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9 DICIEMBRE 2016
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Inmigrantes que desmontan la 'historia global'

Danilo Zardin | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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Las barcazas destrozadas regurgitan el cargamento humano que desbordan. Para muchos, ya no hay esperanza. Las gélidas aguas del mar los devoran como una tumba sellada tal vez para siempre. Muchos en cambio sobreviven a la travesía sin retorno. Luego los vemos desembarcar agotados en los muelles de nuestras fronteras. Algunos encuentran algún hueco por el que colarse, en busca de asideros que les permitan no precipitarse en el abismo. La huida hacia el mítico norte del bienestar soñado a veces funciona. Otras veces quedan encallados en los más bajos fondos de nuestras periferias.

A la larga, el resultado es una mezcolanza creciente. Hemos entrado en la era del mestizaje pluricultural y todos los días experimentamos sus efectos, basta con salir a la calle y entrar en uno de los santuarios modernos consagrados a los ídolos del libre comercio. Las escuelas de nuestros hijos y nietos se han llenado de rostros de mil colores. Los medios de transporte son arcas que transportan a hombres y mujeres separados por exóticas barreras de lenguas indescifrables. Incluso puede ser que nos crucemos con alguno de los más desafortunados de entre todos estos extranjeros que vienen de lejos, abandonado como un desecho en la esquina de alguna plaza en pleno centro, con cuatro bolsas de plástico como todo su precario patrimonio personal, víctima del oscuro lamento de quien vive en la agonía de un “consummatum est” sin vía de salida, sin siquiera una cara amiga o un Dios cercano en el que confiar.

Tragedias microscópicas, consumadas una a una, y dramas epocales que se adueñan de la escena pública. Son las dos caras de la misma moneda. No cabe la más mínima duda de que la sociedad en que vivimos está cambiando de estructura. La intensificación de los flujos migratorios y la movilidad forzosa, que son sus signos paroxísticos, ponen en evidencia el destino que le espera al progreso moderno: las zonas ricas donde se concentra la acumulación de beneficios actúan como un imán que atrae hacia sí las realidades humanas más frágiles, pobres en recursos y destrozadas por conflictos internos desestabilizadores. Pero las corrientes en sentido único propias de los éxodos contemporáneos no hacen más que extremar las consecuencias de una realidad de fondo que en el pasado, en condiciones más estáticas, tendíamos a infravalorar. La civilización occidental no es una fortaleza precintada, construida sobre el tronco de una autonomía cerrada en defensa de su primacía invencible, resto de una superioridad que le viene de la remota noche de los tiempos.

En todo caso, se la podría imaginar como un oasis injertado en un gran archipiélago de islas fértiles, con las que no solo ha existido una relación de dominio expansivo sino un estrechísimo cruce de intercambios, movimientos, contagios, compartiendo continuamente hombres, ideas, bienes económicos, prácticas sociales, productos de la cultura y de la vida espiritual. Concretamente, tanto la vida antigua como la más reciente en nuestro jardín ya no puede concebirse separada del contexto mediterráneo.

Este punto de vista ya inspiró el inteligente ensayo de Rémi Brague titulado “El futuro de Occidente. En el modelo romano, la salvación de Europa”. Seguir el rastro de las huellas puede ser una manera sencilla de captar toda la provocación intelectual que representan los desafíos que apremian la conciencia que tenemos de nosotros mismos y del mundo al que pertenecemos. Durante mucho tiempo nos han enseñado que toda identidad cultural tiene una genealogía propia, en virtud de la cual el presente se constituye como resultado de una tradición. Entrar como protagonistas en la arena de una civilización colectiva implica conocer sus raíces, sus fundamentos “clásicos”, sus pilares históricos más estables y más fecundos.

Hasta aquí, bien, estas son etapas imprescindibles. Pero se está haciendo cada vez más evidente que, si queremos entender de verdad quiénes somos y el lugar que ocupamos en el espacio que nos acoge, ya no podemos contentarnos con una autarquía aislacionista. Continuemos leyendo –seguro que no nos viene mal– “La santa república romana” de Falcó, “Medievo cristiano” de Morghen, los ensayos de Dawson, la Divina Comedia, Shakespeare y las novelas del XIX… Si nos quedan fuerzas, nos convendría medirnos con santo Tomás, Descartes, Leibniz, con la cosmología y la física moderna, hasta llegar a Hegel y a las ciencias sociales del saber académico después de Humboldt. Todo este maravilloso bagaje que hemos heredado es un recurso que ha generado un desarrollo enorme y todavía puede nutrir una floración capaz de extender sus beneficios hasta las zonas del mundo que hasta ahora habían quedado excluidas.

