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20 SEPTIEMBRE 2018
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Es invierno

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  271 votos
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"Deja el zorro su rastro sobre la nieve. La tierra duerme un sueño de muerte. Crujen bajo las pisadas los charcos helados del páramo. Tiembla desnudo el roble. Y el cielo se derrumba sobre el sotobosque (...) Los bueyes se recogen en la cuadra, los conejos dormitan en sus madrigueras, las serpientes mudan de piel. Y los hombres se acoplan a los ritos de sus padres, que son los mismos que los de sus abuelos. Castilla eterna, callada, invisible, que apenas sobrevive de sus pesares". Así describe Pedro G. Cuartango el invierno de Castilla en El Mundo.

Es invierno. La niebla es característica de esta estación. Inma Monsó recuerda en La Vanguardia las tardes de niebla de su infancia: "ese contraste de dureza y alegría, la de llegar a la casa que mi pobre madre intentaba hacer acogedora y cálida, me dejó recuerdos imborrables y siempre busco y deseo la niebla cuando estoy ahí (...) Cuando está presente, no siempre es tan densa como entonces: los días de enero en que he estado ahí ha sido niebla alta, tan alta que parecía una de esas ciudades centroeuropeas que ni tienen el excitante enigma de la niebla ni la alegría de los días soleados. Otras veces es como una de esas neblinas semisucias de Barcelona: un manto de vapor light, poco íntegro, indeciso y posmoderno, que deja pasar algunos rayos de sol. Y esa es la peor presentación, porque ni tiene la gracia alada de la neblina rural ni la consistencia de lo que fue (y aún es a veces) la misteriosa y exuberante niebla de Ponent, que a cada paso prometía una aventura insospechada".

Luz Sánchez-Mellado describe en El País esta búsqueda de la 'aventura insospechada' de otra manera; la llama 'ansia viva': "Son diez, quince minutos, media hora los peores días, pero esa eternidad en la que se te agarrota el espinazo, se te sale el corazón del plexo, se te viene el estómago a la boca y no te llega el pijama al cuerpo no te la quita nadie. Eso, sin que te pase nada ni a ti ni a los tuyos sino las prisas, las penas, las presiones, la vida. Nada distinto de lo que te pasaba anoche, cuando cogiste la cama como quien coge el último tren de vuelta al útero y cerraste al tiempo las pupilas y las rendijas del pánico a los peligros de ahí fuera. Bendita cama. Bendito sueño. Bendita tregua. Porque la guerra sigue. Cuando vuelves en ti de repente, siempre a la misma hora de la madrugada oscura del alma, malditos biorritmos, ahí sigue el dinosaurio (...) Entonces, debajo de la manta, o del nórdico gordo, o de la sabanilla fina en verano, tratas de recuperar el resuello y convencerte de que no, la mancha que te ha salido en la frente no es el aviso de un melanoma que te va a devorar viva. De que no, en el trabajo no se van a dar cuenta de que eres una impostora y te van a dar puerta. Y de que no, no van a caer sobre ti una tras otra las siete plagas de Egipto. Luego te levantas, te duchas, te pones la armadura de enfrentarte al prójimo, te tomas el primero de los equis placebos con los que vas engañando a la bestia a lo largo del día y parece que el tigre se domestica hasta que te arrea el próximo zarpazo y te vuelve a dejar tiritando de miedo a todo y a nada. Quien lo ha sentido sabe de lo que hablo".

De la niñez y del ansia viva habla Juan Cruz en El País: "Se acabó la Navidad, que incluye los Reyes; la sustancia, desmentida por el extremo uso del comercio, es el afecto; la gente se regala para regalarse a la vez. Y todo es caro, menos lo que queda de la mirada de los niños. Ellos no conocen aún las estadísticas ni los precios de la felicidad impostada que se exhibe en los escaparates y que luego forma parte de sus cuartos. Después vendrán otras ambiciones, la edad adulta, las distintas versiones brumosas de la ruina. Dice el poeta canario José Luis Pernas que hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo. Y eso es la vida, la búsqueda de una esperanza para seguir viviendo". Pero continúa: "hay una imagen, escolar y adulta, que no nos deja nunca, que es una fortuna y a la vez una ilusión retrospectiva que marca y ejecuta la escultura de niebla que es el futuro. La imagen del maestro, ese hombre que levanta las persianas de la escuela y que luego maneja, con el saber de enseñar, con el saber de aprender él a la vez que enseña, el momento más importante de todos: cuando la vida se sitúa en el exacto momento en que todo puede ser posible o todo se puede ir al garete".

Uno de los intelectuales que mejor ha sabido entender el mundo en el que vivimos es el filósofo y sociólogo recientemente fallecido Zygmunt Bauman. En un artículo que le recuerda, Vicente Lozano repasa así las ideas del polaco: "el individuo cree que está en permanente contacto con cientos o miles de personas -"amigos", "seguidores"- y sólo se da cuenta de su soledad cuando apaga el móvil en la habitación". La idea que expone Máriam Martínez-Bascuñán en El País es parecida: "Desarrollar la sensibilidad para la compasión implica estar expuesto a otras culturas, haber leído novelas, visionar películas que preparan el camino para el respeto y la imaginación. Consiste en cultivar ese ‘desplazamiento de la mente’ del que ya nos hablara Kant para, por ejemplo, ante un personaje de Dickens poder afirmar: ‘He ahí otro ser humano como yo’. Probablemente, ninguna obra de Marx nos explicará tan bien lo que es el sufrimiento humano, ni nos impulsará con tanta fuerza a salir de nosotros mismos para entrar en otros mundos. Para hacerlo, necesitamos narraciones que relaten lo que sucede y otorguen sentido a la historia. Vivimos en un momento de discursos, pero de pocas narraciones formadas. La ausencia de narrativas que den cuenta de dónde estamos o hacia dónde nos dirigimos explica en buena medida el ritmo acelerado de las transformaciones contemporáneas sin que lleguen a solidificarse en alguna cosa. También revela el desarraigo vital circundante, la conciencia de la pérdida del lugar que se ocupaba en el mundo, la identidad disuelta". Y Manuel Casado Velarde, en El Español, parece que añade: "Lo que está en juego en la cultura hoy dominante es nada menos que la capacidad humana de conocer la verdad, el significado de las cosas más allá de su pura materialidad, del placer o dolor que producen. Las élites intelectuales han perdido confianza en la razón como capacidad cognoscitiva. Han decretado que la pregunta por el sentido carece de sentido".

Al invierno le sucede la primavera. De nuevo Cuartango: "Pero nada puede turbar ese momento pasajero de esplendor de enero en el que el paisaje resplandece cuando brilla el sol sobre el horizonte. Siempre nos quedará un camino por hollar".

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