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19 AGOSTO 2018
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>Entrevista a Catherine L`Ecuyer

"La verdad y la bondad llegan al corazón del niño a través de la belleza"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  174 votos
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Hablamos con Catherine L´Ecuyer, autora del libro “Educar en el asombro” (Plataforma Editorial). La autora aboga por educar en el asombro, que es un deseo innato del niño, frente al paradigma de la estimulación temprana.

En su libro “Educar en el asombro” plantea la educación del niño como un “proceso de desarrollo, de eclosión del potencial del niño”. Asimismo hace una crítica a la educación actual que mediante la sobreestimulación, ya a edades tempranas, perjudica seriamente su capacidad de asombro. ¿En qué ve usted esta sobreestimulación?

Los neurobiólogos confirman que necesitamos una cantidad “mínima” de estímulos en un entorno “normal”. Eso lo ofrece lo cotidiano. Cuando el niño tiene los sentidos saturados (exceso de deberes, extraescolares, ruidos, consumismo, ritmos frenéticos que no se armonizan con su orden interior, adelanto de las etapas, etc.) deja de desear, porque tiene las cosas antes de desearlas. El paradigma de la estimulación temprana viene de los neuromitos.

¿Qué son los neuromitos?

Malas interpretaciones de la literatura neurocientífica aplicadas a la educación. No es cierto que “tenemos una inteligencia ilimitada”, que “usamos solo el 10% de nuestro cerebro”, o que “hay ventanas críticas de aprendizajes durante los tres primeros años de vida que se pierden para siempre después de ese periodo”. Todas esas falsas creencias nos hicieron llegar a la conclusión de que “más y antes es mejor”. La estimulación temprana considera al niño como un cubo vacío al que vamos echando información sin contar con el niño. El punto de partida es que todo, tanto el movimiento como el aprendizaje, se estimula a través de un entorno enriquecido y no se desarrolla en un entorno normal. La educación en el asombro es un cambio radical respecto a esa visión mecánica y conductista del ser humano. Reconoce que tenemos un deseo para conocer. Tomás de Aquino llamaba al asombro “deseo para el conocimiento”.

¿Qué es lo que asombra a nuestros hijos?

¡La belleza! Los griegos la definían como “la expresión visible de la verdad y de la bondad”. No hablamos de belleza cosmética, la cual está sujeta a cambios, a gustos y obliga. La belleza metafísica a la que se referían los griegos no está sujeta a cambios o a gustos, es profunda. Y sobre todo, nunca obliga. Por ese motivo, la verdad y la bondad llegan al corazón del niño a través de la belleza que seduce al ojo del alma. Nunca se impone. Si nuestros hijos no experimentan asombro antes las realidades naturales y trascendentes, tendrán una existencia impersonal y no harán nunca suyas esas realidades.

¡Papá, ven a ver esto! Muchas veces estando con mis hijos me sorprendo con ellos mirando el cielo, o parándonos a ver unas hormigas… ¿Somos los adultos los primeros educados en la relación con nuestros hijos?

Efectivamente, los niños triangulan entre el mundo, ellos mismos y la persona con la que tienen un vínculo de confianza (vínculo de apego). Cuando un niño encuentra un caracol, lo primero que hace es ir a enseñárselo a la persona con quien tiene su apego. Y cuanto más apego seguro tiene el niño, más lejos va a explorar.

¿Cómo se desarrolla ese vínculo de apego?

Cuando el principal cuidador tiene la sensibilidad para percibir y atender las necesidades básicas del niño. “Me atienden”, entonces “puedo confiar en esa persona”. Esa confianza es la base para que nuestros hijos nos hagan caso. La autoridad no es consecuencia de una medalla que uno se pone en virtud de una paternidad fría y distante, es resultado de la confianza que se ha ganado el adulto atendiendo al niño. Los estudios dicen que los niños que tienen apego seguro son más curiosos intelectualmente, van más lejos para descubrir el mundo. Eso es porque han aprendido a confiar, para ellos el mundo no es hostil. En cambio, la actitud de desconfianza genera una actitud de sospecha continua ante todo que es incompatible con el descubrimiento y frente a la apertura ante la realidad.

En su libro insiste sobre términos como el silencio o el juego. ¿Qué importancia tiene el silencio en la educación de nuestros hijos?

Heidegger decía que “sin el silencio, el hombre estaría echando fuera de sí lo que más caracteriza al hombre, que es su capacidad de reflexión”. Podemos preguntarnos: ¿es posible educar sin reflexión? La respuesta es negativa. Y si lo hacemos, entonces los métodos a los que tendremos que recurrir son conductistas: memorización, repetición y jerarquía como fuente de conocimiento. Esos tres aspectos tienen su lugar en el proceso educativo, pero no pueden nunca convertirse en el eje del sistema educativo.

Otro aspecto fundamental en la educación es el perdón ante un comportamiento inadecuado. Nuestros hijos deben saber que siempre pueden volver como el hijo pródigo. ¿Cómo conjugar el abrazo necesario frente a su error y la necesaria corrección?

Es importante que sepamos llamar a las cosas por su nombre. “Esto está bien y esto no está bien. Eso no es malo, pero no es excelente”. No hemos de tener miedo de trasmitirlo a nuestros hijos. Dejar al niño hacer todo lo que quiere antes de que tenga desarrollada la conciencia y la capacidad de escoger por sí solo es traicionar el sentido de la libertad. Hemos de conseguir que nuestros hijos quieran hacer lo que hacen, que no es lo mismo que hacer todo lo quieren. Y respecto al perdón, hay un matiz que nos cuesta mucho entender y trasmitir a nuestros hijos y que dificulta la vuelta del hijo pródigo: la diferencia entre juzgar y discernir. Juzgar es condenar. Discernir es distinguir el bien, la verdad y la belleza de lo que no lo es. No podemos juzgar nunca (porque no conocemos la intención profunda), pero sí podemos y debemos ayudar al niño a discernir y corregir en base a ese discernimiento. Eso genera un sentido de culpabilidad sana, no enfermiza, o escrupulosa. Cuando el niño no se siente condenado, es más fácil que vuelva como el hijo pródigo, porque la mirada misericordiosa del adulto le atrae. Esa mirada misericordiosa es el abrazo del alma.

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