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20 JULIO 2018
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Las razones de un Nobel que no se retira

Paolo Vites | 0 comentarios valoración: 3  253 votos
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En los años 70 aquel bootleg, con una calidad sonora más que óptima, era algo de lo que estar muy orgullosos. Nos permitía no solo escuchar sino casi tocar con nuestras manos aquella gira maravillosa, cuando Bob Dylan, acompañado de músicos que después dieron la vida a la extraordinaria aventura de The Band, cambió para siempre la historia de la música rock.

Descubrimos el sonido de aquella revolución, pudimos ser partícipes y testigos aunque con diez años de retraso. Era el año 1966 y en Inglaterra esos conciertos eran duramente contestados por ciertos espectadores, que parecían contratados directamente por grupos políticos de izquierda para boicotear al Dylan pop, traidor a la contestación, vendido a la música comercial, como describe el libro "Like the night (revisited): Bob Dylan and the road to the Manchester Free Trade Hall", de CP Lee, que reconstruye la historia de aquella gira con numerosos testimonios. Esos grupos políticos estaban tan anclados a una visión ideológica que no entendían cómo una guitarra eléctrica podía llegar a ser un arma revolucionaria mucho más potente que el juglar folk que cantaba “Blowin' in the wind”. En cambio, todos los jóvenes del mundo captaron su fuerza subversiva.

Aquel bootleg se llamó por error "Royal Albert Hall", en referencia al lugar de Londres donde Dylan actuó el 26 de mayo, pero en realidad contenía el concierto de unos diez días antes en el Free Trade Hall de Manchester. La diferencia de lugar no habría sido tan importante si el Free Trade Hall no hubiera sido el lugar donde tuvo lugar el momento más dramático, y a la vez el más épico con retrospectiva, de aquellos encuentros que tenían lugar cada noche entre el artista y su público. Fue cuando un espectador le llamó “¡Judas!”, seguido de un aplauso tronador. Otro gritó: "I'm never listening to you again, ever!" (nunca volveré a escucharte, jamás) y Dylan le respondió: "I don't believe you" (no te creo). Luego hubo una pausa y Dylan volvió a la carga: "You're a liar" (eres un mentiroso). Al final, enardecido, Dylan se giró hacia los músicos pidiéndoles que tocaran “jodidamente fuerte” (“Play it fuckin' loud!”). Lo que siguió fue la más abrasadora, apocalíptica y devastadora versión de “Like a rolling stone”.

La corrección del lugar del evento llegó con el cuarto volumen de la Bootleg Series publicado en 1998, titulado irónicamente "The ‘Royal Albert Hall’ Concert". Nuestro viejo bootleg, que entre otras cosas solo contenía la parte eléctrica del show y que con el paso del tiempo ha ido adquiriendo cuotas bastante más elevadas en el mercado de coleccionistas, se podía quedar guardado en la estantería para siempre.

Ahora, para cerrar el círculo, llega "The Real Royal Albert Hall", el concierto de Londres del 26 de mayo, un doble CD que sale el 25 de noviembre y que es un extracto de un monumental cofre de 36 CD, "The 1966 Live Recordings", que contiene casi todos los espectáculos de aquella gira que desde Hawai a Australia atravesó los Estados Unidos hasta llegar a Irlanda, Francia, Suecia e Inglaterra.

Tras la publicación de este cofre se esconden motivos relacionados con los derechos de copyright. El año pasado se publicó otro cofre monumental con todas las grabaciones en estudio de Dylan en 1965. La ley sobre derechos de autor establece que, pasados 50 años, el artista y la casa discográfica ya no tienen derechos sobre lo ya registrado. Para recuperarlos basta con publicarlo todo de manera oficial. Así que, si no cambia la ley, podemos esperar en los próximos años aluviones similares.

Sobra decir que el box, aunque no supone precios desorbitados, será una buena compra solo para coleccionistas, fetichistas e historiadores de la música, pues la escaleta de conciertos es idéntica a otras publicaciones, con poquísimas excepciones. El doble CD "Royal Albert Hall" tampoco presenta grandes diferencias con el concierto de Manchester desde el punto de vista del repertorio aunque, junto al anterior, permite tener una visión suficiente de aquella gira tan emocionante.

Pero esto no es todo. Hace diez años sucedió algo igualmente memorable por lo que se refiere a la historia de estos dos conciertos. Por primera vez fue posible asistir, y no solo oír, el dramático enfrentamiento de antes. Podíamos tocar con las manos el santo grial del rock, pues nadie sabía que existieran imágenes filmadas de aquella noche. Nos lo mostró Martin Scorsese con su extraordinario documental "No Direction Home", dedicado a Bob Dylan. Así supimos que el director D.A. Pennebaker, que había filmado todo aquel tour (parcialmente publicado en el film "Eat the Document", que se retiró pronto de las salas), también había grabado aquella escena. Es impagable ver el gesto de Dylan, después de aquella “Like a rolling stone”, mandando a paseo con el brazo a los contestatarios.

