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9 DICIEMBRE 2016
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Reconstruir Europa. Más allá del Brexit

Miguel de Haro Izquierdo | 0 comentarios valoración: 3  40 votos
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Los tiempos cambian, y sin duda vivimos una metamorfosis que ya no es posible negar, la cuestión es si podemos mantenernos indiferentes ante todo lo que ocurre delante de nuestros ojos, con esta rapidez de vértigo que nos deja atenazados. Una Europa vieja que se ha convertido en campo de batalla, con atentados indiscriminados que se producen en cualquier momento, en cualquier latitud, y que atacan la paz y la seguridad del corazón de Europa, incapaz de acoger a miles de refugiados, con regiones rescatadas económicamente, altas tasas de desempleo, conflictos sociales, etc. Hace casi un mes nos sacudió un movimiento telúrico social en Gran Bretaña que nos dejó noqueados frente a la posibilidad de una Europa, con todas sus carencias y defectos, que podría dejar de ser ese lugar excepcional por el que trabajaron los padres fundadores a mediados del siglo pasado.

La historia más reciente del Brexit es ya generalmente conocida. Una parte importante de la población británica argumenta que la Unión Europea ha cambiado de manera sustancial, disponiendo de un mayor control sobre los ciudadanos británicos y sus vidas cotidianas. Pero sobre todo el cansancio de la burocracia de Bruselas, la falta de control sobre la inmigración, la defensa de la soberanía nacional y su consecuente sistema de seguridad nacional, etc. han hecho decir que no a seguir siendo miembro de la UE. Las relaciones entre la Unión Europea y Gran Bretaña no han sido nunca fáciles. Desde su plena incorporación en el año 1973, ya tardía, a la Comunidad Económica Europea (CEE), tras renegociar las condiciones de su entrada, celebró un referendo en 1975 sobre la permanencia en la que votaron un sí incondicional, luego matizado en el año 1985 con la no adhesión a Schengen y la libre circulación de personas.

Los europeos no podemos afrontar el Brexit únicamente en términos económicos, de cuotas y del cumplimiento de plazos para la desconexión. Es importante que valoremos y afrontemos aquellos problemas que han creado esta desafección, porque a nuestras sociedades e instituciones nos atañen de igual manera. La burocracia, el que muchas regiones europeas hayan sufrido la crisis económica de manera imponente, la falta de liderazgo de los gobernantes, la incomprensión frente a los refugiados, etc. Es necesario rescatar el origen que nos permita afrontar el presente. En este sentido es destacable partir de que Europa únicamente será fuerte si pone en el centro de su vida social, política y económica el deseo de paz, y la diversidad de cada cual, la misma paz que fue buscada por los diferentes pueblos de nuestro continente después de dos guerras aterradoras en la primera mitad del siglo XX.

Deberíamos recordar que por encima de cada país reconocemos cada vez más nítidamente la existencia de un bien común, superior al interés nacional, ese bien común en el que se fundamentan y confunden los intereses individuales de nuestros países, tal y como propuso Schuman en Pour L´Europe, lejos de bastarse a sí mismas las naciones son solidarias unas a otras, la mejor forma de servir al propio país es garantizarle la ayuda de los demás mediante la reciprocidad de los esfuerzos y la puesta en común de los recursos.

La responsabilidad debe asumirse por cada uno tal y como decía De Gasperi cuando recibió el Premio Carlomagno en 1952. Las instituciones supranacionales serían insuficientes y correrían el riesgo de ser un lugar de discusión sobre intereses particulares si los hombres que en ellos trabajan no se sintiesen representantes de intereses superiores y europeos. Sin la formación de esta mentalidad europea cualquier fórmula nuestra corre el peligro de quedarse en una abstracción jurídica vacía.

El Brexit es una llamada a los europeos, una ocasión a través de la cual disponer de una mirada abierta y nueva sobre nuestro tiempo. Como indica el último premio Carlomagno de 2016, “si queremos mirar hacia un futuro que sea digno, si queremos un futuro de paz para nuestras sociedades, solamente podremos lograrlo apostando por la inclusión real: «esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario». Este cambio (de una economía líquida a una economía social) no sólo dará nuevas perspectivas y oportunidades concretas de integración e inclusión, sino que nos abrirá nuevamente la capacidad de soñar aquel humanismo, del que Europa ha sido la cuna y la fuente”.

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