Pero nuestra riqueza no es un “unicum” que solo podamos repartir como lluvia de lo alto igual que se distribuyen los bienes. Lo que nosotros somos es una condensación de fuerzas dentro de una trama fundada, estructuralmente, sobre el intercambio. Hoy, este trasfondo de interdependencia obligada solo se ha hecho más visible, pero sus premisas acompañan todos los momentos de los procesos de desarrollo que han llevado hasta el momento actual.

Por eso hay que cimentarse de manera creativa, sin quedar presos de los esquemas del pasado, en un intento de repensar las pistas de aterrizaje, los instrumentos y el planteamiento irrenunciable de una conciencia cultural capaz de ser menos auto-centrada (menos imperialista y fagocitadora, es decir menos eurocéntrica), decididamente más “ecuménica” y polivalente, más abierta a las aventuras fascinantes del encuentro, a la capacidad de aceptar al diferente, de hacer espacio a las razones del que llega de otras tradiciones y da otro significado a las piedras de la realidad que nos abraza y nos obliga a convivir.

Aplicado a los territorios del saber humanístico, no creo en absoluto que esta tarea de reorganización de los equilibrios del sistema del conocimiento deba llevarnos a los pantanos de la historia “globalizada” de las civilizaciones planetarias.

La presunción de poder encerrarlo todo en un único círculo, reduciéndolo a su mínimo esqueleto, es decir, eliminando las diferencias y anulando el sentido de las diversas identidades llamadas a dialogar entre sí, es una opción de suicidio cultural que se ha abierto camino en las últimas décadas en amplios sectores de la cultura euro-americana, más en línea con los negocios de lo políticamente correcto. El rechazo a la propia tradición no abre al verdadero encuentro, mata la subjetividad y tritura la pluralidad en una cultura indistinta como es el mercado global de la homologación elevado al  nivel de los símbolos y de las ideas.

Ante la propuesta de civilizaciones humanas “globalizadas”, es sin duda preferible la hipótesis de “mundo conectados” teorizada por el historiador Sanjay Subrahmanyam, que en “Historias conectadas. La historia del eurocentrismo, siglos XVI-XVIII” supera con decisión la retórica de la globalización unificadora que reabsorbe todos los detalles en un mosaico informe de la historia de la humanidad concebida como un bloque unido. Mirando la historia del mundo moderno desde un punto de vista “externo” a Europa, se hace evidente que se pueden establecer las líneas del desarrollo de las culturas siguiendo los puntos de cruce que las han unido realmente durante el curso material de la evolución histórica. No se puede hacer historia de “todo” en general. Se puede hacer historia de los nexos concretos que han puesto en relación a los hombres a lo largo del tiempo, llevándoles a replantearse en cada caso. Nuestra identidad es el sedimento histórico de una construcción que ha interactuado con aportaciones heterogéneas que vienen a integrarse en una cantera ecléctica. Los demás nunca son solo bárbaros invasores.

Asumiendo la lógica de las “conexiones” como filtro objetivo para entender los nudos del tejido que sostiene la tradición en que se inserta, es posible mirar de un modo nuevo, más moderno, la historia de la propia tradición de la civilización cristiana del Occidente europeo. Resulta más fácil verla interconectada con todos los factores que la han influenciado, aun de manera conflictiva y dialéctica, partiendo de las épocas más lejanas hasta hoy. Junto a los teóricos de la Europa entendida como cristiandad, resultaría más natural incluir, también por poner algún ejemplo, los estudios del gran orientalista alemán Shelomo Dov Goitein sobre la diáspora judía en el mundo árabe oriental, en correspondencia con los siglos de nuestro Medievo.

De aquí tomaría un nuevo impulso el interés por la contribución prestada por las culturas pre-cristianas de la Edad Antigua, así como por todas las civilizaciones de los monoteísmos cultivados a orillas del Mare Nostrum, que nos ha dado linfa vital. Se podría mirar la historia de la conquista del Nuevo Mundo no solo siguiendo las vías de la colonización europea, sino también las ramificaciones hebreas, árabes y turcas por todo el espacio atlántico, contemporáneas a las rutas de los navegantes financiados por las coronas cristianas. Así sería posible comprender mejor la trama de contactos establecidos con el Oriente ortodoxo, con el mundo islamizado, con su homólogo asiático y con el gigante africano.

Volvería a emerger el sentido de complejidad y se volvería a considerar la historia del desarrollo europeo no solo desde el punto de vista del Atlántico, del norte, sino también desde el foco central del “mar interno”, lugar de encuentro, fusión de destinos e incesante amalgama religiosa y cultural. Tal vez como premisa bastaría releer con un mínimo de apertura disponible las páginas del grandioso fresco que, después del trágico segundo conflicto mundial entre las potencias del continente, Braudel osó dedicar al universo lleno de vida del Mediterráneo en la época de Felipe II.

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