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5 DICIEMBRE 2016
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¿Comienza el fin del zapaterismo?

Ignacio Santa María

Ha sucedido así en Galicia, donde, por ejemplo, la llegada de 100.000 firmas de padres pidiendo libertad para elegir la lengua en la educación de sus hijos hizo que el PSOE tuviera que cambiar apresuradamente el discurso oficial pocos días antes de los comicios. Ya era tarde, como el resultado se encargó de demostrar. Un resultado en el que pesaron también las manifestaciones contra la imposición del gallego y la movilización contra los escándalos del despilfarro del Ejecutivo regional y en el que sobre todo venció la necesidad de confiar en una autoridad política que se decidiera a afrontar de cara la crisis, que en el tejido industrial gallego está siendo especialmente virulenta.

También en el País Vasco ha podido más la preocupación por la crisis y los deseos de cambio de los ciudadanos que todo el aparato de propaganda de un Estado que ha ejercido durante tres décadas una hegemonía que ahora ve desmoronarse. Ni siquiera la potente campaña de acoso judicial y mediático urdida por Garzón, Prisa y el Gobierno socialista contra el PP ha sido suficiente en esta ocasión para variar el resultado electoral.

Lo que se puede deducir de todo ello es que una mayoría de electores parece escarmentada y ya no acepta gato por liebre tan fácilmente. Quiere políticos que le ayuden a resolver sus principales problemas, que son en primer lugar el aumento del paro y la crisis económica. También ha reclamado en las urnas libertad de educación y el freno a las imposiciones ideológico-lingüísticas y del derroche clientelar de los nacionalismos a los que tanta cancha ha dado el modelo de Zapatero.

El hartazgo por la inacción de los poderes públicos ante la crisis se pudo palpar por primera vez en el programa Tengo una pregunta para usted que tuvo como protagonista al presidente Zapatero en Televisión Española. Allí el reproche más repetido fue a su ignorancia de la crisis previa a las elecciones generales y su posterior pasividad.

Colapso económico

Esta semana se han conocido nuevos datos económicos que dan idea de la gravedad de la situación: el paro casi alcanza a tres millones y medio de personas y la Seguridad Social perdió 70.000 afiliados en febrero. Pero las previsiones del futuro inmediato son aún peores. El BBVA estima que el PIB caerá un 2,8% en 2009 y expertos como José Barea auguran que a finales de este año llegaremos a los 4,5 millones de parados y a un déficit del 8,5%.

Con todo, lo más alarmante es ver a un Gobierno aturdido, que gastó toda su munición en unas medidas que se van a perder como gotas en medio del mar. Los 300.000 empleos que ha prometido con el Plan E equivalen a los nuevos parados que se producen en sólo dos meses y las ayudas a la banca no terminan de filtrarse a las familias y pymes, y aunque llegaran, no atajarían el principal problema, que es la caída en picado de la actividad. Y alarmante también es que en estas circunstancias permanezca el abismo abierto entre los dos partidos nacionales y el diálogo entre empresarios, Gobierno y sindicatos esté colapsado.  

En estas condiciones, las luchas imaginarias del zapaterismo ya no prenden igual en la opinión pública. Ya no hay guerra de Iraq, Prestige, memoria histórica, tregua con ETA o laicismo que consiga pasar al primer plano de las preocupaciones de los españoles. Se acaban los fuegos artificiales y ni el modelo de Zapatero es capaz de frenar el declive de los nacionalismos a los que ha apuntalado durante el último lustro.

Cambio de ciclo

¿Cómo actuará Zapatero ante este cambio de ciclo? ¿Renunciará al zapaterismo tal y como lo hemos conocido hasta ahora?, ¿lo reinventará? De hecho, la ideología utopista que predominó la gestión de sus primeros años al frente del Gobierno ya se ha empezado a replegar a pasos de gigante en las políticas de lucha antiterrorista, defensa, inmigración y medio ambiente.

El líder del Ejecutivo tiene ante sí un dilema: seguir su huida hacia adelante o interpretar bien el mensaje de las urnas, que sugiere un cambio de ciclo. El primer test está en el País Vasco, donde un acuerdo del PSE con el PP significaría que el presidente ha captado bien el llamamiento de la mayoría de los votantes. En caso de que opte por la huida, el partido de Rajoy debe trabajar para canalizar bien este clamor por el cambio.

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