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8 DICIEMBRE 2016
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El hilo de la esperanza

José Luis Restán

En esta ocasión el Papa ha aprovechado el mensaje con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud para renovar el diálogo de la Iglesia con el hombre contemporáneo sobre la  esperanza. En efecto, las irreducibles preguntas de fondo, que en los jóvenes brotan con especial frescura, chocan frecuentemente con obstáculos que parecen insuperables. Y sin embargo esas apremiantes preguntas (¿qué sentido tiene el vivir?, ¿cómo alcanzar la felicidad?, ¿por qué el sufrimiento y la enfermedad?, ¿qué hay más allá de la muerte?) tienen que medirse con la realidad tal cual es, y entonces surge inevitablemente una cuestión que escuece: ¿dónde encontrar y cómo mantener viva en el corazón la llama de la esperanza?

No falta una referencia aguda a las diversas formas de malestar juvenil, que expresan a su juicio otras tantas evasiones o caminos errados para responder a esa pregunta. Y aun así, a pesar de estar heridos de tantas formas, no se apaga el deseo del verdadero amor y de la auténtica felicidad. Así manifiesta el Papa su confianza en el corazón humano, que no puede dejar de desear, que tiene el recurso de reconocer la verdad que le corresponde cuando ésta se le pone delante de modo persuasivo. Es ésta una hipótesis positiva, un recurso educativo que nunca deberíamos dejar de lado.  

Benedicto XVI ha querido desplegar a través de pasos sencillos un modo de razonar al que ya nos ha acostumbrado en sus grandes discursos: parte de lo que es experiencia común, arranca de las preguntas de todos tomando en serio su densidad dramática, para compartir con sus interlocutores un itinerario en el que al final se ofrece libre y sencilla la propuesta cristiana, una propuesta que no violenta sino que corresponde a las exigencias humanas de cualquiera, por distante que se encuentre a priori. En un rápido vistazo a nuestra historia reciente, el Papa insiste en que ni la política, ni la ciencia, ni la economía pueden por sí solos ofrecer la gran esperanza a la que todos aspiramos. Más aún, cuando pretenden arrogarse ese papel generan escepticismo y violencia. Esa esperanza sólo puede ser Dios que abraza el universo, el Dios que es amor y que se ha revelado en Jesucristo.

Para ilustrar el camino de la esperanza el Papa elige la gran figura de san Pablo, quien pudo confesar a su amigo Timoteo: "hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo". Pero ¿cómo había nacido en él esta esperanza?, se pregunta Benedicto XVI. Nace a raíz de su encuentro con Jesús resucitado, que provoca un cambio radical de su vida, cambia la sustancia y el fundamento de su esperanza, pues aunque vive en la carne (en toda la trama de las fatigosas circunstancias de cada día) ahora sostiene sobre la fe en el Hijo de Dios. Así pues la esperanza, sostiene vigorosamente Benedicto XVI, no es sólo un ideal o un sentimiento, sino una persona viva. Si estamos con Él, que ha vencido a la muerte, ¿por qué temer? Entonces la cuestión urgente para nosotros es cómo encontrarlo hoy. La gran familia de la Iglesia que nos ofrece su Palabra, los sacramentos, el testimonio de la caridad y la red de una amistad inconfundible es el lugar en el que se Él se manifiesta presente, como fundamento de una esperanza que no defrauda.

Por fin el Papa se dirige a quienes ya ponen su esperanza en Cristo para invitarles a la misión: a dar razón de lo que han encontrado a sus amigos y coetáneos, y a ser pacientes constructores de comunidad cristiana. Les pide también el coraje de tomar opciones que manifiesten su fe, mostrando que no se dejan atraer por las falsas ilusiones de la idolatría del dinero, de la carrera y del éxito. Por el contrario, esta esperanza firme que desafía las marejadas de la propia vida y de la historia les impulsará al servicio del bien común con la sobriedad humilde de quienes saben que sus intentos son siempre aproximados y falibles, pero también con una energía invencible para ponerse de parte del bien.

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