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5 DICIEMBRE 2016
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La transición no contada a nuestros hijos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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Conviene asomarse en estos tiempos al Diario de Sesiones del Congreso. En concreto a la sesión del 4 de octubre de 1977, día en el que se debatía La Ley de Amnistía. “¿Cómo –decía uno de los diputados– podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre? Para nosotros, tanto como la reparación de las injusticias cometidas a lo largo de estos cuarenta años de dictadura, la amnistía es una política nacional y democrática, el único consecuente que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y de cruzadas. Queremos abrir la vía a la paz y a la libertad. Queremos cerrar una etapa; queremos abrir otra. Nosotros, precisamente, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y del progreso”. La intervención es de Marcelino Camacho en nombre del PCE y refleja un estado de concordia ahora muy criticado.

Según algunos, como Juan Carlos Monedero en su "Transición contada a nuestros padres", fue “un consenso al que obligaban los vencedores de la guerra”, un “reparto de culpas con la excusa de la guerra”, “un catecismo de ocupación”; por eso hay que exaltar al “que no quiso reconciliarse con quienes generaron tan muerte”. La nueva leyenda negra de la Transición frente a una supuesta leyenda rosa se ha hecho cada vez más frecuente. Hay quien afirma, como hace Gregorio Morán en "El precio de la Transición", que el consenso, la concordia, fueron una “omertá cuasi mafiosa” en la que “nunca tantos perdieron tanto”. El error, sigue asegurando Monedero, es afirmar que “todos los muertos son iguales; todos los muertos son nuestros. Y todos, con todos, con las responsabilidades mezcladas, renunciamos a pedirnos cuentas”. Hay muertos que no son nuestros. El otro, muerto o vivo, es culpable. El otro no puede ser un bien. Ni todos los muertos son nuestros ni todos los vivos son nuestros. Faltaría más. La concordia, el reconocimiento del corazón común con el otro, no es justa.

El objetivo sería conseguir una justicia no alcanzada. El franquismo con la fórmula de la ley a ley habría blanqueado las responsabilidades y habría creado el régimen del 78, un régimen no plenamente democrático. La Transición sería ilegitima porque no restauró la II República. Monedero lo dice claro: en el 39 “tenían un Gobierno, tenían una Constitución, tenían unas elecciones”.

Esta revisión histórica pasa por encima de los hechos, de lo que dicen los protagonistas de lo que sucedió. Tras la muerte de Franco un editorial del Times aseguraba: “el escenario se pone gradualmente a punto por un régimen nuevo y violento de derechas, una violenta revolución de izquierdas, o incluso para otra guerra civil entre dos bandos”. Difícilmente se puede contar la historia de la Transición como una historia sin problemas pilotada solo desde arriba. El franquismo era ajeno a un proyecto así. Todavía en 1961 el ministro Martín Artajo justificaba en la Asamblea del Consejo de Europa la falta de libertades argumentando: “hemos sufrido una guerra civil y necesitamos tiempo para recuperarnos”. Habían pasado 22 años desde el fin de la Guerra Civil y pasarían más y se llegaría a mediados de los años 70 y todavía se seguiría justificando la falta de democracia. El búnker por sí solo hubiera sido incapaz de generar la Transición como lo acredita la primera reforma fallida de Arias Navarro. Ni la Transición es generada por el franquismo ni es una puñalada por la espalda a la II República. Hay que recodar cuál es la conciencia que tienen los propios republicanos en el exilio de lo que fue la República. Son muchas las referencias, Luis Araquistaín, brazo derecho de Largo Caballero, en Toulouse habla de “arrepentimiento por los errores cometidos”. Indalecio Prieto cuando escribe a Negrín, poco después de salir de España, afirma que “pocos españoles de la actual generación están libres de culpa por la infinita desdicha en que han sumido a su patria. De los que hemos actuado en política, ninguno”. “Asenso común es lo que –según Azaña– le ha faltado a la política española”. No se puede, como dice Juan Francisco Fuentes, hacer una ucronía de la Segunda República. Habría que saltar por alto hechos como el llamado Contubernio de Múnich, en el 62, cuando en IV Congreso del Movimiento Europeo se produce la reconciliación pública entre Rodolfo Llopis, el que fuera presidente del Gobierno en el exilio, y Gil Robles. Es en ese momento cuando Salvador de Madariaga proclama que la guerra ha terminado. Al escuchar a los protagonistas de aquellos años se percibe en algunos el deseo de hacer las cosas de forma diferente y eso cuaja en un estado de concordia anterior al cambio político que llega después. Como señala Payne, “la Transición en España contó con una larga etapa de preparación y de pre-Transición, y supo atraer un amplio consenso nacional y democrático. Representó la verdadera memoria histórica, en el sentido de la plena conciencia de los errores del pasado, con un concepto crítico de la historia sin utopías. Y eso es la recuperación de la historia más necesitada en el momento actual”.

La Transición es un acontecimiento casi único porque permitió un cambio pacífico desde una dictadura a un régimen democrático pero sus años fueron años de mucha violencia por parte de la ultraizquierda y de la ultraderecha. ETA asesinó en el año 1978 a 69 personas; en 1979 a un total de 83 personas y en 1980 a 99. Los GRAPO asesinaron entre 1977 y 1979 a más de 80 personas. Y podemos recordar la matanza de Atocha de enero de 1977. Una violencia así no consigue descarrilar un proceso de democratización salvo que no haya una voluntad férrea de no volver al pasado. La Transición fue de, de hecho, un ejercicio de memoria. Es difícil reconstruir los orígenes de ese estado de concordia ahora destruido, un estado de concordia en que el otro era considerado un bien. Digamos que había un humus antropológico diferente.

Volvamos a la Ley de Amnistía de 1977 que es quizás uno de los momentos cumbres del paso adelante que supuso la Transición. Se objeta en ocasiones que la naturaleza pactada de la Transición hizo inviable la llamada ‘justicia retroactiva’. Charles Powell señala que “aunque no carecen por completo de fundamento, estas críticas ignoran que los juicios y depuraciones realizados tras la caída de un régimen dictatorial de larga duración pueden resultar nocivos e incluso contraproducentes a la hora de construir un nuevo orden democrático que busca la justicia”.

Quizás se puede ir más allá. El estado de concordia fue efectivo porque tuvo el coraje y el realismo de afirmar la justicia que hay más allá de la justicia que busca una reparación imposible del daño. El problema es que la generación que hizo la Transición no supo trasmitir la memoria de los hechos, no hemos fomentado una criticidad cargada de razones que hiciera presente lo que ya es pasado.

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