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18 AGOSTO 2018
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Miseria y belleza

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  191 votos
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Ese suspiro del que hablábamos la semana pasada (Algo pide atención) sigue haciéndose un discreto hueco en las páginas de la prensa. Antonio Lucas ha dedicado su columna en El Mundo a recordar los diarios de la poetisa estadounidense Sylvia Plath. A la que describe como "una mujer que se desangra por dentro". "Todos los diarios tienen algo de vestigio de un naufragio. Sobre todos los felices, que son los menos", argumenta. Por su parte, Joana Banet, en La Vanguardia, en un artículo sobre la posverdad, deja escapar en un párrafo: "a pesar de que las cosas no vayan mal del todo, hay noches en que nos sentimos como una auténtica piltrafa porque alguna emoción nos ha noqueado; noches en las que prevalece un abatimiento que nos ha secuestrado por encima de la verdad". Incluso Pedro Simón, en un artículo sobre un partido de fútbol en El Mundo, deja leer un suspiro: "Lo mejor de los descansos también era que había tiempo para pensar. El descanso como respiro, el intermedio como borrón y cuenta nueva. La sensación de que no estaba todo dicho. Lo imprevisible como posible. Ese momento bisagra en el que todos tenemos muy claro que le podemos dar la vuelta a lo que sea. La posibilidad de cambiarlo todo en el segundo tiempo. El descanso es bueno porque te permite girarte y ves a los otros, porque eres consciente de tu lugar en mitad de la masa, porque tomas aire y distancia. La certeza de tener aún 45 minutos por delante, que en el fútbol equivale a media vida".

También en el mundo de la educación, un factor a tener en cuenta estos días que se discute sobre el posible pacto educativo, tiene cabida este suspiro. "Ignoramos un problema central de nuestro sistema educativo -resalta José Ignacio Torreblanca en El País- que es enormemente aburrido. Porque se aburren los que aprueban, los que suspenden, y hasta los que encuentran la disciplina y la concentración para sacar sobresaliente". También en El País, parece que Manuel Cruz le responde: "la única manera de enseñar filosofía es filosofando, esto es, intentando establecer esa relación viva con la propia tradición a la que nos instaba Hannah Arendt. Porque enseñar a filosofar es, en sustancia, enseñar a asombrarse, y asombrarse es precisamente no dar por bueno lo que por parte de la mayoría es tenido por obvio y, por tanto, es dejado fuera de discusión (...) La descripción es casi literal: cuando un filósofo imparte una clase, ofrece una charla o simplemente dialoga con alguien puede sucederle que, de pronto, advierta que la mirada de su interlocutor se ha iluminado con un nuevo brillo. La experiencia tiene algo de mágica y la conocen bien quienes han hecho de perseguirla el motor de sus vidas: se produce en el instante en que prende en los ojos del otro el fuego del asombro, y a los que se lo entregaron les es dado constatar la intensidad con la que ha empezado a arder".

Sin embargo, este artículo se titula “Miseria y belleza”, ¿qué tienen que ver con lo hasta ahora dicho? Guillem Martínez, ha escrito Sobre la belleza en ctxe.es. Se refiere a una mujer florentina de la época de Botticelli (y pintada en muchos de sus cuadros). El último párrafo del artículo dice así: "Simonetta, la belleza, la belleza absoluta, la que impide que pienses en otra cosa que no sea la belleza, aparece, en esta historia resumida y depurada, de pocas líneas, junto a tumultos, linchamientos, agresiones, la colonización salvaje de un continente, el integrismo, el fanatismo, el fuego, la vanidad, el poder, la pobreza, la riqueza y la decadencia personal. Un indicio de que la belleza, en efecto, siempre se entremezcla con todo lo contrario, con sus opuestos, con el hedor del mundo. Cuando la ves y te sacude el alma, en la calle, en casa, en tu habitación, no significa que todo lo peor del mundo no exista. El milagro con el que la belleza golpea la frente y el pecho consiste, quizás, en que la belleza siga existiendo, rodeada de toda la inmundicia a la que se aferra". Tenemos un ejemplo. En El País Semanal, Rosa Montero cuenta lo que le pasó al encontrarse con un mendigo: "resoplé, enrabietada contra mí misma, contra el mundo, contra los explotadores, sabiendo que iba a intentar paliar mi desasosiego con una maldita limosna. Me acerqué rápidamente, eché dos tristes euros en el bote que tenía delante de él y salí escopetada. Pero entonces el hombre me chistó, deteniendo mi huida. Me volví y advertí que el mendigo estaba cogiendo un objeto pequeño que había sobre la manta. Estiró su bracito maltrecho y me lo tendió; desconcertada puse la mano y él depositó en mi palma un bellísimo cristal pulido del tamaño de una alubia, con un color azul profundo y una limpia y oscura transparencia. Alcé la cara, atónita, y por primera vez vi de verdad al hombre. Sus ojos eran de un tono verde uva imposible, maravilloso. Una mirada sobrecogedora que no parecía pertenecer a este mundo. Me dijo algo en una lengua desconocida. Yo le susurré gracias con la garganta apretada, las gracias más sinceras que he dicho en mi vida, y me fui con el cristal dentro del puño. Horas más tarde, aún trastornada por el suceso, escribí a un amigo contándole la historia, y él me contestó: ‘Es un hierofante; no sientas pena de él’. Me pareció precioso: sí, un hierofante, que en la Grecia antigua era el sumo sacerdote de los cultos mistéricos. De hecho la palabra hierofante significa ‘el que hace aparecer lo sagrado’, y eso era exactamente lo que había logrado nuestro mendigo: que por un instante se parara el rotar del planeta, que estallaran el misterio y la belleza de la vida, todo aquello que es mucho más grande que nosotros. Me sentí bendecida, porque eso es lo sagrado para mí, que no soy creyente. Ese hombre contrahecho, que ha debido y debe de tener la existencia más dura que pensarse pueda, fue capaz de elevarse por encima de todas sus limitaciones y, revestido de una suprema dignidad, me dio un regalo que nadie hubiera podido pagar ni con todo el dinero del mundo. Y aquí estoy, agradecida, con su hermosa lágrima de cristal en la mano".

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