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4 DICIEMBRE 2016
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'Gran Torino', ¿quién dice más con menos?

Enrique Chuvieco

Gran Torino es la última historia que nos cuenta delante y detrás de las cámaras el inconmensurable Clint Eastwood a sus ochenta años y que ha estado ausente en cualquier mención de los Oscar, no sabemos si porque escocía entre los "sabios" que algo tan deslumbrante se hubiera rodado en un mes y dos días con actores desconocidos y presupuesto de saldo pero con supertaquilla (lleva recaudados 130 sólo en Estados Unidos, lo que nunca consiguió en anteriores cintas), ya que no existían razones fílmicas de peso que hicieran sombra a este nuevo relato de redención que nos propone el director de Sin perdón.

Tras la muerte de "la mejor mujer que ha existido" desaparece también del horizonte del protagonista de este relato todo sentido en un mundo que percibe hostil y del que ya nada puede esperar. Así, escéptico, irascible, insultantemente "borde", cierra el paso a cualquiera, aunque sean sus hijos y nietos. Éstos aguantarán los improperios del ochentón con un objetivo: conseguir ventajas materiales, entre ellas el reluciente Gran Torino, el modelo de Ford de los 60 que montó Kowalski cuando trabajaba en esa factoría, al que dedica sus únicos desvelos actuales junto a su perra.

Los demás se pueden pudrir para este veterano de guerra. Pero su plan se viene abajo por la insistencia del sacerdote que acompañó espiritualmente a su mujer en los últimos meses de vida, haciéndole prometer que confesaría y cuidaría de su marido cuando ella faltase. El "joven virgen de 27 años que habla pero que no sabe nada de la vida ni de la muerte", como le increpa Kowalski, y su vecina oriental Sue, van a poner patas arriba los esquemas del viejo intempestivo.

La salvación viene de fuera y la reconocemos dentro

Gran Torino evidencia la formidable conexión primaria entre nuestros anhelos y su cumplimento por la realidad, en una relación que es camino y forcejeo hasta experimentar el sentido cuando la abrazamos. Es el trayecto que recorren Walt Kowalski, el sacerdote, Sue y su hermano, el primero abriéndose al encuentro con los demás y reconociendo el afecto que recibe gratuitamente y los demás soportando los improperios e ironías del viejo al que, por distintos motivos, descubren valores que otros ni aprecian.

En este camino no hay atajos y a ninguno de los implicados se le ahorran los sacrificios -cualquier relación es costosa- necesarios para que se vuelva más verdadera, ya que el afecto, el amor, no se para en dificultades si es verdadero, y no por obligatoriedad, sino porque nos importa cada vez más lo que les ocurra a quienes amamos.

Muchas críticas del film sólo aluden al trauma que viven los estadounidenses viejos por la convivencia con inmigrantes (en línea, también, Tierra de abundancia, de Win Wenders) y cómo Kowalski es "capaz" de superar sus prejuicios. Pero este planteamiento es irreal e ideológico: Kowalski se acerca a sus vecinos orientales porque recibe afecto de Sue y de la acogida que realiza la familia de la chica, si no ¿de qué se va a mover el viejo para encontrarse con sus vecinos? Eastwood lo deja bastante claro: le interesan las historias verdaderas y ésta lo es a rabiar, por lo que se cuenta y por cómo lo encarnan los protagonistas.

Kowalski es creíble como el resto de los personajes de Gran Torino, pero así debe ser en quien conoce al ser humano y sus reacciones como le sucede a Clint Eastwood (incluso él mismo se parodia en su antigua época de Harry, el Sucio), por eso es un clásico, porque capta a la perfección la hondura humana despojada de ideologías, que son transitorias.

La contrariedad inicial del veterano de guerra ante un mundo que no comprende se tornará en donación total. ¿Por qué? Véanla y sigan a Walt Kowalski, es una escuela de vida.

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