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5 DICIEMBRE 2016
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Buscando el salón de la señora Thompson

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  25 votos
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Trump ha corregido. Por fin ha dejado de lado una de las mentiras con las que ha estado haciendo campaña desde hace meses. Ha reconocido que Obama ha nacido en Estados Unidos. Otras las mantiene: como la acusación a Hillary y al actual presidente de haber fundado el Daesh o la afirmación de que Estados Unidos es el país con más impuestos del mundo.

La declaración de Trump (“Barack Obama nació en Estados Unidos. Punto”) se ha producido unos días después de que The Economist dedicara su portada y un amplio servicio al “arte de mentir”, a la “postverdad”. No es probable que el candidato republicano haya decidido cambiar de posición por lo que ha escrito un semanario al otro lado del Atlántico, aunque sea uno de los más prestigiosos.

Lo interesante es que el mundo liberal, The Economist es uno de sus más prestigiosos e inteligentes referentes, se ocupe de algo más que el buen funcionamiento del mercado y entre en una cuestión tan sustantiva como la de la verdad y la mentira.

El término post-verdad en realidad no es nuevo. Lo utilizó en 2010 el bloguero David Roberts, retomando el título de un libro de Ralph Keyes (The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life, 2004). La mentira siempre ha existido en política, pero ahora estaríamos ante una cultura pública desconectada de la legislación y de la realidad que ha sido favorecido por los medios de comunicación. Eso le permite a Trump ganar adeptos haciendo pasar como hechos puras invenciones, o a ciertos sectores de Polonia sostener que el anterior presidente fue asesinado por los rusos, a Erdogan sugerir que detrás del golpe de Estado de este verano está la CIA o alentar el Brexit con cifras falsas sobre el coste de la Unión para el Reino Unido. Lo novedoso no es que los que escuchan esas noticias las den por buenas, sino que quieren darlas por buenas, en cualquier caso. No les interesa su mayor veracidad sino los sentimientos que generan. El viejo poder imponía la censura desde fuera, el nuevo la impone desde dentro: la pertenencia a cierta sensibilidad está por encima de todo.

La post-verdad, según los especialistas, se ha hecho posible por la pérdida de fiabilidad de las instituciones y por un profundo cambio en el modo de acceder a la información, es decir al mundo. El proceso empezó en los años 80 y 90 del pasado siglo con el éxito de los canales por satélite. Los nuevos canales sustituyeron la tendencia a la objetividad, era necesario dar a cada uno aquello que quería oír y ver. El proceso se ha acelerado por el vínculo que genera un cierto uso de las redes sociales. Si al final solo sigo en twitter o en facebook aquellas fuentes o aquellos amigos que confirman mi visión del mundo, es fácil que el mundo se quede fuera de la pantalla de mi ordenador y de mi móvil. Primero se cree y luego se conoce. Se cree en unos determinados valores y en función de esa selección se conoce cierta parte del mundo (real o ficticia), la única con la que se quiere tener contacto. El proceso lógico de cualquier acto de confianza se ha invertido (el acto de fe sano siempre es consecuencia del conocimiento). Nosotros los potsmodernos hemos levantando el muro más alto que se pueda concebir respecto al resto de lo que no es, en cierto modo, nosotros mismos. Es una nueva vuelta de tuerca más al racionalismo que acaba en manos de los sentimientos.

El análisis es certero. Pero la respuesta es pobre. Se reclama un rearme moral, la autocensura de los medios y alentar el conocimiento del pasado para fomentar la capacidad de comparación. ¡Como si eso fuera posible! ¡Conduce a la impotencia invocar la objetividad no deseada cuando hemos perdido el contacto con la realidad, refugiándonos en nuestros clubes, A estas alturas la denuncia del relativismo y la reivindicación de una verdad objetiva puede ser una gran fuente de frustración si no se indica el camino que permita percibirla como ventajosa!

Hay una crónica del fallecido David Foster Wallace que, en este contexto, cobra actualidad. Se titula “La vista desde la casa de la señora Thompson” y es un relato de cómo se vivió la mañana del 11 de septiembre en una ciudad pequeña del Medio Oeste de Estados Unidos. Una ciudad tradicional, de gente tradicional. Nadie puede negarle a Foster Wallace su condición de postmoderno. Y él se ocupa de dejar bien claro que pertenece a una “América diferente” a la que llena sus casas de banderas, a la que reza delante del televisor mientras se derrumban las torres o la que escucha con admiración a Bush. Pero Wallace, que sigue el atentado desde el salón de televisión de la señora Thompson, una de las señoras de esa América-que-no-es-la-suya, no puede dejar de sorprenderse por la sinceridad de las oraciones, por la cultura de sus inesperados compañeros porque “nadie era lo bastante sofisticado como para interponer la enfermiza y obvia queja postmoderna: Esto Ya lo Hemos Visto”. El cronista acaba en el salón de la señora Thompson porque no tiene televisor y porque pertenece a su iglesia, a la que no va.

¿Podremos confiar en encuentros nada previsibles, pero absolutamente reales para que caigan los altos muros que hemos construido frente al mundo? No parece que haya otro camino.

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