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7 DICIEMBRE 2016
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La "victoria" sobre el Isis no supone una victoria sobre el yihadismo

Felice Dassetto | 0 comentarios valoración: 1  71 votos
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Dice un manual del buen yihadista “para lobos solitarios y pequeñas células” que circula por internet, y que resume las lecciones impartidas en campos de entrenamiento yihadista, que “el factor sorpresa ya es la mitad de la victoria, pues sorprender al enemigo en el momento y en el lugar ofrece las mayores posibilidades de éxito”. Mientras nos preparábamos para ataques con explosivos y kalashnikov la semana pasada nos sorprendía el horror que nos golpeaba de una manera sencilla: un camión contra la multitud.

Otra enseñanza del manual en cuestión es la seguridad de las operaciones en función de su éxito, que depende de la adecuación de los objetivos a los medios disponibles y a la posibilidad de reacción del enemigo. Lanzar un camión contra una muchedumbre efectivamente puede causar daños terribles antes de que la primera reacción tenga tiempo de poner fin a la operación. El objetivo que, según las palabras del Corán que cita el yihadismo, consiste en “aterrorizar al enemigo” ya estaba conseguido, y más aún en un momento especialmente simbólico para Francia, como era el 14 de julio.

Este atentado se encuadra en las lógicas contemporáneas del yihadismo, cuya doctrina, elaborada desde los primeros años 2000 por figuras como Al-Suri o Naji, puntos de referencia del mundo yihadista, consiste en promover una estrategia de la yihad cada vez más extendida y una estrategia del caos. En otras palabras, se trata de promover la difusión de la yihad en la vida cotidiana del enemigo, golpear allí donde sea posible, promoviendo una lógica de la tensión mutua y permitiendo ampliar el campo en que sea posible instaurar un orden islámico. La guerra que se está produciendo en Siria ha permitido al Daesh desde 2014 arraigarse e imponerse infiltrándose en medio del caos sirio. Del mismo modo, ha permitido a Al-Qaeda en el Maghreb islámico extenderse por el África subsahariana.

El Daesh será golpeado duramente, sin duda, Mosul y el territorio del que extrae considerables recursos financieros serán reconquistados por el ejército iraquí, apoyado por América y Occidente, pero la “victoria” sobre el Daesh no corresponderá a una victoria sobre el yihadismo, igual que la victoria sobre los talibanes y Al-Qaeda en Afganistán no significó una victoria sobre el radicalismo yihadista. Harán falta décadas de lucha contra el radicalismo, y costarán muy caras a las arcas públicas. Seguro que mañana se podrán retirar los soldados de las calles, o reemplazarlos por otras fuerzas policiales. La privatización de la seguridad a la que nos encaminamos con la ilusión de una perspectiva limitada en el tiempo no permitirá hacer frente a la necesaria seguridad de los ciudadanos.

Esto por lo que respecta a la seguridad inmediata y a la acción orientada a la lucha contra el radicalismo, que es el primer aspecto. Pero también habría que aprender las lecciones de los años 2000. Habíamos pensado que la eliminación armada de los grupos yihadistas, de los talibanes o de Al-Qaeda sería suficiente para secar la fuente del yihadismo. Fue una gran ilusión. Así lo demuestra la prolongación del yihadismo en los años 2000 y su expansión en 2011. De hecho, el yihadismo no es más que la punta visible del iceberg que emerge de un background cultural muy extendido y que ha constituido el terreno fértil para el yihadismo.

Hay un segundo aspecto de la lucha contra el radicalismo yihadista cuya importancia todavía no se percibe. La mayor parte de los europeos en este punto sigue inmóvil. Algunos se quedan en discursos de fachada sobre diálogo y buenas relaciones con el mundo musulmán; otros se limitan a intentar integrar económicamente a los líderes musulmanes en una visión simple de las motivaciones radicales; otros no quisieron ver que tenían un problema con el islam y se limitaron a discursos generales sobre el multiculturalismo y el interculturalismo, o a erigir violentas e injustas barricadas contra el islam y las religiones. Los musulmanes europeos, afectados como todos por el radicalismo, sus líderes y sus intelectuales no quisieron admitir en los años 2000 que había un problema interno en el propio islam, tal como este se enseñaba y predicaba. Incluso intentaron eludir la cuestión acusando a Occidente de islamofobia. Todo eso para decir que si hay un radicalismo musulmán es porque Occidente es islamófobo.

El inmovilismo de unos y la ilusión de otros ha impedido una reflexión de fondo en ambas partes. Ha impedido, tanto entre los musulmanes como en las diversas instancias, desarrollar un trabajo educativo para las generaciones jóvenes. Y así hemos llegado a la generación del post-2011, la de los que parten a la yihad en Oriente Medio, la de los atentados en Bruselas, París… Los líderes musulmanes empezaron a cambiar de actitud en los últimos diez, quince años, haciendo discursos más claros sobre el radicalismo, pero con una lentitud exasperante y a menudo sin disponer de los instrumentos intelectuales necesarios para analizar, reinterpretar y refutar los mensajes yihadistas que las redes difundían de manera viral.

La Unión Europea no tiene la competencia, la capacidad, el coraje o la visión para lanzar un gran programa capaz de ofrecer medios para contribuir al nacimiento de nuevos actores y líderes de un nuevo pensamiento. En Bélgica, afortunadamente, la policía y los jueces con muy activos, pero la acción educativa y cultural es muy fragmentaria. Los ministros que tienen ciertas competencias en este ámbito toman algunas pequeñas iniciativas, pero son acciones de corto alcance. Nos llegan anuncios mediáticos por ministros que se muestran seguros de sí mismos, mientras otros ministros que gozan de las competencias no se atreven a moverse. Intereses partidistas de unos y otros se entrecruzan de manera sórdida, distraen de los objetivos y fragmentan las competencias. El poco dinero del que se dispone se malgasta en los canales más dispares. Todo ello con un alegre desorden que nadie consigue coordinar mínimamente. La falta de perspectiva resulta increíble.

Mientras tanto, los actores sobre el terreno, los educadores, los profesores, los animadores culturales y el mundo de las asociaciones, que día a día tienen que enfrentarse a jóvenes inseguros que se debaten entre mensajes en la web, predicaciones influyentes y su vida cotidiana, son incapaces, a pesar de su experiencia, de afrontar la realidad inesperada que supone la irrupción de lo religioso con formas extremas en la vida cotidiana de los jóvenes.

Hay dos guerras que combatir: la de las armas y la seguridad por un lado, y la de las ideas y mentes por otro. No podemos librar la primera con eficacia, rapidez, estrategia y coordinación, y dejar la segunda a la superficialidad, la lentitud, la improvisación y el inmovilismo. De otro modo, esta década corre el riesgo de convertirse en una década perdida en lo que se refiere a la lucha contra el radicalismo, igual que ya lo fue la de los años 2000.

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