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21 OCTUBRE 2017
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>Entrevista a Daniel Innerarity

'Miramos al otro con recelo por inseguridad'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  347 votos
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Daniel Innerarity es una de esas nuevas voces del panorama cultural español que refresca el ambiente. Catedrático de filosofía política y social en la Universidad del País Vasco, ha escrito “La política en los tiempos de indignación” (Galaxia Gutemberg, 215). Innerarity sostiene que, aunque ya tengamos Gobierno es necesario un cambio de cultura política, un diálogo basado en las necesidades concretas.

Por fin después de diez meses tenemos Gobierno. ¿Ha cambiado algo en la cultura política española en estos diez meses? ¿Los políticos han entendido la necesidad de pactos y acuerdos, o simplemente este es un Gobierno por agotamiento?

Yo más bien me inclino por lo segundo, porque de hecho da la impresión por lo que hemos visto de sesión de investidura, en el tipo de discursos, que en general ha sido una cuestión de pura necesidad. La necesidad apretaba y la necesidad ha ahogado. Las tres fuerzas que han contribuido a que fuera posible este gobierno creo que han actuado más por necesidad que por convicción. Quizás lo más interesante de todo es cómo hemos estado durante mucho tiempo haciendo propuestas de cómo gobernar bien, cómo regenerar la democracia, cómo hacerla más representativa, etc., y nos habíamos olvidado de que para eso antes es necesario gobernar. Y, por ejemplo, la cuestión de cómo se gobierna una sociedad compleja, y concretamente una sociedad más pluralista como es la española actualmente, es una cuestión que todavía está pendiente de resolver. Estamos en una sociedad compleja, donde probablemente no vuelva a haber las mayorías anteriores, pero parece también que falta una cultura de diálogo político, de acuerdos,

¿Por qué la democracia española, que hizo tantas cosas bien ha fallado? ¿A qué se puede atribuir esta torpeza, esta dificultad, incluso esta incapacidad para superar las diferencias ideológicas?

Habría muchas explicaciones, pero fundamentalmente me vienen a la cabeza ahora dos: una de tipo constitucional y otra de tipo de cultura política. La de tipo constitucional es que todas nuestras previsiones constitucionales estaban pensadas para conseguir gobiernos estables. La previsión de técnica constitucional que favorece mayorías absolutas, que dificulta mucho la formación de un Gobierno, pero igualmente dificulta mucho la revocación de ese Gobierno. Cosa que no ocurre en algunas autonomías.

Fue el mal recuerdo de la II República lo que llevó a los constitucionalistas a hacer algo de este tipo.

Seguramente. Yo recuerdo aquellos debates. La obsesión por la estabilidad era una cuestión fundamental. Y había pocos partidos que tenían capacidad de gobernar.

Luego está el tema de la cultura política, que es muy interesante.

Lo primero sería relativamente fácil de solucionar, incluso una de las reformas que se podrían proponer es hacerlo de otra manera, aunque no soy un especialista. Lo otro me preocupa más porque me parece que es más difícil. Viendo también los debates de la investidura se percibe que, a pesar de un cierto buen tono en algunas cosas, hay una cierta cultura política por la que no nos necesitamos unos a otros. Desde el punto de vista ideológico y territorial, no estamos a la altura de una convivencia en una sociedad compleja. No estamos en una sociedad donde el 60% pueda gobernar sobre el otro 40%, o el centro sobre las periferias. Nuestra sociedad requiere un trabajo de deliberación, de argumentación, y sobre todo de confianza entre los agentes políticos que me parece que no tenemos.

¿Por qué esta cultura, que se traslada del mundo de la política al social, que tiene cierta dificultad para reconocer que el otro, aunque piense diferente, puede ser un bien para tu propio desarrollo político y social? 

