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9 DICIEMBRE 2016
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Tres islas, una sola unidad

Adriano Dell`Asta | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
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Tres islas en la historia de la Iglesia y de la confirmación de su unidad: primero Cuba, luego Lesbos y ahora Creta. Después de los dos primeros encuentros (entre Francisco y Kiril en Cuba; luego entre Francisco, Bartolomé y Jerónimo en Lesbos), no era descabellado esperar un tercero con motivo del tan esperado Concilio Panortodoxo. Cincuenta años de discusiones y encuentros preliminares, después de que durante todo el siglo XX se sucedieran varios intentos fallidos y después de una historia plurisecular en que las Iglesias ortodoxas no han sido capaces de reunirse todas juntas. Y aunque el resultado ha sido claramente menos feliz de lo esperado, resulta exagerado decir que se ha producido un “cisma de facto”; con la ayuda del Espíritu Santo (que todos siguen invocando sinceramente), podemos esperar que en el futuro la situación se convierta en una ocasión de renacer, aunque por el momento parezca bloqueada en un callejón sin salida.

El pasado mes de enero se decidieron la fecha y el lugar, y se publicaron los documentos programáticos finales sobre los temas a debate, que fueron “completamente aprobados” por las Iglesias que se preparaban para celebrar el Concilio, mientras que un documento sobre el matrimonio que había suscitado la contrariedad de la Iglesia georgiana, contraria a los matrimonios mixtos, fue eliminado para mantener la unanimidad. Luego, inesperadamente, a partir de primeros de junio, empezaron las defecciones y de las catorce Iglesias que debían estar presentes quedaron diez: los patriarcados de Constantinopla, Alejandría, Jerusalén, Serbia y Rumania, las Iglesias de Chipre, Grecia, Polonia, Albania, Chequia y Eslovaquia; mientras que han declarado su indisponibilidad para presenciar la asamblea de Creta los patriarcados de Bulgaria, Antioquía, Georgia, y por último el de Moscú.

Qué ha pasado y por qué es una cuestión muy compleja y obviamente es objeto de polémicas más o menos encendidas. Algunos han señalado que es como si un estudiante se diera cuenta la noche previa al examen de que no ha leído los textos del programa. Otros tratan de explicarlo con motivos no del todo convincentes o rigurosos. En efecto, parece discutible negarse a participar en un encuentro tan importante por la controversia entre los patriarcados de Antioquía y Jerusalén sobre la pertenencia canónica del territorio de Qatar, o por la discusión sobre si a Georgia le corresponde el sexto o el noveno puesto en el orden de importancia. Se han aducido otras motivaciones, algunas tal vez más realistas, pero otras más dolientes. Que dentro de una Iglesia ortodoxa se haya desarrollado una fuerte oposición a las aperturas hacia el exterior; que concuerde mal la idea de concilio con un presunto “papismo de Constantinopla” o con un “imperialismo griego”; que moleste la idea de perder identidad ante una creciente influencia de Roma; que varias Iglesias toleren mal el hecho de que en los documentos preparatorios (por otro lado ya aprobados) se utilizara el término “Iglesias” para referirse a católicos y protestantes (en vez de considerarlos heterodoxos cuando no incluso herejes); y, por último, que en el orden del día pudiera incluirse la cuestión de la independencia de Moscú respecto a la Iglesia ortodoxa ucraniana, que actualmente depende del patriarcado moscovita.

Esto y mucho más se ha dicho pero, más allá de todo eso, queda la dolorosa constatación a la que han llegado muchos ortodoxos rusos: la ausencia de una jerarquía única y, más profundamente, la ausencia de un centro real de unidad, independiente de intereses particulares (ya sean de honor, étnicos, territoriales, económicos o de poder, etcétera), hace que la ortodoxia actual sea extremadamente débil ante los desafíos del mundo contemporáneo, y sobre todo ante la necesidad de testimoniar una perspectiva de vida fascinante y una salvación eficaz.

Qué sucederá es una cuestión aún más compleja, aunque por uno y otro lado se intenten mantener muchas puertas abiertas. Nadie, obviamente, puede infravalorar la gravedad de lo que ha sucedido, pero hay que subrayar que, en el fondo, también en el pasado, incluso los concilios reconocidos después como ecuménicos (como el Concilio de Calcedonia del año 451) tuvieron inicialmente un participación que podríamos calificar de todo menos de universal. Hay quien, aun no compartiendo esta idea y cuestionando que la reunión de Creta pueda llamarse “Concilio Panortodoxo”, sugiere que podría convertirse en la primera sesión de un futuro Concilio plenamente “Panortodoxo”. Pero esto, obviamente, es cuestión de tiempo, habrá que esperar; por lo que resultan mucho más interesantes las reflexiones que estos acontecimientos están suscitando no solo en la ortodoxia sino en todo el mundo cristiano.

Ante todo, estamos frente a la cuestión de una unidad no solo teórica sino real, donde la necesidad del otro es una necesidad también real y no determinada solo por intereses particulares y contingentes, sino arraigada en el reconocimiento de la dignidad irreducible del otro, igual que la necesidad estructural de mi propia persona.

En este sentido, las dificultades actuales son una ocasión para un proceso más profundo de conversión, un proceso que puede tomar un ejemplo y un escenario precisamente en el concilio, concibiéndolo no como una cumbre ecuménica sino como un largo camino que empieza con ciertos matices pero que puede desarrollarse cada vez más conscientemente, bajo la presión de la necesidad humana de salvación.

Esta salvación no creada por las manos del hombre es lo que está en juego, y de su ser don de Dios y no un producto de la genialidad humana, puesta en juego y construida a nivel político (o eclesial) con lógicas puramente terrenales, depende su realidad. Ilusionarse con que pueda consistir en acuerdos entre poderosos o derivarla de intereses comunes es solo una de las muchas formas de hacerla vana.

En la tradición filosófico-religiosa rusa de los siglos XIX-XX se ha hablado mucho del carácter conciliar, la “sobornost”, como un rasgo típico de la ortodoxia. Hoy es justamente esa “sobornost” la que se ve amenaza y banalizada, o bien puede volver a ponerse en juego de nuevo. A cambio de entender que se basa en el amor mutuo, bien distinto del acuerdo de intereses (por altos y dignos que sean), y que exige en cambio la observancia del carácter fundamental del amor cristiano: la disponibilidad al sacrificio, empezando por el sacrificio del propio punto de vista.

Del modo en que los cristianos toman en serio esta disponibilidad depende en gran parte el éxito del Concilio Panortodoxo de Creta y su ejemplaridad para todo el mundo contemporáneo.

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