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25 SEPTIEMBRE 2018
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Una necesidad de comprender que se queda sin respuesta

Salvatore Abbruzzese | 0 comentarios valoración: 3  473 votos
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En una época caracterizada por un denso flujo cultural como la actual, presa de la contingente crisis económica y la creciente inestabilidad política, pocos autores han gozado en vida de la notoriedad de Zygmunt Bauman (1925-2017). Una notoriedad que ha sobrepasado de lejos los ámbitos académicos y los círculos intelectuales para llegar a un público mucho más amplio, hasta erigirse en referencia de ese mundo global que este sociólogo y filósofo examinó rigurosa y profundamente.

Tal correspondencia entre Bauman y el gran público no es en absoluto casual. De hecho, este sociólogo polaco se presentó ante todos como uno de los pocos intérpretes lúcidos de las tensiones contemporáneas, capaz de ofrecer claves interpretativas a la medida de un presente cada vez más oscuro e inquietante. De manera análoga a otras personalidades del panorama cultural de los últimos veinte años, Zygmunt Bauman se empeñó a fondo en hacer una interpretación de la sociedad posmoderna, analizando en profundidad la progresiva degradación de un sujeto que vive cada vez más solo ante el factor clave de la globalización que le distingue. Pero, a diferencia de otros analistas sociales que consolidaron itinerarios parecidos, alcanzando conceptos igualmente clarificadores, desde la “sociedad del riesgo” de Ulrich Beck al “fin de las sociedades” de Alain Touraine, Bauman nos ofreció metáforas interpretativas –como la conocidísima “sociedad líquida” o la elocuente expresión “vidas desperdiciadas”– capaces de situarse entre el análisis y la denuncia, entre la descripción del escenario contemporáneo y la indicación de contradicciones que bloquean el desarrollo, convirtiéndole en uno de los representantes más eficaces de una ciudadanía intelectual militante.

Precisamente por ello, fue de los pocos en ser leído incluso cuando sus textos no seguían la onda de los hechos propia de una crónica explosiva (como pasa con Gilles Kepel) ni intentaban hacer una relectura del proceso de construcción del mundo moderno (como es el caso de Alain Finkielkraut y Rémi Brague), ni reconstruían analíticamente un proceso específico de fragmentación social (como Chantal Delsol). Zygmunt Bauman era y seguirá siendo (porque la cultura, como decía Hannah Arendt, es la patria inmortal de los hombres mortales) el intérprete de la sociedad global actual, de los riesgos que esta comporta, así como de las introversiones que terminan caracterizando a aquellos que los sufren.

Ha sido un observador del presente, que captaba en su inmediatez, más que un analista del itinerario histórico que lo genera y del que es resultado. Justo este interés suyo por el presente hizo que Bauman se mostrara a la altura de un deseo generalizado de comprender y tener una interpretación general de cuanto sucede hoy, ofreciendo amplias claves conceptuales, capaz de contextualizarlo todo. Su muerte desvela la amplitud de esta necesidad global que había encontrado en él a un intérprete eficaz, y a un militante de los valores compartidos e incontestables que fundamentan la convivencia civil.

Bauman intentó registrar la amplitud del cambio que se está produciendo, renovando así uno de los caminos más consolidados de la sociología, el de ser la ciencia de la crisis, de la fractura de los vínculos sociales, del decaer de las interpretaciones compartidas del mundo y de la vida. Su muerte nos permite reconocer aún mejor la amplitud de una demanda de comprensión actual por parte de una sociedad que ya no se reconoce a sí misma, ni ve las profundas fracturas que se hunden entre los distintos grupos sociales, donde las clases dirigentes ya no saben captar ni comprender las tensiones que sacuden la sociedad que gobiernan, ni los miedos que la atenazan.

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