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20 OCTUBRE 2018
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Ese estupor que nos cambió la vida

Adriano Dell`Asta | 0 comentarios valoración: 3  395 votos
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Romano Scalfi ha subido al cielo el día de la venida a tierra del Señor. Solo eso ya es un gran misterio y un gran consuelo. Decir que deja tras de sí una enorme herencia es verdad, porque Rusia Cristiana es sin duda una realidad cuyo papel y testimonio son indiscutibles. Todavía estábamos pensando en redactar un comunicado en ruso cuando la red se llenó de comentarios y homenajes de los primeros amigos rusos que se habían enterado de la noticia. La gran poetisa Olga Sedakova escribía, menos de tres horas después de la muerte del padre: “pocos como él amaron tanto a Rusia y su tradición cristiana, e hicieron tanto para que fuera conocida en el mundo”. Sin duda, la herencia que deja el padre Romano es enorme.

Pero decir todo esto no es suficiente, porque el padre Romano deja algo más. Deja una miríada de personas que se lo deben todo. Yo mismo le debo todo, como muchísimos otros, pero como todos de una forma única. Él mismo solía decir que Dios los crea únicos, mientras que el diablo hace copias.

Por tanto, a él debo todo lo que me constituye. Ante todo, gracias al padre Romano recuperé la fe, como muchos otros, pero como algo que era para mí. En Legnano, una noche de niebla en que yo buscaba las vías de la revolución, él me hizo caer en la cuenta de otra Rusia a la que amar sin miedo: la de un Cristo capaz de transfigurar el mundo entero, donde no hacía falta soñar un futuro brillante porque el presente ya estaba totalmente lleno de sentido, un sentido que pasaba a través de las injusticias, las dificultades y el dolor, sí, pero que no por eso era menos real, concreto y eficaz.

Luego, gracias a él, encontré una dirección que darle a mis investigaciones y a mis estudios. Mientras muchos seguían perdiéndose siguiendo contraposiciones abstractas (derecha e izquierda, conservadores y progresistas, fe y razón), él nos hacía descubrir en la fe una potencia de unidad y de significado que lo simplificaban todo, sin separarnos ni un instante del compromiso del trabajo ni anular la dificultad de los problemas y divisiones. Sencillamente, la fe, igual que Cristo, se convertía en “luz de la razón”, y en esa luz la razón podía funcionar mejor, resolviendo problemas sin anular el misterio de la vida. “Los conceptos de Dios crean ídolos, solo el estupor aferra algo”, no dejaba de repetirnos en los seminarios que impartía en la Universidad Católica junto a don Giussani. Era precioso verlos discutir sobre quién había sido el primero en sugerir al otro aquella cita de Gregorio de Nisa. Para luego empezar con una serie de citas que nos dejaban sin palabras por lo hermosas que eran y por su capacidad para comprender y exaltar todo nuestro deseo de verdad. Mientras descubríamos la vieja tradición, surgía toda una nueva Filokalia del oriente y occidente modernos, con Leopardi, Péguy, De Lubac, Dostoievski, Soloviev, Berdiayev.

Gracias al padre Romano, en un mundo que pretendía resolverlo todo y producía más crisis de las que creía superar (eran los años de la contestación y el fin de los grandes sueños), pudimos comprobar que aquella razón, iluminada por la fe, daba luz a nuestra vida precisamente porque nos permitía descubrir el misterio que la hacía inagotable, irreducible. No era un discurso ni una proclama, sino el relato de la resistencia en los campos de concentración y en las prisiones soviéticas, es decir, el relato de cómo era posible vivir incluso en el abismo de la negación más radical de lo humano.

Gracias a él, en un mundo que vivía del comunismo y el anticomunismo, descubrí que el problema no era oponerse ni alinearse, sino amar y proponer un lugar donde vivir. Pensando en ello, después de tantos años, lo más evidente es que el problema del anticomunismo nunca fue central para el padre Romano, a pesar de lo que decían tantos críticos de Rusia Cristiana. No es que tuviéramos cierta simpatía por el sistema soviético, sino el ansia de revolución que ardía en mi generación, pero si solo hubiera sido ese el principal motor que me movía nunca me habría acercado tanto al padre Romano. La cuestión es que era otra cosa lo que nos mantenía en primera línea: no la búsqueda de un enemigo, sino un lugar donde vivir. Y era, sin duda alguna, sin vacilación ni disfraz, la Iglesia, el lugar de la presencia de Cristo, una vez más atravesado por todas las divisiones y pecados, porque las iglesias estaban divididas, pero el padre Romano nunca nos las hizo percibir así. Había diferencias pero los ortodoxos eran nuestros hermanos y sus mártires eran padres de nuestra fe recuperada. Así, el problema de la unidad no era el de la conquista o conversión del otro sino el de la conversión y testimonio propios. Que los católicos se hicieran cada vez más profundamente católicos y los ortodoxos más profundamente ortodoxos, y la unidad donada en Cristo ya se haría visible, nos repetía una y otra vez el padre Romano.

Lo siguió repitiendo hasta el fin, lo siguió viviendo hasta el fin. Celebraba todos los días, pero ya solo predicaba los domingos, y lo siguió haciendo hasta el primer domingo de Adviento, cuando quiso a toda costa bajar a la capilla, a pesar de su fiebre. El tema fue el de todas sus homilías desde hace más de un año: Cristo y su misericordia, pero ese domingo con un matiz distinto e inesperado, lo central no era el Adviento sino su segunda venida como presencia definitiva.

Así hasta los últimos días. Dijo misa hasta el final. Es más, al final, los últimos días, ya no decía mira, él era la misa: la presencia de Cristo siempre es real en la misa pero en él se hizo tan desbordante que invadía toda su persona, hasta físicamente, en el sacrificio eucarístico, con un afán y un dolor que eran verdaderamente como los de Cristo, con una necesidad y luego una paz indescriptibles, como si ese fuera el aire que le permitiera vivir, cuando cada vez le costaba más respirar.

Cristo ya era todo y eso es todo para un cristiano.

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