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26 FEBRERO 2018
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Falta una educación para el pueblo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  303 votos
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Trump ha obtenido una victoria clara. Y el resultado de las presidenciales de Estados Unidos ya no es tan sorpresa como fue el Brexit. Estamos ante el Brexit II. Ante una ola de nacionalismo populista que recorre el mundo: extrema derecha en Alemania y en Francia, movimiento anti–Europa en los países de Visegrado, islamismo en Oriente Próximo, hinduismo político en la India… la lista es muy larga. ¡USA, USA, USA!… gritaban los seguidores de Trump cuando lo han visto aparecer esta madrugada en Nueva York.

Clinton era una mala candidata, las encuestas mostraban un empate técnico y, otra vez, no han sido capaces de detectar el voto oculto. El país está dividido por la mitad. No sirven los viejos esquemas. Ya no hay una minoría negra, una minoría hispana, una minoría católica. Hay negros, hispanos (muchos hispanos), católicos (muchos católicos) que votan por Trump. Hay una mayoría que cuestiona el sistema de partidos, que no cree en la democracia tal y como ha funcionado hasta ahora, que a pesar de la evidente recuperación económica culpabiliza a la globalización de su pérdida de poder adquisitivo. Los otros son los responsables de la situación.

La victoria de Trump es la victoria de la queja, del lamento, de quien quiere mandar a freír puñetas a la élite. Su primer discurso tras hacerse con la victoria ha sido el de un presidente que promete el paraíso: un plan de infraestructuras, la riqueza para todos, la América que volverá a ser grande. Solo una profunda mutación antropológica explica que, con estas y otras promesas, con su desprecio a medio país, un candidato así haya podido ganar. Trump encarna el fenómeno de la identidad de sustitución que despierta la mundialización. Los vínculos sociales más tradicionales se han destruido. Las iglesias, las familias, los centros de pertenencia más propios del país se han disuelto de modo silencioso (como en otros lugares del mundo) y ha aparecido una nueva América virtual, disfrazada de la América de siempre. Es la América de internet, la de las cadenas de televisión segmentadas, la de los mensajes consumidos en solitario que alimentan los instintos y que no hacen razonar. El pueblo desconcertado, enfadado, dispuesto a comprar chatarra política porque no hay pastores que amplíen su horizonte. Porque pocos hacen frente al descontento con mensajes y experiencias positivas en la base, porque la unidad elemental, el respeto por las instituciones, que hasta hace pocos años era un dogma, algo que pertenecía a la conciencia, ha desaparecido.

En este triunfo del populismo la responsabilidad de los líderes es considerable. Los líderes religiosos no han sabido ver que la amenaza del viejo radicalismo en cuestiones de familia de Clinton era mucho menor que la de un pueblo encandilado por el odio. Los líderes políticos, empresariales y sociales de las dos costas no han sabido ver en qué país viven. Están alojados en sus burbujas universitarias, burbujas de negocios e intelectuales que les alejan del sentir de muchos estadounidenses.

A corto plazo la política que pueda hacer Trump es una incógnita. La esperanza es que la presión institucional y la del partido republicano frene sus promesas xenófobas, proteccionistas, sus inclinaciones prorrusas y sus ocurrencias económicas. Pero a largo plazo es evidente que lo más necesario, en Estados Unidos y en el resto del mundo, es una educación popular que esté a la altura de los retos que ha traído la globalización.

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