Con motivo del décimo aniversario del documental de Scorsese, vuelve a publicarse en DVD y por primera vez también en formato blu-ray (dicen que la calidad de imagen es fantástica). Aunque tampoco supone nada nuevo como para abrir la cartera, a menos que todavía no se tenga la edición de hace diez años. Promete dos horas y media de imágenes inéditas y fragmentos de entrevistas a Dylan que no se habían publicado antes. El material inédito se limita a partes de entrevistas con Liam Clancy y Dave Van Ronk (ya desaparecidos), Joan Baez y Maria Muldaur, más una entrevista con Martin Scorsese. El cofre incluye tres litografías y un libreto con artículos y entrevistas de aquella época. Clancy, Baez y Muldaur también tocan versiones improvisadas de “Girl from north country”, “Love is just a four letter word” y “Lord protect my child”, respectivamente, lo mismo que hace también Mavis Staples con “Hard rain”. Aunque también hay algo inédito de Dylan, "Apothecary Scene", la divertida escena filmada por la calle con un Dylan espectacular que improvisa versos, un auténtico juglar shakesperiano, hasta arriba de anfetaminas, haciendo un ejercicio de teatro de calle.

Termina así la historia del año que revolucionó el mundo del rock, 1966, con Bob Dylan como protagonista absoluta. Luego desaparecería de la escena durante ocho años para lamerse las heridas de aquella época, las contestaciones pasarían al olvido y la historia de la música moderna sufriría una aceleración tremenda, imposible de imaginar si Dylan no hubiera hecho lo que hizo aquel año.

Cincuenta años después de aquellos días, aquel pequeño rebelde se ha convertido en un premio Nobel. Pero a su manera, como siempre ha vivido. En una canción contenida en el doble álbum publicado aquel 1966, "Blonde on Blonde", probablemente el disco más extraordinario de la historia, y titulada “Absolutely sweet Marie”, Dylan deja caer con su aparente descuido zen un verso que hoy parece evidente que es el código existencial al que ha dedicado toda su vida: "But to live outside the law, you must be honest” (pero para vivir fuera de la ley hay que ser honesto). Esa fractura entre el artista y un mundo que, por predisposición natural, quiere que el artista se encuadre en sus categorías aun con insultos (lo hemos visto estos días en periódicos como el New York Times, que nunca le perdonaron su salida de la lógica “liberal”), una fractura que se consumó en el Free Trade Hall de Manchester y antes incluso en los pitidos de Newport en julio del 65, nunca se ha llegado a cerrar.

Si bien el rock nunca ha tenido la función de ofrecer una alternativa al stablishment, a las instituciones académicas que viven separadas de la realidad, a la corrupción de la política, a los intelectuales de salón o a la familia entendida como moral oprimente, a las ideologías partidistas que ahogan las libertades tanto a la derecha como a la izquierda, Dylan ha encarnado esta posibilidad haciendo que su vida se corresponda con esta alternativa. “Fuera de la ley”, pero honestamente: una aparente contradicción que en cambio desbarata a tanta hipocresía que ha terminado dominando hasta en el mundo del rock.

No es el caso de Dylan: “Me siento muy honrado, pero tengo otros compromisos”, ha dicho para aclarar que no estará en el palco de la Academia de Estocolmo. Os he enseñado a ser libres y no lo habéis entendido. Yo vivo en un mundo y en un tiempo inmemorial, a veces os concedo la posibilidad de verme y tocarme, pero tengo otros compromisos: vivir. Por otro lado, quien no se compromete a renacer cada día y cada instante, está destinado a morir. ¿Cuántos premios Nobel murieron y fueron olvidados al día siguiente?

Su biógrafo, Robert Shelton, acuñó el epitafio definitivo: “Ya ha vivido el tiempo de cinco vidas en una sola. Tal vez siga el camino de Rimbaud, al haber expresado ya más palabras revolucionarias de las que el mundo estaba preparado para recibir, o el de Yeats, que siga buscando y encontrando para alcanzar una creatividad aún mayor a una edad avanzada. Conociendo a Dylan, hasta donde el misterio del genio nos lo permite, con toda probabilidad hará lo que quiera. Como siempre”.

Dylan tiene otros compromisos: el de luchar por seguir vivo y no acabar, como predijo en su única novela, “Tarántula”, que casualmente se publicó en aquel 1966, “demolido por el garbo vienés”. Si sustituimos “vienés” por “sueco” quedará perfecto.

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