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20 JULIO 2018
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Sin el otro no hay amor

Jorge Martínez Lucena | 0 comentarios valoración: 3  125 votos
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En El País del 10 de octubre, el catedrático de Sociología de la UNED Luis Garrido Medina firmaba una tribuna titulada “Adiós al amor”, de muy recomendable lectura. Lo que decía en ella no es nuevo. Se limitaba a verificar empíricamente, con datos españoles actuales, las tesis de Lipovetsky o de Bauman: que el “narcisismo correcto”, que usa las relaciones amorosas meramente para incrementar el bienestar y las elimina cuando suponen dificultad, reduce el éxito social del matrimonio tradicional. Esto es, que las relaciones amorosas posmodernas son mucho más “líquidas”, menos plegadas al compromiso incondicional, a la duración “para toda la vida”, y más supeditadas a la circunstancia y a las ventajas laborales y vitales que puedan producir. Es uno de esos modos sutiles que tenemos de reducir al otro a un cálculo de los propios intereses.

El artículo nos muestra cómo el amor ha caído en desprestigio hasta el punto de tener el Estado que asumir sus funciones. De lo que no habla tanto este texto es de los problemas que plantea esta nueva situación caracterizada por políticas públicas endémicamente orientadas a los pensionistas y no a la natalidad: una pérdida de razones para tener hijos –si no lo impide la inmigración, en España se venderán en breve más pañales para ancianos que para niños, como ya sucede en Japón–, lo cual abocará a una situación en que el Estado ya no podrá seguir pagando pensiones y los jubilados acabarán con un mínimo subsidio y sin demasiadas redes relacionales para sostenerlos en la vida. A este paso, la ley de eutanasia será muy útil para muchos, ya que, caso de no haber por medio un plan de pensiones digno, uno siempre tendrá la posibilidad de hacer mutis por el foro.

Lo previsible, poniéndonos apocalípticos, es lo que defiende el historiador israelí Yuval Noah Harari en su ensayo superventas “Homo Deus”: que el hombre de nuestro futuro inmediato dejará de valer por su condición humana y pasará a valorarse en función de su pertenencia a determinados colectivos adinerados o “útiles”. O sea, adiós al viejo Occidente y a la conquista de los derechos humanos.

De hecho, esto es algo ya apreciable en el presente, en muchos datos empíricos referentes a la exclusión social. Son numerosos los ciudadanos que cada vez cuentan menos política, económica y socialmente. Y también esto vale en el mundo de las rupturas conyugales. Según advierten los demógrafos, el divorcio en las sociedades avanzadas ha sufrido una notable transformación. Mientras que en un principio eran las clases altas las que más rompían lazos para defender su áurea emancipación, ahora las separaciones se concentran en las clases más desfavorecidas. Así, atrapados en una especie de círculo vicioso, los más frágiles son precisamente los que quedan más desprotegidos, porque acaban teniendo menos lazos. Lo cual sucede, muy probablemente, porque las clases modestas persiguen la misma emancipación, promovida sin tasa por los media, que los más adinerados y cultos tienden a gestionar mucho mejor, aunque solo sea porque saben buscar partenaires más sensibilizados con la igualdad de género y con la inserción de la mujer en el mercado laboral, por ejemplo.

Todo esto indica un país con serios problemas, en el que parece que vamos a tener un gobierno que se va a enfrentar a este panorama con la necesidad de llegar a acuerdos, pues la única posibilidad de aprobar leyes va a ser la del diálogo y la negociación. Creo que este sudoku, planteado por Garrido y complicado todavía más en el presente artículo, habría que intentar solucionarlo juntos. Si analizamos los diferentes nodos de conflicto nos daremos cuenta de que tanto la izquierda como la derecha están interesadas en abrir ese melón. Pero hay que hacerlo sin buenos y malos, olvidando un ratito el corto plazo electoralista que nos hipoteca el país sine die y arremangándose, porque el reto está a la altura de los más despiertos e innovadores.

De momento, nadie ha encontrado una solución clara al dilema. Las políticas de familia escandinavas, pese a que han solucionado buena parte del problema, no han conseguido la tasa de reemplazo, porque a la gente no se la puede obligar a casarse y a tener hijos si no lo ve como una oportunidad para ser feliz. Además, los límites presupuestarios existen y, si queremos pensiones, hay que buscar el modo de que la administración recaude el dinero necesario para ello.

En cualquier caso, el tema es apasionante, y valdrá la pena ponerse a discutirlo, pero sólo partiendo de la base de que nosotros no sabemos pasar solos esta pantalla: es demasiado difícil. Quizás escuchando al que piensa distinto mejoremos nuestro horizonte común y variemos el rumbo, quizás juntándonos con el otro descubramos que eso del amor y de la gratuidad no es algo tan pasado de moda, sino que sigue funcionando cuando nos sentamos a hablar de cosas cruciales.

Urge correr el riesgo de dialogar. La alternativa es la de siempre en modo pertinaz y nos lleva o bien a la inconsciencia acrítica o bien a profecías demasiado sombrías.

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