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21 NOVIEMBRE 2017
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Escrito para España

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  921 votos
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Estos días se ha presentado “La belleza desarmada” (Ediciones Encuentro, 2106) en Madrid. El propio Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, residente en Milán, ha acudido a la capital de España para conversar con periodistas y diferentes personalidades sobre el contenido de un volumen que ha sido elaborado durante los últimos diez años. Buena parte del texto es fruto de un working in progress, el resultado de pronunciamientos y juicios al hilo de acontecimientos que se iban produciendo en la realidad italiana y europea.

Sabiendo ese origen, al lector le sorprende la pertinencia del texto para España. Su utilidad para la llamada especificidad hispánica, para la perplejidad que embarga al mundo laico y católico de un país que vive el mismo proceso que todo Occidente, pero con sus particularidades. La historia española no facilita mucho la superación de posiciones ideológicas, en creyentes y no creyentes, para reconocer los rasgos de un mundo muy diferente al que era habitual hasta hace poco.

Una de las frases más repetidas en los últimos meses por columnistas y analistas es la sentencia de Ortega: “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa” (En torno a Galileo: Esquema de la crisis). Carrón desde las primeras páginas ofrece una hipótesis para explicar la crisis a la que ponemos muchos adjetivos (crisis de valores, crisis institucional, crisis generacional…) como quien tantea en la oscuridad. La crisis, señala el autor siguiendo a Benedicto XVI, tiene su origen en el agotamiento del proyecto de la Ilustración: los valores de progreso, paz, dignidad de la persona y estima por el otro que las luces quisieron cristalizar no se han mantenido en pie desvinculados del acontecimiento cristiano del que surgieron. Lo que tendría que ser evidente a la razón ha dejado de serlo.

Hay una Ilustración española durante el siglo XVIII que asume las ideas venidas de Francia de forma pacífica. Pero desde comienzos del XIX, con la Guerra de la Independencia, la realización política de la revolución ilustrada a través del liberalismo se vuelve muy conflictiva. Surgen las dos Españas. El liberalismo laico, minoritario, quiere acelerar la historia. El catolicismo se atrinchera cada vez más y busca la ayuda del poder para defender el “derecho a la verdad”, los valores evidentes inscritos en la naturaleza humana. Se afirma una y otra vez que las consecuencias antropológicas de la revelación son de derecho natural. Se piensa que subrayar el naturaliter christiano de todo hombre, desvinculado de la revelación, es el mejor modo de defender la fe. La dialéctica con el mundo laico se retroalimenta casi hasta el infinito. Al tiempo, el sujeto cristiano y la experiencia que hace posibles esas evidencias se van disolviendo con un proceso largo y casi imperceptible. La disolución se acelera en dos momentos: en la época del desarrollo, en los años 60 del pasado siglo, y con la rápida transformación cultural del comienzo del siglo XXI.

Las dos Españas llegan al inicio del siglo XXI en cierto modo derrotadas en sus presupuestos. La tradición de la Ilustración laica tendrá que hacer las cuentas con lo sucedido. La tradición católica española tiene en el libro de Carrón una hipótesis para llevar a cabo la misma labor si quiere superar viejos esquemas de interpretación que siguen vigentes. Prueba de ello es que la proclamación de los nuevos derechos (matrimonio homosexual, ampliación del aborto y un largo etcétera) impulsada por el Gobierno de Zapatero, mantenida y ampliada por el PP, haya sido ocasión de una nueva perplejidad para muchos católicos. La posibilidad, por ejemplo, de que la ley positiva reconociera el matrimonio entre hombre y mujer se ha denunciado como un atentado perverso contra los fundamentos de la civilización y de una ley natural que debía ser tutelada. Sin duda ha habido intereses políticos que han acelerado la deshumanización. Pero la mutación en la civilización europea es anterior. Cada vez es más difícil sostener el presupuesto de que la razón por su sola fuerza, sin tener en cuenta las circunstancias históricas, es capaz de mantener en pie las evidencias fundamentales (en este caso valor jurídico de la diferencia sexual). En este contexto, se acepta, por supuesto, la aconfesionalidad del Estado. Pero la necesidad de defender los “derechos de la verdad”, que en sus expresiones mínimas deberían ser reconocidos por todos, crean el síndrome de la “fortaleza asediada”: no se puede ser cómplices de quien quiere destruir el edificio de una civilización milenaria. Es un deber de conciencia. En esta posición el diálogo es imposible, o innecesario, si acaso un adorno táctico. Y el catolicismo, lejos de ser un factor diferencial, se convierte en un elemento más de polarización. Encerrado en la repetición de la doctrina y de nociones poco significativas para el drama humano se convierte en la religión de los tristes y de los enfadados.

Aquí es donde el juicio de Carrón es más liberador para España. El naturaliter christiano ha desaparecido. Es inútil empeñarse y enfadarse. En cierto modo hay algo de inevitable en que prosperen nuevas formas ideológicas (género, absolutización del mercado, neoestatalismo, etc.) en un mundo que ha dejado de tener no una buena teoría cristiana sino una auténtica experiencia cristiana. No es una discusión teológica. La realidad lo muestra de forma testaruda. Por eso ha llegado la hora de abatir los bastiones, de ir al encuentro del hombre del siglo XXI, herido y perplejo, como herido y perplejo está el católico. Y de hacerlo con las formas de una religión que surgió como una religión de los perseguidos (sin pretensión alguna de hegemonía). Una experiencia auténticamente cristiana no puede ver en el deseo de libertad, propia y del otro, una amenaza sino su mayor aliado. Aquí es donde el título “La belleza desarmada” es mucho más que un título, es todo un programa liberador, como decía una de las asistentes a la presentación de Carrón. Un programa para católicos liberados de la pretensión ingenua, y a la postre violenta, de obtener resultados inmediatos frente a ideologías deshumanas; católicos que pueden ofrecer un testimonio antes que ético estético: el de una vida más bonita.

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