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7 DICIEMBRE 2016

Camino a casa, dar razones

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Estos días voy siguiendo muy de cerca el caso de la desaparición de Diana Quer, aunque también mirando otros casos con el rabillo del ojo, siendo consciente de la repercusión mediática que suelen generar los llamados síndromes de mujer blanca desaparecida –como se suelen denominar en EE.UU. las desapariciones de mujeres de raza blanca, generalmente, de clase media, en contraposición a otros casos relacionados con personas desaparecidas que no se ajustan a este patrón-.

No quiero sino detenerme en tres elementos que, a mi juicio, se están produciendo no sólo en el caso de Diana Quer, sino también en el de otros casos menos “mediáticos”, como el de Manuela Chavero o el de Iván Durán.

1.- Un elemento común es que, en el origen, siempre está en un hecho: la desaparición de Diana Quer el día 22 de agosto en el municipio coruñense de A Pobra Do Caramiñal; la desaparición de Manuela Chavero en Monesterio (Badajoz) el 5 de julio; o el de Iván Durán, el 22 de agosto.

Junto a los hechos, las interpretaciones; o, más bien, ¿la puesta en marcha de la maquinaria judicial de la opinión pública?. Al poco de salir la noticia de la desaparición de Diana Quer en los medios, se abrió en las noticias de los principales periódicos de gran tirada nacional (El País, El Mundo, La Vanguardia, entre otros) la veda a los comentarios de los lectores. En efecto, ha habido quien se ha posicionado a favor de uno u otro de los padres; quienes han criticado a las hijas; quienes han comentado barbaridades o quienes piensan que la persona desaparecida ya está muerta. Ha habido otros que reivindican que se dé espacio en la prensa y en los medios de comunicación audiovisuales a otros desaparecidos, lo que, en sí, no deja de ser una demanda justa; aunque, en ocasiones, instrumentalizada de forma muy partidista (es conocido el caso de Podemos Extremadura con Manuela Chavero).

2.- El segundo elemento es el drama humano: Las historias que salen a flote. Vidas que arrastran historias dolorosas: rupturas familiares y desconcierto afectivo; o la incapacidad para afrontar contrariedades –no cumplirse la expectativa de aprobar unas oposiciones o la dificultad de montar tu propio negocio-. Sea como fuere, está fuera de toda duda el drama que aflora en cientos de jóvenes como Iván Durán o Diana Quer, que sufren en carne viva los efectos del desconcierto educativo y de la falta de responsabilidad nuestra, que no ofrecemos más que un espejismo tecnológico y lúdico-consumista que no logra hacer florecer el desierto existencial y afectivo en el que se encuentran muchos de ellos (padres ausentes, educación ausente; niño ausente). Los rostros de las hermanas Quer, de Iván Durán y los de muchos otros jóvenes -desaparecidos o no-son el espejo y los síntomas de esta enfermedad existencial y física, que no puede ser combatida con la defensa de los valores. Hace falta una cura más potente.

3.- En fin, el tercer elemento es la exigencia de una respuesta al drama humano:  Así, ab initio, el hecho doloroso de la desaparición de un ser querido –del que se espera con dolor su regreso a casa- ponen sobre el tapete -nos guste o no- las siguientes cuestiones: ¿Por qué casarse y tener hijos? ¿Merece la pena compartir la vida arriesgando por un proyecto vital que, a priori, desde el punto de vista de nuestra mentalidad de hoy, corre el riesgo de fracasar? ¿Qué nos piden nuestros adolescentes y jóvenes? ¿Tomamos en serio sus preguntas? ¿Somos capaces de ofrecerles una cura o les suministramos la droga de los sueños que no hemos realizado y del que esperamos que ellos sí cumplan? ¿Es justo que ellos sean los que cumplan nuestras expectativas no realizadas?

Es una evidencia incuestionable, y aunque no lo digan expresamente –pero sí lo piensen- quienes defienden los modelos sociológicos de las teorías del género,que las consecuencias de la ruptura en la familia las sufren los hijos, en primer lugar, porque se les priva de la referencia educativa y existencial de unos padres, que, aun siendo incoherentes, tengan el coraje de tomarse en serio sus preguntas. A ello se une el hecho de que no se les provoca a comparar lo que ven con lo que desean y a buscar respuestas. ¿Es respuesta a la ausencia de afecto de la hija desaparecida airear en público historias familiares dolorosas que en nada ayuda a sanar las heridas de la ruptura? ¿Quién gana en la batalla por la custodia de los hijos?. La realidad es que nadie gana. Todos pierden:los padres; los hijos; la familia extensa...y toda la sociedad.

Cada vez más abundan este tipo de rupturas televisadas. Y el caso de la familia Quer -que es el caso que está más en boga- resulta de manual de práctica jurídica, hechos para los abogados matrimonialistas, que sacan verdaderos beneficios (véanse los juzgados de Pozuelo): divorcios que no terminan con la sentencia judicial -como en este caso-, sino que se "recurren" en el orden jurisdiccional de los mass media: uno de los cónyuges inicia de una forma irresponsable una guerra de reproches encadenados al otro, delante de toda España. No hay perdón  en esta contienda, que llega al extremo de pactar de forma indecente la aparición en programas con audiencia, donde impera el morbo (el de Ana Rosa Quintana o el Espacio Público, de Susanna Griso, en A3). Así se agranda más y más hasta hacerse enorme la bola, fomentada por unos medios que se retroalimentan de la cultura del espectáculo, del cotilleo, del morbo que rodea a una sociedad modelada por los parámetros superficiales de un patio de porteras, al que parece que nos hemos habituado. Hablar de lo que nos entretiene, mirar siempre los defectos y miserias del vecino, o del compañero, simplemente, para distraernos, relajarnos o evadirnos, sistemáticamente, de nuestra miseria, muestra que no somos capaces de afrontar nuestras circunstancias y, en consecuencia, nos alienan cada vez más y más…porque es como el LSD o la marihuana: nos abduce, nos evita –de forma perniciosa- el esfuerzo de un trabajo personal de búsqueda de la propia identidad. Resulta sorprendente ver su eficacia: consigue hacernos pasar por alto los 1.000 muertos en Haití.

Estos días hablaba con un amigo acerca de la posibilidad de escribir acerca de los límites de la libertad de prensa, pero creo que no lo haré. Porque yo mismo tengo dudas de la utilidad de limitar por Ley la actuación de los medios. El tema es más complejo. Lo que sí puedo decir es que nuestra sociedad parece haber montado todo de un modo que te invita a marcharte de casa. Y es que, citando a un santo de nuestro tiempo, "El hombre de todos los tiempos busca la felicidad. Al mirar a las estrellas o al mar, al enamorarse de una mujer, al mirar con ternura a sus hijos, el hombre busca lo que es verdadero, lo justo, lo que es bello.(...) El hombre vive para este destino último de felicidad, sea consciente o no. Sin esta hipótesis, sería injusto traer hijos al mundo."

No se darán, hoy por hoy, las condiciones para una acogida del otro, para que exista una casa común, si no creamos las condiciones para que Iván Durán, Diana Quer, Manuela Chavero…y tantas personas desaparecidas puedan volver y reconocerse en un lugar. Dar razones y ofrecer un significado es, como decía un cantautor italiano, una strada que porta a casa, e dove ti aspettano già: un camino que lleva a casa, donde te están esperando.

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