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7 DICIEMBRE 2016
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Gran Torino

Juan Orellana

Clint Eastwood demuestra su grandeza en la capacidad de contar una gran historia de una forma sencilla y desnuda. Incluso el personaje que él encarna es un héroe vestido de antihéroe, que no da importancia a su propia grandeza. Y lo hace en un film de tono ligero, incluso inhabitualmente humorístico, de sencilla producción y planteamiento estético convencional. Gran Torino es en el fondo una historia de maduración clásica, pero en un hombre de ochenta años. Una maduración que consiste en abrir la mente y aprender de quien crees que no puedes aprender nada.

Hay dos figuras clave en este renacimiento de Kowalski, el padre Janovich y la joven Sue. Los dos saben ver más allá de la opaca apariencia del insoportable Kowalski, ambos ven su humanidad oculta, y por ello serán capaces de poner en marcha el nacimiento del nuevo Kowalski, en la línea paulina de paso del hombre viejo al hombre nuevo. Esta metáfora cristiana no está traída por los pelos, ya que al final del film los referentes iconográficos a Cristo son evidentes. El catalizador de esta redención del personaje es el joven Thao, "el Atontado", un acobardado chaval que es introducido por Kowalski a la realidad de la vida: el trabajo, las relaciones afectivas, la autoestima... y aprende de la vida y de la muerte lo que su mentor sólo reconoce al final de su existencia.

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