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17 NOVIEMBRE 2018
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La mano de Herodes sobre la cuna del niño Jesús

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 3  313 votos
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La mano del terror se abate esta vez sobre Berlín. Una ideología perversa, que priva a las personas de su propio rostro y los deja reducidos a símbolos, ha invadido uno de los mercados navideños más populares de la ciudad, sembrando de nuevo el terror y la muerte.

Entre los puestos se consuma el deseo y la espera de muchos que, más allá de las múltiples reducciones llevadas a cabo en nuestro tiempo, todavía reconocen en la Navidad un momento de unidad y de paz, de serenidad y bien. La furia de Herodes se vuelve a dirigir contra la cuna del Niño Jesús y la matanza de los Inocentes vuelve a ser sinónimo de una violencia ciega y despiadada, un odio obstinado y convencido que trata de eliminar todo aquello que somos y representamos. Esa Europa a la que tanto le cuesta existir como unión de estados y como comunidad es paradójicamente, a los ojos de los terroristas, bien compacta y sin fronteras, testimonio inequívoco de una cultura y de una civilización que atacar y abatir.

Otra vez el mundo se para, otra vez Occidente cuenta a sus muertos, pero –sobre todo– otra vez el continente tiene que medirse con su incapacidad para responder y reaccionar a todo esto. A la UE le falta una expresión social y civil porque le falta el sentido último de una pertenencia, de una conciencia de sí, de una vocación. El atentado de Berlín saca a la luz la pobreza de una identidad que solo sabe declinarse en función de un binario económico nutrido por la austeridad y por un nacionalismo que se ofrece como solución a buen precio, actitudes opuestas pero complementarias que se ponen de manifiesto en el rechazo total a su propia historia, en la condena sesetayochista de lo que somos y de lo que hemos construido con nuestro frágil intento de ser un pueblo, de ser sociedad.

Una unión de naciones que se encamina hacia el suicidio y por tanto herida en el corazón por un pasado que ha rechazado obstinadamente y –precisamente por ello– se encuentra sin dirección ni futuro. La guerra total que tantos querrían, igual que la inercia letal que sostienen otros, no se mide con lo que vino a salvar el Niño Jesús: una paternidad capaz de llevarla por un camino más elevado. Los muertos de Berlín son en realidad huérfanos, hombres privados de un Padre que ya no saben, precisamente por eso, ser hermanos. Sea cual sea el epílogo de esta enésima tragedia, sea cual sea la próxima votación o la próxima contienda nacional que pronto ocupe el lugar de nuestras lágrimas de estos días, lo que ha pasado en el corazón político del continente en la semana de Navidad es una advertencia para todos: mientras no recuperemos nuestra propia identidad, mientras no volvamos a vivir una experiencia auténtica y abierta de la realidad y de la vida, solo sabremos reaccionar, contraatacar o –más mezquino aún– agachar la cabeza y callar.

En vísperas del 25 de diciembre, lo que más necesitamos es una educación, un camino que nos permita reconquistar, transmitir y reelaborar la herencia de nuestros padres para poderla expresar en el momento presente con la fuerza de quien está agradecido por lo que ha recibido, y con la perspectiva de quien está seguro de su destino. Un horizonte que no podemos dejar en manos de la muerte pero que necesita, una vez más, del gemido de la Vida, de la belleza desarmada de un Niño que, con su presencia, vino al mundo para cambiar nuestro corazón y hacernos el gran don de la salvación, de una existencia realmente humana que sepa responder a cualquier odio con la ternura de un Bien, con la certeza de un Amor, con la mirada sencilla y revolucionaria de un Hijo. Para volver a descubrir el don que nos ha sido dado, para recuperar el gusto de volver valientemente a vivir juntos. En todo, incluso delante de la muerte.

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