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18 OCTUBRE 2018
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Berlín: el mal no es irrevocable

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Madrid, Londres, París, ahora Berlín. Las personas asesinadas en la capital alemana celebraban de forma tradicional la Navidad que se acerca. En un mercadillo y junto a una iglesia destruida, memoria de lo que supuso otra borrachera ideológica en la Europa del siglo XX. Las víctimas celebraban por adelantado el gran acontecimiento de paz que marca la historia: la afirmación de la dignidad, de una compasión infinita por cada persona.

Una violencia imprevisible ha vuelto a dejar muchas familias rotas, mucho dolor, mucho sufrimiento. El sufrimiento de esas víctimas es nuestro. Sin asumirlo, de algún modo, nuestra respuesta sería incompleta. Rezar por los fallecidos y por los heridos, para quien tenga experiencia de Dios, no es un gesto inútil. Necesitamos, cada uno con su tradición, afirmar el valor infinito de nuestras víctimas, el valor que ha querido negar un terrorismo nihilista.

El ataque de Berlín y los anteriores que hemos sufrido ponen de manifiesto nuestra vulnerabilidad. Hay mucho que hacer todavía en coordinación policial. Hay muchas responsabilidades que exigir a los países de Oriente Próximo que financian una instrumentalización ideológica y violenta del islam. Países que en muchos casos aparecen como aliados de Occidente. Hay que exigir a los líderes religiosos que rechacen sin ambigüedad el asesinato en nombre de Dios. Los últimos pronunciamientos de Al Azhar, la gran mezquita suní de Egipto, no son suficientes.

Pero esta violencia requiere mucho más de nosotros europeos. El terrorismo quiere sembrar un mal irreparable, generar la división, cuestionar nuestra estima por la dignidad de toda persona, de cualquier persona. El terrorismo conseguiría su propósito si diera alas a los que cuestionan la política de acogida de los refugiados, si alentara el populismo. Estamos ante una provocación. Nos equivocaríamos si empezáramos a poner en duda lo que nos ha hecho europeos. Son tiempos difíciles, tiempos que nos exigen una experiencia cargada de razones para vivir y para morir, para no tener miedo de nosotros mismos y de los otros. No bastan los valores abstractos, no basta nuestra gran tradición. El desafío es demasiado grande. Nos hace falta algo, alguien, que nos sostenga, que nos acompañe, que ponga carne a aquello en lo que creemos. La historia de la Navidad es la historia de esa carne.  

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