Nosotros venimos de una cultura muy larga, muy continuada, de enemigo interior. El enemigo estaba dentro, había enemigos interiores. Yo he vivido muchos años en Francia, en Burdeos, y recuerdo que una vez un francés me preguntó por qué Goya había muerto en Burdeos, y entonces yo por primera vez tuve que explicarle que España era un país donde el que perdía las elecciones, o la guerra, se tenía que ir. Eso para un francés, que tienen otra cultura política, también han hecho cosas buenas y cosas malas, es muy difícil de entender. Hay una cosa que un sociólogo americano definía hace muchos años como la inteligencia de la democracia, uno de cuyos aspectos consiste en que si alguien ha perdido las elecciones, es mejor tenerlo disponible, no vaya a ser que le necesitemos para algo. En lugar de echarle, que es lo más cómodo. De hecho, recuerdo el debate el otro día entre Iglesias y Rajoy hablando de quién tenía más votos, que uno ocho y el otro cinco. Hombre, es que no estamos hablando de esas cosas. Estamos hablando de que, tenga uno ocho o cinco, nadie tiene derecho a decir que el otro no es un buen ciudadano. Yo creo que o vamos en esa dirección, o la convivencia va a ser muy difícil, va a ser muy costosa, y va a ser muy doloroso; y sobre todo muy empobrecedor, porque uno va a acabar en horizontes y contextos de gente que piensa como uno mismo, y eso es muy empobrecedor.

Lo que pasa es que este es un problema no solo de cultura política sino que prácticamente es un problema antropológico. Es una incapacidad de valorar al que no es como yo.

Seguramente, el otro, el que representa algo distinto de nosotros, puede tener por un lado una cierta fascinación interesante, pero también despierta una cierta inseguridad en uno mismo. Creo que este no es un país demasiado seguro de sí mismo. Cuando Rajoy achacaba a Iglesias que parecía que estaba desconociendo que había gente que estaba haciendo cosas muy buenas, y que este era un país donde había mucho turismo… como si realizar una crítica a una cierta política implicara ser un mal patriota. No entro en quién de los dos tenía razón porque no me interesa especialmente.

Pero entonces es una inseguridad previa y por eso el otro siempre es visto con recelo.

Claro. Y amenaza un poco la estabilidad. Creo que tiene un poco que ver con un país que en ciertos estratos de la población todavía mantiene una reticencia hacia lo diferente. En otros no, en la gente más joven -yo tengo contacto con el mundo universitario- casi lo raro empieza a ser lo normal, responder al patrón ideológico, identitario absoluto, que se supone a una persona de un sitio, de una familia. Eso empieza a ser lo raro, y lo normal es que en todas las familias cada uno sea de su padre y de su madre, o más aún, porque unos han viajado más, han tenido más contacto con gente diferente. Y eso se tiene que trasladar también al sistema político poco a poco. Por cierto, tampoco significa que la gente joven lo esté haciendo necesariamente mejor.

Se habla mucho de diálogo ahora. ¿Qué es el diálogo real si no es un eslogan? Si estamos buscando una política que vaya más allá de la diferencia ideológica, el diálogo no puede ser predominantemente sobre cuestiones ideológicas. ¿Cuál puede ser el punto de partida para ese diálogo tan necesario?

En primer lugar, la agenda política en España es muy pobre. Los temas de los que se habla, basta ver los debates, son cuatro cosas y por cierto no las más importantes. Por consiguiente, sería bueno ampliar y también hablar de cosas más técnicas y concretas, en el detalle de las cosas, porque el detalle quita muchas imposturas. En segundo lugar, hay que entrar en los procesos políticos sin la absoluta seguridad de que uno ya sabe lo que quiere y lo que le interesa, y por tanto con una cierta aceptación de que entramos en un margen donde a lo mejor hacemos descubrimientos, mejoramos nuestra posición, y podemos aprender como sujetos.

Pero eso significa superar la inseguridad de la que hablaba usted antes. Si estoy inseguro, siempre me defiendo. Si tengo interés por aprender, tengo una posición más abierta.

O incluso al revés. Detrás de una persona demasiado dogmática, generalmente hay una persona que no está muy segura.

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