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19 NOVIEMBRE 2017
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Belleza en gerundio

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Auditorio Pablo VI. Ciudad universitaria. Madrid. Tarde de un otoño ya frío. Julián Carrón presenta su Belleza Desarmada en diálogo con el antropólogo Mikel Azurmendi y el físico Juan José Cadenas, dos agnósticos. 800 asistentes. Algunos sentados en el suelo del gran auditorio. Hora y media de una conversación intensa. Silencio atentísimo solo interrumpido por algunos aplausos y algunas risas cuando la conversación se distiende. Tres hombres inteligentes, leales y cultos hablando como casi nunca se habla. A ratos se escapa un suspiro de sorpresa, de satisfacción. Por estar asistiendo a una conversación que tiene algo de milagrosa y mucho de bonita. ¿Quién dijo que un gerundio es feo? En realidad solo es hermoso lo que está en gerundio, como ponen de manifiesto los ponentes.

Azurmendi empieza dando las gracias: "tengo que agradecer que me hayáis hecho leer este libro. Es un libro muy serio para gente como yo, que busca la vida buena. Hay tres preguntas a las que responde este libro: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?; ¿por qué ese prodigio que supusieron las evidencias europeas está agotado?; ¿estamos en una época de cambios o un cambio de época?”. “Pero además en el libro hay un eje doble en torno al que rota todo –añade Azurmendi–. El de la teleología, estamos para algo, y el de la teología. Toda gira en este volumen en torno a las cuestiones del sentido”. Pronto sale el antropólogo que recuerda que los hombres en las culturas antiguas afirmaban un fin, lo que generaba una cosmovisión. Siempre hay una relación entre una cosmovisión y el estilo de vida. Pero, según el pensador vasco, La Belleza Desarmada se ancla en una teología nueva, en un acontecimiento. En Juan, y en Andrés, y en Zaqueo, y en la Magdalena, que creyeron por un acontecimiento y de ahí surgió un ethos nuevo.

“Carrón ha dado en el clavo, este libro propone un cambio de paradigma –añade Azurmendi–. Frente al paradigma pelagiano y moralista, aquí se bebe en las fuentes primigenias del asombro. Este libro es una cartografía para vivir la fe de un modo nuevo, para vivir de un modo más razonable del cristianismo, más razonable de cómo nos lo propusieron a nosotros”.

Juan José Cadenas expresa con franqueza sus preguntas. “¿Es la belleza el camino a la verdad? Lo cierto puede ser feo. La belleza puede ser una ilusión. ¿No puede ser la belleza una construcción de nuestra mente? Carrón cree que hay una conexión entre la belleza, la verdad y el amor. Yo no estoy seguro. El universo es bello. No seré yo quien cuestione su belleza. ¿Pero a qué verdad conduce esa belleza? Porque el universo se expande y su final es la soledad. No hay Beatriz, como en la Divina Comedia, al final del camino”. Cadenas confiesa que comparte con el autor de La Belleza Desarmada la pasión por Rilke. Pero Rilke asegura que la belleza es el umbral del terror. El físico lee unos versos del poeta que concluyen con un dramático interrogante: ¿a quién, a qué, entonces, podemos confiarnos? Carrón responde que a la osadía de un Dios hecho hombre. “No creo en ello, pero me atrae. Disiento de que sea necesario creer en la divinidad de Jesús. Pero, en última instancia, este libro es el catecismo que me hubiera gustado oír en mi niñez. Este es el catecismo que habría que poner como libro de texto. Me gusta la osadía, el descaro de esta gente de Comunión y Liberación”, concluye Cadenas en su primera intervención.

El responsable de CL recoge el guante del físico. Responde al problema de la belleza creada por la necesidad, a la hipótesis de Feuerbach: “el punto de vista del cristianismo es diferente al que proporciona el sentido religioso. El sentido religioso está ante el gran silencio del que espera señales. ¿Hay alguna posibilidad de que el Misterio diga algo? Para salvar la razón hay que respetar la categoría de la posibilidad. ¿Es la fe el origen del hecho o el hecho el origen de la fe? Ese será el debate entre quien se ha encontrado con un hecho y quien lo considera posible, asegura Carrón.

El autor de La Belleza Desarmada explica que con el libro ha intentado abrir un diálogo en una época de confusión. “Quería entender qué está pasando. Me ha ayudado lo que dice Benedicto XVI –señala Carrón–. Tras las guerras de religión se puso en marcha un proceso para salvar las grandes aportaciones que había hecho el cristianismo a Europa. Se intentaron salvar los valores que habían hecho digna la vida. Se intentaron salvar las evidencias desvinculándolas de su origen religioso. Benedicto XVI asegura que las convicciones cristianas eran innegables. Pero no han resistido, el proyecto de separar las grandes cuestiones de la vida de su origen histórico ha fracasado. La razón, que había conquistado ciertas evidencias, ha dado un paso atrás”. Los grandes valores se convierten pronto en irreales, asegura Carrón citado a De Lubac. Nada tiene la consistencia de antes. De esto tiene también la culpa la Iglesia. Dirigiéndose a Cadenas y Azurmendi, Carrón subraya que algo no ha funcionado en la transmisión de la fe.

“Todos estamos, seamos cristianos o ateos, ante el mismo desafío –añade el teólogo–. El desafío no es abstracto, tiene que ver con la vida cotidiana. ¿El cristianismo tiene algo que ofrecer? Si hay algo que ofrecer no puede ser solo un razonamiento sino un acontecimiento. ¿Es algo que nos hemos inventado? A nosotros nos ha pasado algo que nos ha llenado de asombro”.

Azurmendi subraya en una segunda intervención que lo que más necesitamos es desterrar el odio. “Desterrar el odio es muy difícil. Lo primero es salir de la ideología. Y el problema es que la Iglesia ha estado armada desde Constantino. Este libro ayuda a salir de la ideología”. El antropólogo añade que el cristianismo es la religión nueva porque es una religión del tú. Todas las religiones eran del nosotros, el cristiano es la religión del tú. El libro no dice lo que hay que hacer, dice cómo hay que hacer, buscando el sentido. “Las ideologías son necesarias, pero por encima de ellas está la fraternidad, está el tú”, concluye Azurmendi.

Cadenas añade que tiende a considerar que las evidencias vienen de la razón científica. “Pero no soy tonto, y la evidencia más grande es el amor por mis hijos”, señala el físico. Carrón concluye que “el tú, del que estás enamorado, el tú de tus hijos, es la energía que puede ensanchar la razón. ¿Qué es lo que puede responder a los muros? El muro no puede prevalecer sobre el tú, sobre la belleza de enamorarse, la belleza de un hijo, la belleza de un testigo que hace posible lo imposible. Por eso la Iglesia tiene que desarmarse”, señala.

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