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27 MAYO 2018
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El nuevo sueño cubano

Giovanna Parravicini | 0 comentarios valoración: 3  328 votos
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"Cuba libre". Así dice el cartel pegado en un bar en la esquina de la calle donde está la sede de nuestro centro en Moscú, la Biblioteca del Espíritu. Y ayer la revista “Literaturnaja gazeta” dedicaba un poema al “comandante Fidel”, invocándolo en los puntos calientes de hoy en día, desde el Donbass hasta Damasco y Alepo.

Con la muerte de Fidel Castro se cierra para Rusia toda una época de mitos nunca superados, ni siquiera en la época en que cayeron muros e ilusiones. Para generaciones de soviéticos y exsoviéticos sigue quedando una leyenda del comandante que llevó la revolución a las puertas de América. Pero desde hace casi un año Cuba ha vuelto a aparecer en el horizonte de los rusos en otro contexto muy distinto: como lugar del encuentro histórico del 12 de febrero entre el patriarca Kiril y el papa Francisco.

Quizás también por esto, al leer la noticia de la muerte de Fidel Castro la primera imagen que me ha venido a la mente es la que Francisco definió como “icono” de lo que hemos celebrado este año santo, la “misericordia y la mísera”, el encuentro entre Cristo y la adúltera.

No se trata ciertamente de apelar a los sentimientos personales de la fe del último líder comunista del siglo XX, aunque sus largos discursos sobre lo divino y lo humano lo convirtieron en un caso anómalo entre tantos políticos pragmáticos y burócratas ideológicos. En estos días alguno lo ha definido, probablemente con razón, como “un nacionalista redentor, que se apropió de categorías de la religión aprendidas en su juventud y en nombre de la liberación nacional se sometió al peor de los imperialismos”.

Recientemente, el cardenal Jaime Lucas Ortega, arzobispo emérito de La Habana, recordaba una frase pronunciada por Benedicto XVI después de su visita a Cuba: “La Iglesia debe ser para el diálogo. La Iglesia no está en el mundo para cambiar gobiernos sino para penetrar con el Evangelio en el corazón de los hombres. Este debería ser siempre el camino de la Iglesia”. Benedicto era consciente de que había podido visitar Cuba, como hizo antes Juan Pablo II, precisamente porque la Iglesia local –destaca Ortega– había mantenido una posición dialógica. De nuevo el cardenal Ortega citó pocos meses después, durante el cónclave, estas palabras de Ratzinger a Bergoglio, que le respondió: "Esta frase del papa Benedicto habría que ponerla en un cartel a la entrada de todas las ciudades del mundo”.

Fidel Castro es un personaje difícil de clasificar dentro de un esquema. Si Putin le ha rendido homenaje llamándole “amigo sincero de Rusia” y definiendo a su Cuba como “libre e independiente” y un “ejemplo de inspiración para muchos países”, algunos documentos desclasificados del Politburo publicados por el periódico Kommersant muestran que la historia de las relaciones con la URSS estaba llena de desacuerdos y desconfianzas, incluso de escándalos como las declaraciones del líder al periodista americano Herbert Matthews en 1967: "Los países comunistas como Rusia se están volviendo cada vez más capitalistas, cada vez más basados en estímulos materiales”.

Es imposible medir para él –como para cualquier persona, incluida la “adúltera”– hasta qué punto su corazón había sido penetrado por el Evangelio. Pero en el relato de otro testigo de excepción, Joaquín Navarro-Valls, portavoz de Juan Pablo II, podemos recuperar unas palabras con las que, con motivo de la histórica visita de Wojtyla a Cuba en enero de 1998, Fidel despidió al Papa en el aeropuerto: “Le agradezco todas las palabras que ha dicho, incluso las que podrían no gustarme”. En cierto sentido, una respuesta tácita a la esperanza manifestad por Juan Pablo II en su vuelo a La Habana, cuando un periodista le había preguntado qué esperaba del presidente de Cuba: “Espero de él que me explique su verdad, como hombre, como dirigente y como comandante”.

A casi veinte años de distancia de aquel encuentro, el sueño ecuménico del papa Wojtyla se hizo realidad precisamente en La Habana, en el encuentro entre Kiril y Francisco. Un encuentro que no solo fue un punto de llegada. En la conciencia de muchos (con mayor claridad dentro de la Iglesia y más indistintamente, pero no por ello menos vivamente en ambientes externos a ella) constituye un punto de partida, la prueba de que es posible, realista, esperar y trabajar para que el abrazo y las palabras de la declaración común suscrita en Cuba tomen carne y se traduzcan en un camino común, en un testimonio común de vida. Hoy el nuevo sueño cubano lentamente se está haciendo realidad.

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