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22 SEPTIEMBRE 2017
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Trump no existe

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  897 votos
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Esta vez es totalmente diferente. Lo que está en juego en las presidenciales de este martes es probablemente algo inédito, desconocido desde que Estados Unidos salió de su aislacionismo al final del siglo XIX, desde que acabó con los restos del Imperio español en Cuba bajo la presidencia de McKinley. Serán a buen seguro los hispanos de Florida los que decidan quién es el nuevo inquilino de la Casa Blanca (veremos entonces si apoyan la acertada política de apertura con los Castro). Pero esta vez estamos ante algo más relevante que la elección de un presidente.

En estas horas previas habría que sopesar las políticas de los dos aspirantes. Especialmente en el ámbito social y, sobre todo, en el exterior, el que nos interesa a los no estadounidenses. Estaríamos así ante el tradicional conflicto entre bienes posibles o males menores. ¿Debe tener más peso el desprecio hacia los inmigrantes de Trump, su declarada islamofobia y la falta de respeto por las mujeres o la política proabortista de Clinton? ¿Cómo hay que valorar la actitud hacia Rusia? La Rusia de Putin ha destrozado el sueño hegemónico que pudo tener Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. También ha tirado por tierra la aspiración de una multipolaridad relativamente pacífica mediante un cierto compromiso con China. Moscú reclama, sin respeto por las reglas, su ración de protagonismo. Lo ha dejado claro en Ucrania y en Siria. Trump parece sentirse cercano a Putin. De hecho, lo admira. ¿Es más conveniente su no-beligerancia o una actitud más firme como la que postula Hillary? La candidata demócrata quiere un triunfo sobre el Daesh y al mismo tiempo sobre Assad en Siria. Sin dar espacio a los rusos. Clinton es, en principio, más intervencionista que el actual inquilino de la Casa Blanca: defendió la entrada en Iraq de 2003 y la injerencia en Libia de 2011 que tan nefastas consecuencias trajo. ¿Conviene la continuidad de Clinton con el segundo Obama (el primero quería hacer volver a las tropas de Afganistán) a pesar de los muchos errores que pueda cometer? ¿O es preferible un aislacionismo como el que parece predicar Trump? En principio una victoria del candidato republicano podría ser una vuelta a la postura del presidente John Quincy Adams (comienzos del XIX) y a su lema: “Estados Unidos no va al extranjero en busca de monstruos que destruir”. ¿Vendría bien algo así?

Sería interesante responder a estas y otras preguntas con detalle. Pero ese trabajo, siempre necesario, estaría hecho con esquemas viejos. Obama llegó a la presidencia en 2008, sin un gran cuerpo teórico a sus espaldas. Estaba aupado por el sueño del “sí se puede”, por el deseo de superar las consecuencias económicas de la desregulación y de los fracasos en la “Guerra contra el terror”. Bush había gobernado con los principios que le aportaron los neoconservadores tras el 11S, principios plasmados en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002. “Solo existe un modelo de éxito nacional basado en la libertad, la democracia y la libre empresa”, decía aquel texto. Ahora ya no estamos ante nada de eso.

Trump no representa una reacción pendular ante una presidencia progresista. No hay un programa como el neoconservador que discutir, una visión y experiencia del mundo sobre la que dialogar. No hay dos modos de afrontar la realidad que se puedan valorar con sus pros y sus contras.

Es otra cosa: Trump representa la no-realidad. Las propuestas del aspirante republicano no pueden ser consideradas sencillamente porque no existen. No se puede sopesar el proyecto de construir un muro en la frontera mexicana que paguen los propios mexicanos. Tampoco un impuesto que penalice las importaciones o el cierre comercial de las fronteras. No son propuestas. No las formula con el propósito de marcar una dirección. Toda promesa de un político tiene cierto grado de ficción. La diferencia con Trump es que en él todo es ficción. Ese es su éxito. Trump no hace política. Trump es el amigote cómplice que te da la razón cuando estás enfadado, el que te ratifica en tu misoginia cuando tu mujer no te habla o cuando le echas la culpa al extranjero del tiempo que has pasado en la sala de espera del hospital. No importa si tu mujer te ha retirado la palabra porque tu malhumor es insoportable o si el extranjero trabaja el doble que tú. La realidad no importa. En eso consiste el cambio. Los ámbitos tradicionales de socialización van desapareciendo. Los medios de comunicación han dejado de ser medios de masas para ser medios de tribu. Antes solo se leía el periódico que confirmaba las propias ideas, aquello requería una cierta “elaboración” interpretativa de los hechos. Ahora ya no es necesario, es suficiente con seleccionar las cuentas de twitter que confirman un estado de ánimo. Las categorías de lo verdadero y de lo falso han desaparecido. Son propiedades que solo pueden predicarse de lo que existe. Es un problema más antropológico que moral. Trump ha cumplido de forma radical la profecía de María Zambrano: se ha perdido el vínculo con la realidad. La tecnología ha acelerado el proceso, pero hay algo previo: una dificultad cómplice, casi invencible, para registrar las cosas tal y como son. Es lo que explica el resultado del referéndum sobre el Brexit. Pero claro, estamos hablando de política, y la realidad siempre vuelve. Ahí están los británicos para certificarlo.

Trump no existe, el suyo es el mundo de la fantasía, por eso es tan peligroso.

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