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4 DICIEMBRE 2016
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'Más allá de la crisis de la Iglesia'. Las seis herencias de Benedicto XVI

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 3  28 votos
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Hay algo valiente en la empresa realizada por Roberto Regoli en su libro “Más allá de la crisis de la Iglesia. El pontificado de Benedicto XVI”. Su valentía no radica tanto en querer narrar el pontificado de Joseph Ratzinger, sino en quererlo hacer como historiador. Ahora bien, es evidente para cualquiera que los fenómenos históricos pueden narrarse según el estatuto epistemológico propio de su disciplina solo después de su conclusión, como también es evidente para todos que, de facto, el ejercicio activo del ministerio petrino de Benedicto XVI ha concluido efectivamente, pero –y aquí está el problema– también está claro, sobre todo para la conciencia del pueblo cristiano, que un pontificado termina realmente con la muerte del romano pontífice, a la que siguen las oraciones de toda la Iglesia al Espíritu Santo "pro eligendo pontefice". Con Benedicto, no hemos vivido nada de esto, hasta el punto de que paradójicamente todavía nos encontramos dentro del pontificado de Benedicto XVI, aunque ya no dentro del ejercicio activo que tal ministerio comporta.

Se trata de una situación canónica y teológica extremadamente compleja, que no se le escapa a Regoli y que la reciente celebración de los 65 años de sacerdocio de Joseph Ratzinger han vuelto a plantear de una manera difícilmente eludible. La terminología técnica que describe todo esto está muy articulada y, solo por poder profundizar en ella, vale la pena leer su libro.

Pero la cuestión es mucho más amplia. Entre la misteriosa y paradójica conclusión del ministerio petrino de Benedicto y su inicio, Regoli identifica seis puntos de reflexión que llaman la atención del autor no como simples connotaciones del pontificado sino más bien como seis líneas de reforma nada desdeñables. Por usar una expresión que le gusta a quien hoy ejerce activamente el ministerio petrino –por lo que con razón debe ser llamado Papa a todos los efectos–, Joseph Ratzinger preparó seis procesos que son como la herencia última de una etapa de la Iglesia que comenzó con Pablo VI y que ahora ha dado paso a otra etapa con el “pontificado argentino”.

La primera línea de reforma se refiere a la curia romana. Con Benedicto, mucho cambió y mucho se purificó en comparación con los años impetuosos y enérgicos del “gobierno polaco”. Benedicto trazó muchas trayectorias de discusión que, sin embargo, encontraron resistencias y reticencias en la enigmática personalidad del cardenal Bertone. Aun así, Benedicto llevó a Bertone a “palacio” en 2006, pero eso nunca bastó para que el pueblo cristiano identificar entre ambos esa afinidad ideal que un pontificado teológico y reformador debería hacer presagiar. En este sentido, seguramente resulte más luminosa la segunda de las seis directrices reformadoras planteadas por Regoli, la línea magisterial emprendida en solitario por el pontífice bávaro.

De la liturgia a la dogmática, de la vida religiosa a la encíclica social, Benedicto se movió en la perspectiva de una reconciliación con el pasado que abriera la teología de la Iglesia a una reflexión menos superficial sobre su futuro. El tan contestado motu proprio “Summorum Pontificum” sobre la liturgia devolvía dignidad a lo que una cierta furia iconoclasta post-conciliar parecía querer abolir, es decir, la tradición litúrgica de la Iglesia de Pío V oportunamente integrada en la pluralidad ritual promovida por el Concilio Vaticano II de Juan XXIII y Pablo VI.

Por si eso no fuera suficiente, la tercera línea de reforma habla de una profunda renovación de la disciplina eclesial sobre todo después de que estallara el escándalo de los abusos sexuales en el seno del clero y de la Iglesia. Benedicto intentó devolver rigor a la vida eclesiástica y lo hizo de tal modo que atrajo –cuarta directriz reformadora– a amplias franjas del cristianismo heterodoxo dentro de la santa Iglesia romana. No serán tanto los discípulos de mons. Lefebvre los que permanezcan como iconos de este papado ecuménico, como un núcleo significativo del anglicanismo que, bajo el pontificado del Papa teólogo, volvió a entrar en el recinto de Pedro.

Consecuencias inmediatas de estos “giros” se registran en las tomas de posición del mundo laico y no cristiano, quinta directriz del libro de Regoli. Benedicto suscita miedo y estupor en el mundo profano, deseo de diálogo y violentas reacciones mediáticas a las medias verdades que de día en día se van cultivando. Los resultados de este clima contradictorio en torno a la Iglesia benedictina se ven en el difícil camino diplomático que describe Regoli como la última, pero no menos importante, directriz reformadora del Papa Ratzinger. Un Papa eurocéntrico, en una estrecha confrontación con Occidente, con su crisis antropológica y social, y con la amenaza del fundamentalismo islámico cada vez más fuerte, que él afronta de raíz con su discurso magistral de Ratisbona. En este contexto nace la expresión “valores no negociables”, para indicar que en todos los ejes de poder hay una Verdad que no se puede descuidar.

Al final, este es el binomio que nos plantea Regoli: por un lado, el Papa de la verdad y la libertad; por otro, el mundo del poder y la ideología burguesa, esa cultura relativista del “descarte” que tanto comprometerá a su sucesor argentino. En medio, el hombre Ratzinger que hace de la fe su fisonomía más auténtica y, mediante la fe, se mueve y sorprende a todos.

El itinerario de Regoli nos devuelve la historia de estos ocho años de pontificado como una novela cuya última página sin duda todavía está por escribir. Entre los pliegues de esa voz firme que llamó al mundo a la transubstanciación de sí mismo el día de su 65º aniversario de ordenación sacerdotal será donde hay que buscar esa página final. Porque en la fe de Ratzinger, según nos dice Regoli, es donde los historiadores deben buscar respuesta a los muchos porqués de esta maravillosa historia. En la fe de cada uno de nosotros todo transparenta la apertura de nuestro corazón, nuestro deseo de buscar al amado del alma, día y noche. Sin permitir que la inevitable aridez o la falsa calma nos distraigan de nuestro camino.

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