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16 AGOSTO 2018
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El ejército europeo

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  379 votos
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En marzo de 2015, Junker, presidente de la Comisión Europea, declaró que “un ejército conjunto de los europeos daría a Rusia la impresión de que nos tomamos en serio la defensa de los valores de la Unión Europea”; este ejército “ayudaría a tener una política exterior y de seguridad común”. Parecidas declaraciones las hemos escuchado en 2016. Recientemente, Wolfgang Schäuble, ministro germano de finanzas y uno de los políticos de mayor peso de la Unión Europea, se declaró en octubre a favor de un presupuesto de defensa europeo.

Defender Europa de Rusia, maniobrar ante la victoria de Trump y la presumible retirada de EE.UU. del tablero de juego de la geopolítica europea (al menos, presupuestaria), el Brexit, Siria, Libia, ciberataques… enmarcan este tipo de declaraciones de los políticos. Se observa por tanto un patrón en ellas. Se aprovecha un hecho concreto, de entidad suficiente, para anunciar un ejército europeo.

¿Es algo nuevo? No. En 1948 se firmó el Tratado de Bruselas, con el recuerdo de la IIGM. En 1950, Monnet propuso sentar las bases de la defensa europea sobre una base supranacional y un presupuesto único, que rechazó la Asamblea Nacional francesa. Durante el resto de la guerra fría, hubo intentos de cooperación en armamento, si bien no es hasta el Tratado de Ámsterdam de 1999 cuando resurge, fuera del paraguas de la OTAN, un nuevo empuje europeo de defensa. El último, una declaración conjunta franco-alemana, de junio de 2016, tras el Brexit.

Este nuevo empuje aboga por una Europa capaz de defenderse a sí misma, incluso como pilar europeo dentro de la OTAN, como se vio en la pasada cumbre del Consejo en Bratislava. Para ello, la Unión cuenta con toda la estructura jurídica institucional del Tratado de Lisboa, que prevé la Cooperación Estructurada Permanente, para aquellos grupos de países que quieran avanzar hacia una unión más estrecha.

¿Es necesario? Un ejército europeo es una de las posibilidades para la seguridad de Europa. Hay otras, como seguir con 28 –menos GB– ejércitos nacionales, apenas coordinados, o mejorar en esta coordinación, que sería el camino hecho hasta ahora, o confiarlo todo a la OTAN, o confinarlo solo para misiones de paz. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico es muy conveniente porque, aunque la Unión es básicamente una potencia de “soft power” (diplomacia, cultura, misiones de paz, cooperación), un ejército europeo serviría mejor a nuestra defensa común, ante vecinos imprevisibles como Rusia, Turquía o el propio Sahel, amenazas terroristas físicas y cíber, guerras híbridas y asimétricas, o simplemente porque no debemos depender solo de los EE.UU. ni de su inmenso presupuesto, ni mucho menos del ánimo de su presidente de turno.

¿Es deseable? “Únicamente los príncipes que tienen ejércitos propios y las repúblicas que gozan del mismo beneficio hacen grandes progresos, mientras que las repúblicas y príncipes que se apoyan sobre ejércitos mercenarios no experimentan más que reveses”, reza El Príncipe, de Maquiavelo. Sin perjuicio de la eficiencia económica, y en la toma de decisiones, así como en la operativa y la adquisición de armamento, donde todo son ventajas, se trata de responder a la pregunta de si como europeos nos hemos reconciliado con nosotros mismos, con nuestra historia y creemos que sabremos trazar juntos el futuro. La unidad siempre es deseable.

¿Es posible? Sí, pero es caro. Dado que se trata de perder la última soberanía, su valor se mide electoralmente y en euros, pero la falta de presupuestos nacionales y la brecha tecnológica con EE.UU. hacen inevitable la fusión de ejércitos. Asimismo, falta una opinión pública europea receptiva. Será posible (el ejército) cuando se vea que es necesaria la unidad total. Los europeos debemos comprender que defender dentro y fuera la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho, así como nuestro bienestar, cuesta. No solo dinero. Votos, euros y vidas.

¿Es suficiente? Somos una superpotencia, parafraseando a la Alta Representante de la Política Exterior europea, pero un ejército no unirá a Europa –en tiempos de paz–, sino tomar conciencia de lo que “somos juntos en el futuro”, y queriéndolo, para defenderlo. Tiene que haber un pueblo que lo sustente, porque en el fondo lo que importa es que François, Anke, Pedro, Giovanni, Peter, Marcela, Hans… se sientan unidos y les importe a unos la historia del otro.

La Unión debe reaccionar ante la esterilidad de creer en ella solo como un fin en sí misma. Sólo recuperando el hombre su sentido de misión en esta vida, de cada uno, se le podrá dotar a Europa de su sentido y quién sabe si podrá configurarse en una Unión Federal con ejército. El ser de Europa es el ser de cada uno, y la Unión es simplemente un medio para el hombre europeo en su compromiso con la realidad.

Hay que evitar lo que vio Saavedra Fajardo en el siglo XVII en su viaje por Europa: “en todas partes (de Europa) vi a Marte sangriento, batallando unas naciones con otras, por el capricho y la conveniencia…”. Depende de cada europeo.

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