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9 DICIEMBRE 2016
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Colombia en la escuela de Mandela

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  30 votos
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Ciertamente a los referéndums (o para ser más exactos referenda) los carga el diablo. Primero el Brexit y ahora la consulta sobre el proceso de paz en Colombia. La Academia Sueca intenta salvar el fin de más de 50 años de violencia con un Premio Nobel a José Manuel Santos. El presidente, como todos, sobrevaloró la fuerza del sí, no supo contrarrestar el arrastre de la campaña del ex presidente Uribe y no se midió bien con la antipatía que entre muchos colombianos despiertan todavía las FARC. Una cuestión tan importante se ha decidido con una mayoría del 50,21 por ciento y una participación inferior al 40 por ciento. La UE exigió para una decisión de parecido calibre (la independencia de Montenegro) al menos un 50 por ciento de participación y un 55 por ciento de votos afirmativos.

No han sido las víctimas las protagonistas del no. En los cinco departamentos (Choco, Cauca, Nariño, Putumayo y Vaupés) donde más daño han hecho las FARC triunfo el sí. El rechazo al proceso de paz tiene mucho que ver con una clase urbana que habla de impunidad y que teme al líder de la guerrilla Timoleón Jiménez, más conocido como Timochenko. Cree que puede ser el próximo presidente. Hay miedo a que Colombia acabe como Venezuela.

Horas antes de que se celebrara el referéndum, las agencias internacionales enviaban la foto de un anciano, tomada en el Barrio de la Chinita de Apartadó, una localidad donde las FARC protagonizaron una matanza hace 22 años. La imagen era el reflejo de cómo afrontaban la consulta algunos de los que han sufrido más de cerca los ataques de la guerrilla. Un viejo, de espaldas, lucía una camiseta en la que se podía leer: “las víctimas sí perdonamos”.

La frase es un milagro. No sabemos a quién ha perdido este hombre, pero podemos imaginar el zarpazo que la violencia ha dejado en su vida. Podemos imaginar cómo en algún momento se vio sacudido por una injusticia descomunal. Una injusticia que le hizo perder a quien más quería. Primero llegó el golpe que le hizo perder una parte de sí mismo. Y luego el dolor que se prolonga en el tiempo, los días, los meses y los años, con el vacío de la ausencia mordiéndole el alma. Es imposible quitarse ese dolor de encima, es imposible quitarse de encima el deseo de justicia. En realidad, no podemos imaginar el dolor de la víctima más que con discreción, con silencio y con reverencia. Como tampoco podemos imaginar, salvo que nos dejemos dominar por otro silencio, por qué alguien se ha puesto una camiseta en la que dice que perdona. Suponemos que a este vecino del Barrio de la Chinita le ha ayudado que los guerrilleros de las FARC hayan pedido perdón, suponemos que le ha ayudado que estén entregando las armas. Pero seguro que eso no ha sido lo definitivo. Es de suponer que el protagonista de la foto, en algún momento de estos últimos años, se dio cuenta de que el dolor inmenso que sufría no era exclusivo. Suponemos que algo o alguien ha venido a satisfacer su deseo de justicia, quizás haya sido un amor, quizás se haya abierto una extraña esperanza a través de su herida. Y es sobrecogedor que el viejo haya pensado que vale la pena construir lo que le quede de futuro con aquellos que tantas penas le han causado. En realidad, no podemos más que suponer y quedar admirados ante los que han dado este paso que tiene mucho de misterioso. Es un paso, en cierto modo, incomprensible. Al mismo tiempo necesario y gratuito.

El paso hacia una justicia que complemente el cumplimiento íntegro de las penas es necesario casi siempre y, especialmente, cuando se han vivido situaciones de intenso conflicto social o cuando se ha sufrido una guerra civil. En esas situaciones puede ser necesario buscar vías alternativas. Lo aprendimos en Sudáfrica y en la transición de España a la democracia. Sin la Ley de Amnistía aprobada en España en 1977, criticada ahora por los populistas y defendida entonces por los comunistas, no hubiera sido posible una salida de la dictadura como la que se produjo. ¿Qué hubiera sido de la Europa de postguerra si unos y otros hubiesen pretendido una compensación exhaustiva de los daños sufridos? Los procesos de justicia restaurativa, con encuentros entre las víctimas y los protagonistas del terrorismo italiano de los años de plomo (el trabajo está recogido en “Il Libro dell incontro”, Milán 2015) ilustran la fecundidad de asomarse a nuevos horizontes en esta difícil situación. Las conversaciones han ayudado a abrir el dolor de las víctimas y han permitido recorrer, a los que fueron responsables de la violencia, un camino que la cárcel está lejos de garantizar.

El deseo de justicia es irrenunciable. Aunque es una ilusión pensar que quedará satisfecho haciendo pagar un precio, en forma de años de cárcel, a cambio del mal sufrido. El Estado de Derecho tiene que garantizar, sin duda, la seguridad. Seguridad que en Colombia parece a salvo. La paradoja de la que pocos hablan es seria: el deseo de justicia no se satisface sin trascenderlo, bien hacia el bien del pueblo y/o hacia una Justicia definitiva. Pero no se puede trascender sin un acontecimiento gratuito. Como el que ha debido sucederle al viejo del Barrio de Chinitas, como el que le ocurrió a Mandela en prisión. La paz depende de algo que no puede garantizar ningún sistema.

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