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4 DICIEMBRE 2016
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El saludo del Papa al Meeting de Rímini

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Con ocasión del XXXVII Meeting por la amistad entre los pueblos, me alegra dirigir a usted, a los organizadores, a los voluntarios y a todos los participantes el saludo del Santo Padre Francisco con sus mejores deseos, unido al mío personal de todo bien para este evento tan significativo.

El título del encuentro -«Tú eres un bien para mí»- es valiente. De hecho, hace falta valor para afirmar algo así, cuando tantos aspectos de la realidad que nos rodea parecen avanzar en sentido opuesto. Demasiadas veces cedemos a la tentación de encerrarnos en el estrecho horizonte de los propios intereses, de modo que los demás se convierten en algo superfluo o, peor aún, en un fastidio, un obstáculo. Pero esto no es conforme a nuestra naturaleza. Desde niños, nosotros descubrimos la belleza del vínculo entre seres humanos, aprendemos a encontrarnos con el otro, reconociéndolo y respetándolo como interlocutor y como hermano, como hijo del Padre común que está en los cielos. En cambio, el individualismo nos aleja de las personas, se fija sobre todo en los límites y en los defectos, debilitando el deseo y la capacidad de una convivencia donde cada uno pueda ser libre y feliz en compañía de los demás, con la riqueza de su diversidad.

Ante las amenazas contra la paz y la seguridad de los pueblos y de las naciones, estamos llamados a tomar conciencia de que lo que nos hace tener miedo del otro es ante todo una inseguridad existencial, como si el otro fuera un antagonista que viene a quitarnos espacio vital y a sobrepasar las fronteras que nos hemos construido. Ante el cambio de época en el que todos estamos inmersos, ¿quién puede pensar en salvarse solo con sus propias fuerzas? Esa es la presunción que está en el origen de todo conflicto humano. Siguiendo el ejemplo del Señor Jesús, el cristiano cultiva siempre un pensamiento abierto hacia el otro, sea quien sea, porque no considera a ninguna persona como perdida definitivamente. El Evangelio nos ofrece una imagen sugerente de esta actitud: el hijo pródigo que cuida cerdos y el padre que todas las noches sube al balcón para ver si vuelve a casa y le espera, a pesar de todo y de todos. ¡Cuánto cambiaría nuestro mundo si esta esperanza desmedida se convirtiera en la lente con la que los hombres se miraran unos a otros! El publicano Zaqueo y el buen ladrón en la cruz fueron mirados por Jesús como criaturas de Dios necesitadas del abrazo que salva. Incluso Judas, justo cuando lo entregaba a sus enemigos, sintió cómo Jesús le llamaba «amigo».

Hay una palabra que nunca debemos cansarnos de repetir y sobre todo testimoniar: diálogo. Así descubriremos que abrirnos a los demás no empobrece nuestra mirada sino que nos enriquece porque nos permite reconocer la verdad del otro, la importancia de su experiencia y el fondo de lo que dice, incluso cuando se esconde tras actitudes y decisiones que no compartimos. Un verdadero encuentro implica tener clara la propia identidad, pero al mismo tiempo estar disponibles para ponerse en la piel del otro y captar, más allá de la superficie, lo que agita su corazón, lo que busca realmente. De esta forma puede comenzar ese diálogo que permite avanzar en el camino hacia nuevas síntesis que enriquecen a uno y a otro. Este es el desafío ante el que se encuentran todos los hombres de buena voluntad.

Muchos sucesos de los que a menudo nos sentimos testigos impotentes son en realidad una invitación misteriosa a recuperar los fundamentos de la comunión entre los hombres para un nuevo inicio. Ante todo esto, nosotros, discípulos de Jesús, ¿qué contribución podemos ofrecer? Nuestra tarea coincide con la misión para la que Dios nos ha elegido: el «anuncio del Evangelio, que hoy más que nunca se traduce principalmente en salir al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima» (Francisco, Discurso con ocasión del Premio Carlomagno, 6 de mayo de 2016).

Este es el deseo del Santo Padre, que anima a los participantes en el Meeting a prestar atención al testimonio personal creativo, conscientes de que lo que atrae, lo que conquista y desata las cadenas no es la fuerza de los instrumentos sino la tenaz ternura del amor misericordioso del Padre, que cada uno puede beber de la fuente de la gracia que Dios ofrece en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía y en la Penitencia, para luego donarlo a los hermanos. Él exhorta a seguir el compromiso de proximidad a los demás, mostrándolo en el servicio con alegría, según la enseñanza de don Giussani: «La mirada cristiana vibra por un impulso que le permite exaltar todo el bien que hay en todo aquello con lo que se encuentra, en la medida en que le hace reconocer que forma parte de ese designio cuya realización será completa en la eternidad y que nos ha sido revelado con Cristo» (L. Giussani, S. Alberto, J. Prades, Crear huellas en la historia del mundo, Encuentro, Madrid 1999, p. 145).

Con estos sentimientos, Su Santidad invoca sobre Su Excelencia, sobre los organizadores, participantes y numerosos voluntarios del Meeting por la amistad entre los pueblos la luz del Espíritu Santo y una fecunda experiencia de fe y de comunión fraterna, y pidiéndoles que recen por él les hace llegar su Bendición Apostólica.

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