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8 DICIEMBRE 2016
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A propósito de la cumbre de Bratislava

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
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Este viernes los “líderes” europeos (son líderes en sus estados, pero ninguno tiene altura de miras a escala europea) se van a reunir en Bratislava, la pequeña y recoleta capital de Eslovaquia, de apenas 400.000 habitantes, para discutir sobre los graves problemas europeos de actualidad.

Los condicionantes, en sí mismos, también son un problema.

El primer condicionante, que no puede calificarse de reto (un problema europeo es un reto pasado por un baño de realidad de 27 primeros ministros y presidentes), es que no estará representado el Reino Unido, el mismo que aún tiene alrededor de 1.500 funcionarios trabajando en y para las instituciones europeas, pues el Brexit no es aún una realidad.

El segundo problema es que hasta 2017 no se celebran las elecciones presidenciales francesas y las federales alemanas, por lo que no es probable que se hayan de adoptar decisiones duraderas ni de alcance europeo. Tampoco ayuda una España sin gobierno, no se sabe hasta cuándo, ni un Renzi con la espada de Damocles de un referéndum sobre su reforma constitucional, ni una Polonia liderando a las naciones de Visegrado (R. Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría), para una menor bruselización de los asuntos europeos.

El tercer problema es que todas las elecciones llevarán marchamo nacional, pese a que los graves problemas a abordar son de escala europea y planetaria.

Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, quiere poner sobre la mesa objetivos comunes, que puedan cumplir los 27 países, para que retorne a los líderes europeos una cierta conciencia de unidad. Lo que pase con los pueblos europeos es toda una incógnita, pues ya hemos visto la separación entre los gobernantes y los ciudadanos, y el desconocimiento de la mayoría, tanto de unos como de otros, de lo que es trabajar por el bien común sin considerar “al otro diferente” un enemigo a batir.

Ya veremos si es posible acordar algo realizable de los tres objetivos “tácticos” que se pretenden, (1) impermeabilizar las fronteras comunes, (2) luchar contra el terrorismo en Europa y donde sea, y (3) recuperar el control sobre la globalización (salvaguardando los intereses de los ciudadanos europeos –si es que existen, los intereses y los ciudadanos europeos–, permaneciendo abiertos al mundo). Esto último parece la cuadratura del círculo, solo al alcance de los ingleses, y no de todos los tiempos.

Los otros problemas de fondo que volarán por las salas más nobles del castillo de Bratislava son la seguridad de los europeos ante ataques terroristas de musulmanes (europeos o no) y de antisistemas; la guerra en Siria; la amenaza rusa –que siempre se acrecienta cuando acecha el invierno– y el cumplimiento de la paz de Minsk con Ucrania; los refugiados y la libertad de circulación de personas; el acuerdo con Turquía y la propia situación interna de la Sublime Puerta; la brecha en innovación en el continente y respecto de EE.UU; la brecha salarial entre el norte y el sur, y la desigualdad entre hombres y mujeres; el cambio climático; el control por la futura plaza financiera de referencia del continente –una vez que Londres salga de la Unión Europea–; la apuesta o no por el libre comercio con los EE.UU. y bajo qué condiciones; la amenaza populista y antisistema de extrema derecha en Centroeuropa y de extrema izquierda en el sur de Europa…

Todo ello en un marco de pérdida de influencia europea en la economía global, en una transferencia de poder hacia Oriente, el surgimiento de foros de relevancia internacional como el G20, las elecciones americanas como telón de fondo, los déficits disparados de los estados europeos y unos sistemas bancarios aún en precario, junto con una población envejecida, cuyos mayores, temerosos y comodones, como sus nietos, harán de Europa una potencia no creíble, si es que sigue unida, bajo la batuta americana o la bota rusa, con los aguijones del terrorismo, una asfixiante influencia islámica en nuestras libertades civiles y un no menos lacerante modelaje social nihilista, que exalta el “me apetece y puedo hacerlo, porque yo lo valgo”, desprovisto de sentido de la existencia y negacionista del plano trascendente, que pasa a concebirse como patológico (que no es un pato cartesiano).

Ante esto, solo cabe pedir a Tusk y los suyos (porque no son los míos) anteponer idealismo y pasión por el otro. Idealismo, para imaginar un mundo mejor. Pasión por el otro, para que siempre importe más la persona que la idea o el proyecto, sea esta negra, blanca, amarilla o tostada, rece a Alá, o rece a Dios, o no rece.

¿Existe hoy en Europa un idealista apasionada por el hombre? La estoy buscando. Entonces Europa será verdaderamente ella misma.

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