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4 DICIEMBRE 2016
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Niños, sacerdotes, discapacitados... ¿de dónde nace tanto odio?

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  63 votos
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En este largo verano de terror y locura, resulta realmente difícil contener la rabia. Después del “martirio de Rouen”, que ha devuelto al continente europeo la sangre de un sacerdote asesinado solo por ser cristiano, el cuadro que se está pintando es lúgubre y triste. El terrorismo islámico parece haber desatado un círculo mortal, donde un hombre puede matar en Tokio a 19 discapacitados gritando su “inutilidad”, del mismo modo que en Estados Unidos se mata a agentes policiales y a personas de color en una carnicería racial que lleva al mundo cuarenta años atrás.

De repente parece que la eterna solución fácil para cualquier problema, es decir, propiamente su eliminación, vuelva a ser el camino maestro para afrontar las circunstancias de la vida con los vientos de la ideología de una violencia mezquina. “Tú eres un mal para mí”, “si tú mueres, mi vida será mejor”, “yo te odio”. En un resentimiento creciente hacia el otro –auténtico obstáculo para mi felicidad– el odio, núcleo de todas las matrices religiosas, políticas y psíquicas que existen y que deben mirarse por lo que son, nos invade a nosotros mismos y a lo que nos rodea.

Así, la percepción de que cualquiera en nuestro entorno podría decidirse a actuar de esta manera se convierte en una pesadilla, una psicosis que provoca el cierre de paradas de metro, estaciones, lugares públicos, y nos condena a pensar que “yo no me puedo fiar de ti”. Todo esto empieza antes que el terrorismo. Es la carcoma que se insinúa entre el hombre y la mujer, entre amigos, entre compañeros de trabajo, entre padres e hijos.

La desconfianza, hija de una desconfianza lejana cultivada en el jardín del Edén hace mucho tiempo, habla de algo aún más atroz e inconfesable: nuestra percepción inconsciente de no sentirnos amados, de sentirnos solos y abandonados. La violencia surge siempre de la soledad, de la ausencia de un afecto que se haga cargo de nuestro dolor. No nos sentimos “amables”, no nos sentimos adecuados, y en el fondo esperamos que la vida nos lo haga pagar.

¿Por qué? ¿De dónde nace esta tristeza? ¿Dónde empieza a moverse esta condena ya escrita que temes que cualquiera pueda ejecutar, desde el revisor del autobús hasta tu jefe, pasando por tu mujer o el amigo de toda la vida? Justamente en estos momentos en que sería fácil ceder al populismo y al “ansia de venganza”, es necesario volver a partir de aquí, de la necesidad que somos y que llevamos dentro, que nos constituye. En todas partes y de todas formas.

Sobre esta necesidad hunde luego sus raíces la locura de una religiosidad demente, el nihilismo de una sociedad extenuada, el sadismo escondido que siente placer al percibir físicamente el dolor que cada uno lleva consigo. Sí, pero todo eso viene después. Antes estoy yo, estás tú, está esa vida que no sientes como una “promesa de felicidad” sino como una “sentencia a la espera de ejecución”. Para todo eso, la única medicina es la misericordia. No el perdón a buen precio ni la justificación a toda costa, sino un bien que está antes que cualquier mal, antes que cualquier percepción de mí mismo. ¿Dónde puedo beber de esa agua? ¿Dónde puedo encontrar todo esto? Tenemos necesidad hasta las lágrimas de que alguien nos diga: “no es así, tú no morirás”.

Amar –decía Gabriel Marcel– es justamente decir al otro “tú no morirás”. ¿Pero de dónde podemos esperar algo así?

Hay un hombre vestido de blanco que no deja de rezar en estas horas en que Europa podría arder, hay un pueblo de dos millones de jóvenes que viaja a Cracovia para celebrar que la vida existe. Pero también está Carla, que todos los días cambia el pañal a su anciana madre; y Roberto, que no deja de velar a su pequeño hijo Down. “¿Qué hay de alegre en este maldito país?”, se pregunta el Innombrable ante el amanecer de un alba totalmente inesperada.

Hay que el Hijo del Hombre no se ha olvidado de ti ni de mí. Y que ha decidido salvarnos. “¡Señor, despierta! ¿No te preocupa que nos hundamos?”. “¿De qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”. Pueden degollaros, haceros daños, heriros. Pero aunque una madre se olvidase de su hijo, “yo no te olvidaré”.

Todo se juega en esta es la certeza, que día a día puede llegar a ser cada vez más mía solo mendigando, mirando y siguiendo. Y así misteriosamente, hora tras hora, va viendo la luz un mundo nuevo. El mundo de aquellos que, por fin, despiertan a la luz del día y se descubren sencillamente “perdonados”. Esta guerra solo puede terminar así. Solo si permitimos que Él venza. Y nos haga suyos.

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