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4 DICIEMBRE 2016
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Occidente y el eje del Caos

Roberto Fontolan

Por un lado, el eje Afganistán-Pakistán; por otro, las costas árabes africanas del Golfo de Aden. Tras un breve suspiro de alivio con la tregua de Gaza -el proceso es largo y hay que dar tiempo al desarrollo de la situación en Israel y Palestina-, los satélites apuntan ahora hacia Kabul e Islamabad, Mogadiscio y el sur de la península árabe. Son los núcleos centrales de lo que se ha denominado como "el nuevo eje del caos", cuyas ramificaciones se extienden hasta Asia y que es fruto de la mezcla incandescente de factores religiosos, económicos y geopolíticos.

El ejemplo más citado es el nuevo y preocupante capítulo de la guerra de los talibanes. Más soldados americanos y más energía bélica, también por parte de la OTAN: sobre este asunto hay un amplio consenso, es evidente que hay que encontrar el modo de superar el estancamiento de la política interior y actuar con decisión en los planes para la reconstrucción estructural y el cambio "cultural".

Si muere asesinado el marido de una famosa periodista televisiva y si regiones enteras vuelven a verse sometidas al poder del "lado oscuro de la fuerza", ¿cómo infundir confianza, cómo animar al pueblo? Es una cuestión en cierto modo educativa y antropológica, es una batalla que no se combate con aviones teledirigidos ni bombardeos aéreos. Además, se ha demostrado que una parte incalculable del poder de los talibanes procede de la droga. Pero la administración Bush sostuvo que la distribución de los campos de opio no formaba parte de los objetivos de la guerra, y así, con el paso de los años, más del 80% de la producción ha quedado bajo el control de los barbudos.

En las áreas tribales cercanas a Pakistán, las cosas parecen ir un poco mejor en las últimas semanas. Pero sólo porque en algunas provincias (incluido el infame Swat Valley), con la aprobación del Gobierno central, a partir del 16 de marzo la justicia pasará a ser administrada por las cortes islámicas y el orden estará "asegurado" por una organización talibán. La fragilidad política, las milicias terroristas, los servicios transferidos, el enfrentamiento con la India, la capacidad nuclear, la proximidad con Afganistán hacen del Pakistán actual un puzzle sin solución aparente.

A una cierta distancia, al otro lado de la Península Arábiga, mientras tanto se ha consumado el enésimo drama de la historia de Somalia, introducida también, o mejor dicho re-introducida, en la órbita del islamismo después del paréntesis presidido por el ejército de Etiopía, que no ha podido salvaguardar a las antiguas autoridades oficiales, que han quedado reducidas a ectoplasma. También en Somalia está vigente el régimen de la sharía, y después de décadas de lucha, de soldados y periodistas occidentales asesinados, de montañas de dinero europeo invertido para sostener a los gobiernos exiliados, en el Cuerno de África se ha instaurado una sólida dictadura coránica.

Para muchos, se trata de una plataforma de expansión islamista hacia el resto de la región con posibles y graves consecuencias para Kenia y Etiopía. Y sobre todo una plataforma alimentada incesantemente por recursos de todo tipo: dinero, predicadores, armas, milicianos, que llegan de la península árabe a través de las vías más insospechadas. Así, el África "olvidada" tiene que volver a ser pensada y ayudada, en todos los aspectos; es lo que esperamos que pueda hacer el G-8 en su próxima reunión bajo la presidencia italiana.

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