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24 SEPTIEMBRE 2018
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La resistencia del cristianismo en sus lugares de origen

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 3  521 votos
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“A fuerza de discursos sobre estas personas que sufren, corremos el riesgo de convertirlos en una entidad abstracta”. Esta observación, profundamente verdadera, corresponde a Mons. Pascal Gollnisch, que desde 2010 es el director general de “Œuvre d’Orient”, una importante obra de apoyo a los cristianos orientales que nació en 1856 y promueve más de mil proyectos en la región. Para contrarrestar este riesgo de abstracción, publica un breve libro que “quiere ser más un testimonio y una reflexión personal que el análisis de un experto”. Un testimonio que habla de miles de kilómetros recorridos por Oriente Medio desde los años de su formación en el seminario y luego con una serie ininterrumpida de encuentros con responsables eclesiales y políticos, pero también con mucha gente común, como los refugiados del Kurdistán iraquí, cuyas dramáticas historias abren las páginas de este libro.

Ya se sabe que la historia de las iglesias orientales es compleja y solo los ritos católicos en esa región suman ya siete. Respecto a las múltiples explicaciones que circulan por los medios, la primera parte del libro aborda claramente cómo se produjeron las divisiones que llevaron al nacimiento de estas iglesias y los principales puntos de debate teológico, mientras que un apéndice muy útil ofrece una breve ficha de cada una de las iglesias católicas orientales, con su punto de referencia en Francia. La única reserva es la toma de distancia sobre todo respecto a las “oleadas tardías de misioneros europeos enviados por la Iglesia latina de Roma” y al Occidente “conquistador y latino”. Aunque las razones de esta crítica son muy comprensibles, conviene recordar que si el patrimonio teológico y litúrgico de estas iglesias no se ha perdido, se debe a la obra de muchos misioneros latinos que a lo largo de los siglos dieron su vida generosamente al servicio de estas comunidades.

De los cristianos orientales, el autor destaca su opción de fondo a favor de la no violencia, también y sobre todo en los conflictos activos, y la radical contestación que opera respecto a las lógicas de poder y dominio que están llevando a las sociedades mediorientales al colapso. Aquí el discurso, para huir de cualquier sombra de intelectualismo, evoca algunos episodios recientes de martirio, como el ataque a la catedral siro-católica de Bagdad en 2010, como un siniestro presagio de lo que llegaría poco después en Iraq.

Sin embargo, eso no significa que las comunidades cristianas orientales no tengan derecho a defenderse cuando se ven amenazadas de exterminio. El testimonio de Mons. Hindo, arzobispo siro-católico de Hassake y Nisibi, ilustra por ejemplo lo precaria que es la situación de los pueblos cristianos en el noreste sirio, presionados por la amenaza del Isis, las ambiciones de las milicias kurdas y el desinterés del régimen sirio que, al igual que la comunidad internacional, tenía hasta hace poco otras prioridades sobre el control de estas regiones periféricas. Sin esconderse detrás de giros de palabras, el autor pide abiertamente una intervención militar internacional para salvar lo salvable, bien consciente por otro lado de que la verdadera solución consistirá en ofrecer una perspectiva creíble a la comunidad suní, tanto en Iraq como en Siria, y en promover una cultura de los derechos. Distanciándose así de muchos de sus interlocutores orientales, Mons. Gollnisch se muestra convencido de que los grandes principios liberales (separación de poderes, estado de derechos, una forma de laicidad como se quiera llamar) también tienen algo que decir a estos países y a sus sociedades mayoritariamente islámicas. De hecho, ya han empezado a ejercer una cierta atracción: “si creo hasta tal punto que la coexistencia es posible (…) es porque me parece que una parte considerable de la población musulmana en Oriente Medio no quiere oír hablar de Daesh o Al-Qaeda».

Pero junto a los cristianos orientales, en el libro hay un segundo polo: nosotros europeos. Porque “sería dramático creer un segundo más que la suerte de Oriente Medio no está directamente ligada a la nuestra”. Lo que está en juego es crucial: mostrar que cristianos y musulmanes todavía pueden vivir juntos. Si no lo consiguen en Oriente Medio, donde comparten la misma lengua y la misma cultura, ¿cómo podrán hacerlo en Occidente? Sin embargo, cuesta mucho tomar en consideración esta dimensión del problema. “Francia –pero el discurso también se podría aplicar, en distinta medida, a otros países europeos– está enferma de sus religiones. Mientras se niegue a asignarles un puesto legítimo en el ámbito de la ciudadanía, no será capaz de comprender a estas poblaciones que fluyen hacia nosotros y que interpelan a nuestras sociedades”. Actuar, ahora y no en el futuro, para que la experiencia de pluralismo religioso vivida en Oriente Medio no acabe totalmente aniquilada, manteniendo los canales de diálogo y al mismo tiempo conservando los vínculos entre las diásporas y las comunidades de origen, significa por tanto construir una vida mejor también para nuestras sociedades europeas.

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