census Bureau, 47 millones de americanos vivan bajo el umbral de la pobreza, con 23.550 dólares de renta anual para una familia de cuatro personas, y que 16 millones de niños –el 22% del total– viva en familias por debajo del nivel de renta mínima.

Entremos ahora en el gran tema de la sanidad. La salud está garantizada de manera parcial y el Obamacare ha cambiado poco, sobre todo por la resistencia de los lobbies financieros del mercado sanitario. Todo esto aumenta la distancia de la gente respecto al mundo de la riqueza virtual de Wall Street, que ha vuelto a niveles pre-crisis. El mercado financiero, que maneja riquezas enormes, no responde en absoluto al servicio de las exigencias de la gente.

La situación económica se agrava por la soledad que parece dominar la vida del americano medio. Un estudio publicado en 2006 por American Sociological Review refleja el hecho de que el 25% de los americanos no tiene a nadie con quien discutir sobre sus problemas personales ni celebrar sus logros, un porcentaje que dobla el dato de 1985. Si excluimos a los familiares, el porcentaje sube al 50% y, según el Washington Post, seguirá creciendo con el incremento de las jornadas laborales. Más soledad significa un aumento de los infartos cardiacos, las enfermedades psico-somáticas, trastornos psiquiátricos graves, incluso suicidios. Según el National Center for Health Statistics Federal Data, la tasa de suicidios ha crecido un 24% entre 1999 y 2014, sobre todo entre las mujeres. El fenómeno de la depresión está especialmente presente a nivel juvenil, convirtiéndose en el rasgo dominante de muchos estudiantes.

Este hecho permite ir a la raíz de la crisis del sistema americano, que antes que socioeconómica es antropológica. Lo que ha fracasado es el paradigma educativo americano, cuyo emblema son las enseñanzas de John Dewey. Como afirmaba Patrick J. Deneen, de la Georgetown University, citado a menudo por Lorenzo Albacete, “la democracia y la ciencia han crecido apoyadas en una experimentación incesante y en el progreso, dedicándose ambas a la expansión del poder humano”. A los jóvenes americanos se les educa de manera funcional en la idea de realización personal como contribución al progreso de la nación. Esta pretensión ha estado apoyada por la repetición martilleante del ideal de la nación americana, paladín de la libertad en el mundo contra dictaduras de todo tipo. De tal modo que incluso el gran número de “losers” (perdedores) siempre han estado convencidos de que las desigualdades eran en último término justas, debidas a su propia incapacidad personal, y por tanto estaban en función del bien colectivo. La llama de 1968 intentó poner en crisis esta mentalidad, pero acabó totalmente reabsorbida, y en cierto sentido olvidada.

El fin de la contraposición de los dos bloques mundiales en 1989, el fracaso de EE.UU como única potencia mundial con graves errores en política internacional, contribuyeron a disolver entre los jóvenes la idea de tener que sacrificarlo todo por la misión de su propio país. La creciente imposibilidad para permitir la recuperación económica y social, excepto para una exigua minoría, ha generado un escepticismo cada vez más extendido entre los jóvenes. La falta de razones ideales ha generado también una progresiva incapacidad para tener relaciones afectivas duraderas. Esto ha originado la soledad y la crisis radical del vínculo familiar. De tal modo que se ha perdido la capacidad de reaccionar a las dificultades, que era propia de la tradición americana.

¿Cuál ha sido la reacción a este terremoto? La primera es la del establishment: enriquecerse cada vez más, en un horizonte de continuo progreso, desarrollo, dominio del mundo, donde la masa acepta estar en función del sistema, con la ilusión de formar parte de una democracia. A esta élite pertenecen los Bush, Clinton, Obama que han dominado la escena de los últimos años. La segunda reacción es la de los muchos derrotados: darse cuenta del engaño, del enredo en el sistema educativo y de poder, de que no hay alternativa, y por tanto de tener que reaccionar buscando soluciones anti-sistema. Por eso los jóvenes votan al socialista Sanders, y paradójicamente tanta gente de la clase media vota a Trump.

La contienda está abierta y el resultado es incierto, con resentimientos dentro de uno y otro partido. ¿Hay una tercera vía? Resuena actual la profecía de Lorenzo Albacete, que reclamaba la necesidad de educar en una responsabilidad basada no en la idea de éxito sino en la experiencia del sentido religioso, en el deseo de verdad, justicia, belleza que hace de cada hombre alguien único e irrepetible. Un hombre capaz de sorprenderse mirando lo que, en la realidad, corresponde a su deseo. Un hombre así nunca se rinde ni se siente derrotado, aunque no sea el primero. Un hombre así nunca está solo, sino que piensa en construir “desde abajo” (familia, empresa, realidades sociales, asociaciones). También es un tipo de hombre profundamente arraigado en la tradición americana, protagonista del american dream, esa que hizo posible para tantos inmigrantes esa América que muchos mirábamos con admiración en nuestra juventud.

La ideología del poder, propia de Dewey, ha matado al verdadero espíritu americano en la propia América, pero ahora hay que hacer cuentas con la historia. Como decía nuevamente Albacete, experiencias verdaderamente religiosas como las que caracterizaron a la América de los fundadores, es decir, amantes de ese tipo de hombre, son las que pueden hacerla revivir.

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