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13 DICIEMBRE 2018
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Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  177 votos
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"Revueltas en este continente devastado que es el nuestro se mezclan ruinas y novedades. Dominan las poderosas máquinas que nacen ya bellamente muertas. Palacios deportivos en los que cabe una entera ciudad, colosales hoteles tachonados de piedras preciosas, ciegan el sol cristalino depósitos de mercancías, puentes de titanio cruzan mares, trenes supersónicos se deslizan sobre bolsas de aire. Y al pie de estas quimeras técnicas, los sillares mohosos de una catedral desmochada, una Venus sin piernas, un fresco medieval que se cae a pedazos". Es la descripción de nuestro mundo que hace Félix de Azúa en El País, en un artículo homenaje al poeta T.S.Eliot. "Precisamente a nosotros, supervivientes de una muerte que ocultan las pantallas tras su centelleo idiota, un poeta como él nos representa" dice Azúa.

En este contexto, Pedro Simón escribe en El Mundo: "Se ha escrito mucho del olvido como forma de enfermedad. Pero no tanto del olvido como una forma de defensa. Esa decisión que toma una persona sana y feliz y que consiste en no querer recordar algo, ese encono en borrar de cuando en cuando el disco duro como purga de balneario, la determinación de mirar al otro lado cuando no nos gusta lo que vemos en la acera o en la prensa". Y pone un ejemplo: "‘Yo ya he decidido no leerte’, me dijo un amigo el otro día. ‘¿Y eso?’. ‘Porque me recuerdas cosas que no quiero recordar’. Les hablo de la niña que estalla en mil pedazos en Alepo después de confundir una bomba con un juguete. De la anciana de Reus que no tiene para pagar la luz y muere en un incendio provocado por una vela. De los dos menores que se ahogan cada día en el Mediterráneo. De a los que les persiguen los recuerdos”.

Es la misma idea que expone Luis Ventoso en ABC comentando la siguiente observación de un amigo suyo: "los hombres podemos vivir solo porque en todo momento jugamos a ignorar la realidad más importante de nuestras vidas, que es el hecho cierto de que vamos a morir. Si nos parásemos a pensarlo en serio, ni nos levantaríamos". Ante esta afirmación Ventoso dice: "Es verdad. Todos somos como el caballero cruzado del Séptimo Sello de Bergman, que disputa una desesperada partida de ajedrez con la parca. Pero preferimos no ver el tablero (...) La muerte se oculta y hasta se sueña con derrotarla. Además la ingeniería genética podría llevarnos a una pesadilla a lo Huxley, donde los ricos serían más inteligentes, longevos y atractivos que los pobres. Se sueña incluso con regresar de la última frontera. Una niña londinense de 14 años, que agonizaba víctima de un cáncer crudelísimo, ganó un pleito para que su cuerpo fuese conservado en un tanque de nitrógeno líquido, a la espera de que en un futuro remoto la ciencia le devuelva vida y salud. ‘Me muero, pero volveré dentro de doscientos años’, musitó esperanzada en su agonía".

El periodista Juan Cruz preguntaba al actor José Luis Gómez García en El País Semanal: "¿Está preparado ya para hacer el personaje de José Luis Gómez?" "¿La persona? -contestaba el actor- Estoy en ello". "¿Y cómo es, cómo viste?", insistía el periodista. "Más o menos como yo, relativamente discreto, un punto coqueto, con miedo a desaparecer y demasiado bajito”. Previamente José Luis había dicho que "el trabajo del ser humano consigo mismo es lograr ser uno", y que "hay algo que está detrás de las apetencias. Esa es la pesquisa que hay que hacer. Y hay algo que está detrás de las circunstancias, de las apetencias, de la satisfacción, del éxito. Unos lo llaman el ser".

A modo de conclusión, cabe citar el artículo de Antonio Lucas en El Mundo. "Toda época tiene su condición abstracta y su realidad ambigua. Y donde mejor se desencripta es en los libros. En los que uno compra con la fiebre de leer y en los que adquirimos por tenerlos, porque ya llegará el momento, porque tienen que estar en casa. Sucede a veces con lo que más quieres: algún día puede que lo alcances si no pierdes el deseo de vista. Alguien dijo que democracia era también permitir que el otro pudiera tener la posibilidad de leer libremente un libro, cualquier libro. Y yo en esas cosas creo. Ahora que la literatura importa cada vez menos, en general, resulta más excitante entrar en una librería sin vocación de nada. Tan sólo porque dentro, en tantos de sus anaqueles y mesas, están formuladas las mismas preguntas firmes que acompañan al hombre desde el hombre y casi nunca hemos coincidido en las respuestas. En el ejercicio de leer hay una visceralidad. Hay una búsqueda. Hay un respeto. Hay un silencio. Y, sobre todo, hay una interpretación. Los libros enseñan a saber no estar conforme".

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